ALMAS EN GUERRA (55) Cambio de aires

—Pues no sabría cómo decirlo… pero la verdad es que me siento cansado —explicó Alfonso al tiempo que bajaba su mirada.

—¿Cansado? ¿Tú, a tu edad?

—Ya sé que soy joven, pero lo cierto es que no se trata de un cansancio físico sino más bien moral.

—¿Moral? No entiendo nada de lo que dices. ¿O sí debo entenderlo? ¿Qué nuevo asunto te traes entre manos? Soy veterano y como comprenderás he visto casi de todo. Espero que no pretendas endulzar tu mensaje para al final, hacerlo más amargo. Sería lo último que soportaría.

—No, solo necesito algo de reposo, o mejor dicho, un cambio de aires.

—Bien. ¿Y qué tengo yo que ver con todo eso que me estás contando?

—Es que me gustaría hacer otras cosas.

—¿Otras “cosas”?

—Verás, esta última semana he contemplado la presencia de la muerte a mi alrededor como nunca antes. Me he visto involucrado en esa coyuntura y me ha resultado desagradable. No se trata de negar todo lo realizado hasta ahora. Eso resultaría absurdo, incluso ridículo. De todas formas, quizá haya llegado la hora de que otros hagan el trabajo sucio.

—Ah, creo que ya sé por dónde vas. Pues entonces, pide la baja en Falange y dejarás de hacer todo ese “trabajo sucio”. Así tu mala conciencia se liberará. ¿No te parece?

—Eso no es tan sencillo, padre. Además, ni puedo ni debo. Sabes que fracasé con mis estudios y con mi noviazgo. Todo eso alimenta la sensación de vacío interior, que es lo peor que le puede ocurrir a un hombre. ¿Qué tengo o a qué aspiro? Al menos, en el partido encontré facilidades y todas las puertas abiertas. Si ganamos esta guerra, solo acumularé ventajas y la posibilidad de progresar gracias al trabajo realizado y a mi implicación. No hace falta que te diga que nosotros estamos destinados a ser la vanguardia de la nueva España que habrá de surgir una vez que los republicanos sean derrotados.

—Pues no te entiendo, Alfonso. Por un lado, me comentas que necesitas un descanso de esa brutal actividad y a continuación, me dices que no piensas abandonar el partido falangista. ¿En qué quedamos? Tendrás que tomar una decisión. ¿O estás empezando a perder el juicio?

—Precisamente por eso, porque todavía no he perdido la razón, es por lo que acudo a ti en busca de ayuda.

—¿Ayudarte yo a ti? No veo ninguna relación.

—Es fácil y te lo voy a explicar, si me lo permites.

—Sí, adelante, a ver si te expresas con más claridad.

—Sería cuestión de que hablases con mi jefe.

—Pero, vamos a ver. ¿Qué tengo yo que ver con tu jefe? Yo no soy falangista ni me muevo en esos ámbitos, tampoco pertenezco a un partido, soy ante todo juez, independiente y ajeno a las turbulencias políticas que un día soplan para un lado y al rato, cambian de dirección.

—Ya lo sé. Tu neutralidad te honra, pero tú eres muy respetado por todos, seguramente porque eres justo y profesional, por tu dilatada trayectoria y porque te has mantenido al margen de todo este ajetreo que ha habido en los últimos meses. Yo diría que tu figura genera consenso y te puedo asegurar que en el partido te respetan. Jamás oí un comentario en tu contra.

—Ya. ¿Y qué quieres que haga por ti?

—Pues es muy simple. ¡Qué no haría un padre por su único hijo!

—Por favor, sin chantajes emocionales…

—Sería conveniente que concertases una cita con mi jefe y que le expusieras mi caso, es decir, que me notas muy tenso últimamente, agotado y que si no le importa, que me dé un trabajo que no sea de campo sino más bien administrativo. Así podría conservar mi puesto en la Falange, pero sin tener que salir por ahí a pegar tiros o dar escarmientos.

—Ya lo he entendido. ¿Y puedo saber a qué se debe ese repentino cambio de actitud?

—Si te digo la verdad, no creo que haya sido repentino. Ya llevaba un tiempo dándole vueltas a este asunto. No puedo negar que el suicidio reciente de mi camarada ha sido determinante, que ha encendido todas mis alarmas, pero creo que la cosa venía de atrás. Esa sensación inconsciente de estar haciendo algo equivocado no es nueva. Incluso tuve un sueño al respecto que me lo tomé como un aviso. No quiero alargarme con mi discurso, solo pretendo darle un giro a mi existencia, alejarme de la sangre y llevar un ritmo de vida más tranquilo. Lo que no quiero es dejar de trabajar y mantenerme ocioso. Sería mi perdición. Abandonar en estas circunstancias Falange sería una ruina para mí, especialmente si pienso en el futuro. Si vencemos, de lo cual estoy convencido, continuar en el partido me servirá para obtener un buen empleo y asegurar mi porvenir.

El magistrado se quedó como pensativo durante unos segundos mientras recorría con su mirada la figura de su hijo que permanecía de pie ante él, hasta que al poco, retomó la palabra.

—Confieso mi sorpresa, aunque no me disgusta tu actitud. Siendo sincero, cuando entraste por esa puerta, ¿sabes lo que pensé? No te lo vas a creer…

—¿El qué?

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (55) Cambio de aires”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *