ALMAS EN GUERRA (50) El cinturón

—La verdad es que lo recuerdo muy bien. Cuando vi aquel coche en la puerta de tu tienda, empecé a sospechar y me imaginé lo peor. Si te soy sincero, Diego, yo no podía permitir que se llevaran así como así a la chica con la que sueño todos los días y mucho menos para hacerle daño. ¡Qué lástima no disponer de más tiempo para intentar hablar con ella, pero es que tengo tantos asuntos entre manos y los jefes presionan! En fin, zanjemos el asunto. Como se suele decir: ¡hoy por ti, mañana por mí!

—Vale, vale, que así sea. Muchísimas gracias.

—Mira, me gustaría hablarte sobre un asunto. Estoy convencido de que me aconsejarás algo bueno al respecto.

—Sí, ya que he venido, estoy a tu disposición. Ya lo estaba, pero ahora más después de lo sucedido.

—Bien. Entonces y si no te importa, sube conmigo.

Tras ascender por unos cuantos escalones, Revenga introdujo a Diego en una amplia habitación mal iluminada. Incluso a esa hora de la mañana, se hacía necesaria la luz artificial para ver con un poco de claridad.

—Mira, presta atención a lo que te voy a contar. Necesito tu opinión porque a mí, este suceso me ha dado para reflexionar.

—Claro, espero estar a la altura de tus expectativas y no decepcionarte. A veces creo que tienes una imagen de mí idealizada y ya sabes que luego llegan las decepciones.

—No, seguro que no. Ya te conozco algo, Rivera. Bien, como ya te habrás dado cuenta, esto es un archivo. Aquí guardamos mucha información, sobre todo, expedientes de personas que por las razones que sean, nos resultan sospechosas, es decir, izquierdistas, anarquistas, sindicalistas, cualquiera que por su adscripción o vinculación con la República pueda constituir un obstáculo para nuestros intereses. Ven, avanza hacia aquí.

Los dos hombres dieron unos pasos hasta que llegaron a una esquina donde había un armario metálico cerca de una pared que daba a la calle.

—No me dirás que esto no es extraño, pero es que las coincidencias son más claras que el agua. Justo donde tú tienes ahora tus pies, se encontró la carpeta de un hombre. Era el expediente de un “rojo” que fue fusilado hace unas jornadas.

—Entiendo que esas páginas estaban sobre el suelo.

—En efecto, pero no por azar. ¿Ves esta ventana de hierro que hay sobre la pared, justo encima de nuestras cabezas?

—Sí. Lo que pasa es que no deja pasar mucha luz porque tiene los barrotes gruesos y muy juntos.

—Ya. Pues anteayer por la noche, un camarada se ahorcó justo en este lugar.

—¡Vaya por Dios, qué gran tragedia perder la vida de ese modo!

—Claro, imagina la situación, porque yo sé exactamente lo que pasó. Y es que a las pocas horas, es decir, ayer por la mañana, fui yo el que entró aquí a buscar un expediente y me encontré con la desagradable escena del camarada muerto.

—Lo siento, debió ser horrible para ti.

—Estoy acostumbrado a ver la muerte de cerca porque en las actuales circunstancias, eso se ha convertido en un fenómeno común. No soy un sádico, nunca lo he sido, pero este suceso me ha dejado muy tocado, lo confieso.

—Creo que no logro entender eso último que has dicho.

—Como te decía, ayer vine a este archivo a consultar un expediente y al encender la luz contemplé ese siniestro espectáculo. No tuve que ser muy listo para darme cuenta de lo que había ocurrido. El camarada Fernando estaba consultando una carpeta, justo el de esa persona que habían fusilado recientemente. ¿Y sabes cuál era la identidad del que habían ejecutado?

—Ni idea.

—Se trataba de su propio cuñado y por cosas del destino, la Guardia Civil fue la encargada de matarlo. Ignoro por completo lo que se le pasaría por la cabeza a Fernando en esos instantes, es decir, cuando cayó en la cuenta de que alguien de su familia había sido represaliado a unos kilómetros de aquí, en la carretera que conduce a Extremadura. No sé si a mi camarada se le cayeron los papeles al suelo ante la sorpresa que experimentó o si fue él mismo quien los dejó ahí al leer en su ficha la palabra “ejecutado”.

—¿Y qué más sucedió?

—Imposible saberlo con exactitud. Lo único que yo descubrí es que se quitó el cinturón que llevaba puesto, lo amarró por un extremo a uno de esos barrotes de hierro en la ventana y en la otra parte a su cuello y que después se descolgó en el aire hasta asfixiarse.

—Pero hay una cosa que no entiendo, Alfonso. ¿Cómo pudo morir ese hombre si no tenía las manos atadas? Lo lógico es que al sentir que se quedaba sin respiración, por instinto, se hubiese llevado sus manos al cinturón hasta aflojarlo y lograr revivir de nuevo.

—Es que falta un detalle que tú desconoces. Antes de perpetrar su suicidio, él buscó un taburete sobre el que subirse. Supongo que calcularía las distancias para saber si iba a quedar suspendido en el aire y por encima del suelo. Y después, para asegurase de su propia muerte, buscó unas esposas de esas que utilizamos en las detenciones y se las colocó en sus manos pero por la espalda, de modo que al empujar el taburete no tuviese posibilidad de escapatoria. ¿Lo entendiste ahora?

…continuará…

3 Replies to “ALMAS EN GUERRA (50) El cinturón”

  1. Tenho vontade de conhecer esse homem poeta. Seria uma de suas avós.Tenho 3 netos, acho pouco e você seria um a mais. Beijos de grande carinho Lúcia

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