ALMAS EN GUERRA (49) Visita inesperada

—Te escucho con toda mi atención.

—Aunque no sea lo habitual, por esta vez, deberás salir de tu casa e ir a su encuentro —añadió Santiago—. Hasta ahora había sido al contrario. Tranquilo, tu salida no interferirá en nuestros planes. No muy lejos de aquí se halla el edificio que alberga la sede del partido político de Falange a la que él pertenece. Él estará allí mañana por la mañana, por lo que constituirá el momento idóneo para que te dirijas a ese lugar y preguntes por nuestro hermano. Actúa como sabes, déjate guiar por esa tu tendencia natural hacia la bondad y habla con él. Es posible que la coyuntura que allí exista sirva para acelerar nuestros planes. Dios sabe lo que hace, pero es preciso que nosotros nos pongamos a su servicio y que seamos sus enviados trabajando por el bien. En cuanto comiences la conversación con Revenga, te darás cuenta de por qué te digo todo esto. No pretendo alterar tu libertad de decisión. Además, posees más que recursos para encauzar la situación según se vaya desarrollando. Solo te deseo el mayor de los éxitos en tu importante labor con ese hombre. Tu victoria será la mía y también la de la causa por la que luchamos. Que Dios te inspire.

—De acuerdo. Con lo que me comentas, tengo más que suficiente para orientarme. ¡Cómo deseo que pasen ya estas horas! Mañana puede ser un día esencial. Cúmplase la voluntad divina.

—Adiós, Diego. Yo siempre estoy contigo.

—Gracias, Santiago. Seguimos en contacto.

Al día siguiente y a la hora convenida, Diego se vistió de forma elegante y caminó un rato hasta alcanzar la sede principal de Falange en Sevilla. La tarde anterior, ya había avisado a su madre, a su tía y a su prima sobre sus intenciones, a fin de que no se preocupasen. Aunque al principio no hubo consenso entre las tres mujeres acerca de la conveniencia o no de esa visita, finalmente y ante la insistencia de Diego, se creyó que aquello sería lo mejor para garantizar la seguridad de los cuatro. Aun así, Carmen lanzó un largo suspiro al indicarle a su sobrino que quizá se estaba metiendo en la boca del lobo…

—Buenos días —saludó amablemente el joven Rivera a un falangista que custodiaba el acceso a la puerta principal.

—¿Qué quieres? —respondió aquel hombre de forma brusca, como si le molestara la presencia del extraño—. ¿Buscas a alguien? Venga, que no tengo toda la mañana para hablar con desconocidos.

—Disculpe, solo quería saber si está aquí el señor Alfonso Revenga. Tenía cita con él esta mañana. Ese es el motivo por el que he acudido hasta aquí.

—¿De veras? Mira que estamos muy ocupados. No podemos perder el tiempo con tonterías. Como no sea cierto, te echaré a la calle a patadas.

—Por favor, si pudiese comprobar lo que le digo se lo agradecería.

—¿Eres familia de él?

—No, solo un buen amigo.

—Está bien. Voy a llamar a su oficina. Si dan el visto bueno podrás subir. Es en la primera planta a la izquierda. Allí es donde está su despacho. Yo le vi entrar a primera hora y no le he visto salir, o sea, lo lógico es que se encuentre.

—De acuerdo, esperaré su indicación.

Durante unos segundos, se produjo una llamada telefónica…

—Afirmativo —confirmó el falangista—dirigiéndose a donde estaba Diego—. Pasa ahí, a esa habitación, que mi camarada te va a cachear. No están los tiempos para fiarse de cualquiera. Puro formalismo. Si no llevas nada sospechoso encima, podrás subir.

—Ya, entiendo.

Tras el pertinente registro, otro falangista entró en la dependencia y le comunicó al tendero que Revenga acudiría enseguida. Transcurrido como un minuto, así sucedió. Alfonso, con gesto apesadumbrado, apareció por allí después de bajar por las escaleras.

—¡Eh, amigo! ¡Vaya sorpresa, tú por aquí, en mi sitio de trabajo! Caramba, qué pena, me coges en un mal momento, pero ahora que lo pienso, tú siempre tienes el don de la oportunidad con tu discurso y en este caso, con tu presencia. Hmmm… y quizá puedas hasta ayudarme. La vida te ha llenado de dones y eso hay que aprovecharlo.

—Verás, Alfonso. Perdona por no avisar, no se me ocurriría molestarte, pero es que ayer estuve reflexionando y como pasaban los días y no dabas señales de vida, pues empecé a preocuparme. También quería aprovechar esta magnífica ocasión para agradecerte desde el alma lo que hiciste el otro día por mi familia. Cuando llegué a casa, tú ya te habías marchado y claro, ellas me contaron lo sucedido. No tengo palabras para reconocer tu mérito. Estoy seguro de que si no hubiera sido por tu intervención, mi tía y mi prima habrían pasado un mal momento. Simplemente, les salvaste la vida. Nunca olvidaré tu gesto y más sabiendo, por el desarrollo de los hechos, cómo te mantuviste firme frente a la actitud de ese inspector de policía y de su ayudante. ¡Que Dios te bendiga por lo que hiciste! Has de saber que Carmen y Rosa te están muy agradecidas.

—¡Bah, cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo!

—No estoy muy de acuerdo con eso que has dicho. Por desgracia, no abunda la gente con ese comportamiento. Demostraste valor y sobre todo, un gran corazón al salvar a los míos.

…continuará…

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