ALMAS EN GUERRA (52) Decisiones y consecuencias

—No, claro que no, pero en este caso todo resultó distinto —respondió Revenga con un gesto de contrariedad.

—¿Eh? ¿Por qué? ¿Qué pasó al final con tu padre?

—Pues fíjate, Diego. Me dijo que no le volviera a dirigir la palabra. Le pregunté el motivo y me respondió que yo bien que lo sabía. A continuación, se levantó de la silla y me dejo con la palabra en la boca y perplejo…

—Todo esto, amigo Alfonso, me hace pensar en lo que te indiqué el otro día al respecto de hablar con él para aclarar posturas y apostar por la reconciliación. Me parece que el hecho de contemplar esa terrible escena de tu camarada que se había suicidado junto a otras historias que habrá ahí ocultas en su corazón, han empujado a tu padre a tomar esa decisión tan drástica.

—¿Empujado? —expresó el falangista con tono indignado—. Su dictamen ha sido unilateral y lo ha hecho por su cuenta. Vamos, que no he sido yo quien ha iniciado el conflicto.

—Creo que ahora no importa mucho saber la identidad de quién empezó o no la discusión. No cabe duda de que existen diferencias serias entre vosotros, pero eso no debería ser motivo para alterar la paz y la convivencia en una familia. Por cierto, siempre me hablas de ti y de tu padre, pero nunca te pregunté si tenías otros hermanos.

—Sí que tenía, es cierto. Sin embargo, como ocurrió en Sevilla, en España o en el resto del mundo, la maldita gripe de hace unos años se lo llevó para siempre. Él era un crío cuando sucedió todo aquello. Yo le llevaba algo más de un año de edad. Podía haber tenido más hermanos, pero la impresión es que mis padres lo pasaron tan mal y tardaron tanto tiempo en reponerse de aquella tragedia que pienso que se le quitaron las ganas de traer más hijos al mundo para sufrir. Fíjate que han transcurrido casi dos décadas de todo eso y aun así, es seguro que ellos le tienen en su memoria como si esa pérdida hubiera ocurrido ayer. Yo poseo algunos recuerdos de Roberto, que era como se llamaba, mas con el paso del tiempo se han ido diluyendo.

—Sí, es verdad. Perder a un niño tan joven es un auténtico drama. Mi familia, como la de tantos otros, fue atacada también por esa plaga. Ese fenómeno ha debido influir mucho en el carácter de tu padre porque solo quedaste tú como hijo en el que centrar toda su atención.

—Ya. Supongo que a él le hubiera encantado que yo siguiese sus pasos, pero como te conté en otra ocasión, al final abandoné los estudios de Derecho y me enrolé en la Falange y aquí estoy, esperando que el destino decida por mí.

—¿Decidir? ¿Destino? —inquirió Diego mientras que esbozaba una ligera sonrisa—. ¿De veras te crees que la suerte va a disponer tu futuro? Amigo, las personas toman decisiones y estas tienen unas consecuencias. No he conocido una ley no escrita que funcione mejor y que resulte tan certera. Lo veo tan claro como que estamos vivos. Disculpa, pero lo que has dicho me suena a sentarte en un confortable sillón mientras que los hechos de la existencia se desarrollan delante de tu vista. No puedo estar de acuerdo con ese planteamiento. Además, no creo que tú seas un hombre pasivo ante este drama por el que estamos pasando.

—Oye, ¿adónde quieres llegar? Yo no he provocado esta guerra. Obedezco órdenes superiores y estoy sometido a disciplina.

—Todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Todo lo que hacemos influye de un modo u otro en nuestros vecinos, en nuestros familiares, incluso entre desconocidos. Es verdad que hay coyunturas que te vienen impuestas y sin embargo, siempre conservas tu libertad para reaccionar de una forma u otra frente a los hechos. Esa es la esencia del libre albedrío. Si te parece, te pondré un ejemplo.

—Sí, adelante…

—¿Recuerdas lo que sucedió el otro día? Tu acción resultó decisiva para arreglar el grave problema al que se enfrentaban mi tía y mi prima. No quiero ni pensarlo, pero de no ser por tu intervención, ellas probablemente estarían ahora encerradas entre rejas o quién sabe, mi madre y yo tendríamos que depositar flores en algún lugar para preservar su recuerdo. Se me conmueve el corazón, Alfonso, pero por las razones que sean y de un modo deliberado, tú decidiste intervenir en ese asunto. Poniendo en peligro tu integridad así como la de tus compañeros, te implicaste en ese escenario tan arriesgado. Resumiendo: si hubieses mirado para otro lado, la policía se habría llevado arrestada a la mitad de mi familia, es decir, a mi tía y a tu querida Rosa. Me consta además que le echaste mucho valor al tema, pues vencer la resistencia de aquellos dos hombres no resultó nada fácil.

—Pero eso posee toda la lógica del mundo. Ya sabes que Rosa es para mí como un ángel del que me he enamorado y evidentemente, no iba a permitir tampoco que se llevasen a su madre. Habría sido una estupidez no hacer nada y ahora mismo, me lo estaría reprochando como herida que no cicatriza.

—No seas modesto y admítelo: lo que hiciste tuvo un gran mérito. ¿No ves que no existe mayor amor que aquel que expone su vida para salvar la del prójimo? Lo que trato de demostrarte es que no fue el destino el que salvó a mi familia ni tampoco el que te empujó a participar en aquella comprometida situación. Fue tu voluntad, nadie te impuso esa toma de decisión. Mira en tu conciencia y reflexiona, porque de no haber sido por ti, esta conversación que mantenemos ahora no se estaría desarrollando.

—Lo comprendo. Aun así, hay cosas que dependen de uno y otras,frente a las que no puedes hacer nada.

—Desde luego; pues entonces, lucha por aquellas en las que tú puedas intervenir siempre en defensa del bien y la justicia.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (52) Decisiones y consecuencias”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *