ALMAS EN GUERRA (54) Charla con el juez

—¿Eh? ¿Cómo dices? Ah, sí, disculpa. Por unos momentos me he quedado como ensimismado. Vale, pues voy a reflexionar sobre todo eso que me has dicho. Yo también me siento agradecido por tus buenos mensajes. Debo reconocerlo así, aunque el orgullo a veces me traicione. Sin embargo, no me importa admitir que me has hecho mucho bien y que tus palabras siempre me dejan en paz, calmado por dentro. Ja, ja, servirías para cura o para médico porque alivias a las personas. Márchate cuando quieras. Estoy convencido de que esa tienda de ultramarinos no funcionaría sin tu presencia.

—Puede que sí, ¿quién lo sabe? En cualquier caso, esas tres mujeres tienen agallas y son fuertes. Cada una a su manera, lo cierto es que son imprescindibles.

—Ya. Venga, te acompaño a la salida.

Al día siguiente, por la tarde, la señora de don Constancio Revenga le habló a su marido.

—Cariño, ya sé que estás ocupado, pero debo comentarte algo que hallo importante…

—¿Importante? —expresó el juez con cierta mueca de disgusto—. ¿Para quién? ¿Para mí o para otros?

—Para todos, Constancio, para todos.

—Bien. ¿Y qué sucede?

—El “niño” quiere hablar contigo. Se siente avergonzado por solicitar tu atención. Por eso me lo pidió a mí, para que hiciera de intermediaria entre vosotros.

—Ah, entiendo. ¿Y si fuera yo el que no quiere de hablar con el “niño”? Por favor, creo que ya tiene una edad como para haber formado su propia familia y aún vive protegido bajo estas paredes y enredado en sus asuntos políticos que no son más que una mera excusa para no enfrentar sus responsabilidades como adulto. Y además, infligiendo daño a los demás. ¡No me fastidies, mujer, por Dios!

—Mi amor, te lo ruego, aunque solo sea por el afecto que nos tenemos y por ese respeto que siempre nos hemos demostrado. Ya sé que estás enfadado con él, con muchas cosas que ha hecho, pero la verdad, al mirarle a los ojos, he sentido como un pellizco en el corazón.

—Inés, ¿qué es lo que estás diciendo?

—Lo que oyes, Constancio. Intuyo en él algo positivo y espero que seas lo suficientemente condescendiente como para no rehusar la oportunidad de charlar con nuestro Alfonso. No olvides que se trata de tu único hijo, lo único que nos queda en estos tiempos de incertidumbre. Te lo imploro, atiéndele unos minutos y después, podrás seguir con todo ese inmenso papeleo que hay en tu mesa.

—Ya estamos con tus tácticas emocionales para que yo me sienta culpable si rechazo tu propuesta. Mira que ya me conozco tus trucos…

—Pero ¿qué monserga es esa? No se trata de que te sientas culpable o no, es simplemente una cuestión de responsabilidad, para que actúes como el padre de familia que eres, como auténtico juez, no ya en tu oficina sino en tu propia casa que es más importante… ¡digo yo!

—Vale, mujer, basta ya de reprimendas, que no soy un crío. Anda, dile que pase.

Tras unos segundos de espera, la figura del joven falangista se dejó ver en el despacho que el magistrado había montado en su hogar.

—Buenas tardes, padre. Solo quería decirte que lamento que ayer te vieses involucrado en el suicidio de ese desdichado hombre. Fue una situación lamentable que a mí también me afectó.

—Ya. Son cosas que pasan cuando me toca estar de guardia. No es la primera vez que me sucede, aunque no sea plato de buen gusto. Deduje al instante que me avisaron porque se trataba de uno de los vuestros. ¿Qué hubiera ocurrido en caso contrario? Dejo esa pregunta en el aire. La de muertes que se ha llevado esta guerra… y eso que acaba de comenzar y yo al menos, no tengo ni idea de cuánto va a durar esta tragedia. Caramba con la sublevación de los militares, que parecía que iba a ser cuestión de unos días…

—Perdona, no es una sublevación, más bien se trata de un alzamiento para salvar a una nación que caminaba cuesta abajo hacia su perdición. De todas formas, no he venido hasta aquí para hablar de política ni de los asuntos que competen a los militares.

—Entonces ¿por qué has molestado a tu madre?

—Lo de ayer resultó, digamos, la gota que colmó el vaso. Esto lo digo conociendo tu aversión por la violencia. No obstante, hay muchas cosas que se pueden respetar pero que no es preciso compartirlas. Imagina lo incómodo que me sentí ayer cuando te vi aparecer por la sede y cuando pronunciaste delante de mis compañeros tus enigmáticas palabras…

Cuando el juez se disponía a responder con contundencia a los argumentos esgrimidos por su hijo, este continuó rápidamente con su reflexión.

—No pretendo aburrirte con mis disquisiciones pero de un tiempo para acá, admito que le estoy dando vueltas a un asunto.

—¿Vueltas sobre qué? – preguntó intrigado el juez.

…continuará…

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