ALMAS EN GUERRA (51) Cavilaciones

—Sí, desde luego. ¡Qué horror! Debía estar muy desesperado para llegar a ese extremo.

—Claro. Encima, tuve que ser yo el que descubriera su cuerpo. ¡Qué mala suerte la mía! Trajeron a un médico para que certificara su muerte y hasta tuvieron que “molestar” a mi padre para que diera la orden de levantar el cadáver y entregárselo a los suyos. ¡Menudo drama el de mi camarada! En su propia familia, un traidor y luego, al enterarse de su ejecución, va él y se quita la vida. Todo como muy dramático. ¿No te parece, Diego?

—Lo cierto es que desconocemos todos los factores que intervinieron en esa terrible decisión. Seguro que hubo elementos que empujaron a ese tal Fernando a cometer esa barbaridad. Pensemos un poco… ¿Cómo era él? ¿Lo recuerdas?

—Ah, sí. Iba a cumplir los cuarenta y la verdad es que últimamente se le veía raro. Era más bien introvertido.

—¿Raro? ¿A qué te refieres exactamente?

—Pues se le notaba como apagado, con poco entusiasmo por lo que hacía, no era el mismo que cuando empezó la sublevación del Ejército.

—Eso podría explicar que su preocupación sobre lo que estaba sucediendo cada vez le incomodase más.

—Pero ¿por qué? ¿Qué motivo tendría para ello? —se preguntó el falangista mientras que movía su cabeza de un lado a otro—. Ese detalle es lo que más me inquieta.

—Lo que comentas le puede pasar a cualquiera. Imagina, comienzas un asunto con ilusión y cuando vas comprobando cómo se desarrollan los acontecimientos, empiezas a plantearte ciertas cosas y vas perdiendo ese entusiasmo inicial. No digo que a todo el mundo le ocurra lo mismo, simplemente que hay personas que reflexionan sobre lo que están haciendo.

—Ahí es donde yo quería llegar, Rivera. Es donde se halla el meollo de la cuestión.

—Si te soy sincero, tengo la impresión de que tu compañero ya tenía dudas sobre su propia actuación. Si ya estaba efectuando ese proceso interno de revisión al que le acompañan las dudas, enterarse de la ejecución de su propio cuñado debió ser la gota que colmara el vaso.

—Hmmm… creo que te entiendo. Es como si la noticia de la muerte de su cuñado le hubiese empujado a realizar lo que quizá ya tenía preparado.

—No lo sabemos con exactitud, Alfonso. Hay hechos que adelantan o retrasan ciertas decisiones. En cualquier caso y salvo excepción, no opino que haya muchas personas que decidan poner fin a su vida de repente. Eso tenía que venir de atrás y su mente lo estaría cavilando. Esa desgraciada novedad sirvió para que Fernando simplemente precipitara su trágica determinación. Fíjate si estaría seguro de lo que pretendía hacer que hasta se ató las manos a la espalda, como si no hubiera marcha atrás en su intención de suicidarse.

—Sin duda, eso lo veo claro. ¡Qué pena por él! Era un buen amigo, aunque a decir verdad, en los últimos tiempos se le veía al hombre como perdido, ensimismado en sus pensamientos.

—Lógico. Es más que probable que le estuviera dando una y mil vueltas a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. Su cabeza estaría a punto de estallar.

—¡Bah, qué asco de vida! Son malos tiempos, aunque necesarios. Sin embargo, este tipo de hechos te deja desconcertado. En fin, no permanezcamos más tiempo aquí encerrados en esta sala tan siniestra. Solo me trae recuerdos de ayer, cuando descubrí su cuerpo colgado del cinturón. Es difícil olvidar este tipo de sucesos cuando solo han transcurrido veinticuatro horas. Ven, vayamos a mi despacho. Vamos a preparar un café enseguida, a ver si me repongo un poco de la noticia. Además, voy a aprovechar para contarte algo que me está llegando al pensamiento. Eres joven, pero sabio. Por eso me interesan tus opiniones.

Tras cruzar un pasillo y andar unos cuantos metros, los dos hombres accedieron a aquella habitación.

—Siéntate ahí, junto a la mesa —expuso el falangista—. Ponte cómodo y escucha lo que te tengo que decir. Ayer, cuando mi padre se acercó por aquí para hacer su diligencia como juez, tuve que permanecer con él un buen rato, como comprenderás. Salvando las preguntas de rigor que cualquier magistrado le haría a un testigo de un suceso luctuoso, en este caso a mí, me llamó mucho la atención que mi padre moviera continuamente su cabeza de izquierda a derecha, casi sin parar, como si no pudiera dar crédito a la escena que estaba contemplando. Cuando por fin me miró fijamente, un poco antes de marcharse, me comentó: “mira cómo ha acabado este hombre. ¿Acaso eso no te dice nada?”. Yo, al principio, casi ni me enteré de lo que me había dicho, pero luego, una vez que él se fue, estuve meditando sobre el sentido de sus palabras. Entonces, noté cómo me enfadaba por dentro, sobre todo porque su frase me la había soltado delante de mis camaradas, lo cual no me hizo ni pizca de gracia. Ese enojo me duró toda la jornada y luego, a la hora del almuerzo en casa, sucedió lo inevitable: durante la comida, discutimos.

—¡Vaya por Dios! Entonces ¿hubo disputa verbal? Es que según me comentaste un día, no era la primera vez. ¿Me equivoco?

…continuará…

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