ALMAS EN GUERRA (48) Palabras de ánimo

Tras unos segundos de lágrimas compartidas, Carmen y Rosa narraron al joven y a Antonia todo lo sucedido un rato antes. Numerosas emociones fueron compartidas y los gestos de afecto se repartieron entre aquellas cuatro personas reunidas improvisadamente en torno a aquella mesa. Una hora después, un nuevo almuerzo comenzaba en aquel establecimiento de ultramarinos.

—Mamá, por favor, hoy es tu turno —comentó Diego.

—Sí, hijo, un momento. Señor, gracias por estos alimentos que vamos a tomar. Pedimos para que nunca nos falten. Nos sentimos agradecidos porque seguimos vivos y unidos. Ojalá que podamos seguir con nuestro camino. Dios nuestro, te pido especialmente para que los hechos de hoy no se repitan, porque vivir con esta angustia no es vivir pero aun así, cúmplase tu voluntad. Protege a esta familia de todo mal y permítenos seguir con lo que nos corresponda. Que así sea.

—Que así sea —se escuchó en la habitación.

—Bueno, prima, creo que después de lo de hoy ya no nos volverán a molestar. Es solo mi intuición. Ahora y después de todas esas promesas realizadas por Revenga, confiemos en tener un poco más de tranquilidad. ¿No te parece?

—Hmmm… No sé ni lo que pensar. En principio, sus palabras son mejor que nada, pero la incertidumbre sigue ahí. Ellos son los que mandan ahora. Ojalá que lo que ha dicho se cumpla, aunque yo prefiero ser prudente.

—Venga, no seas pesimista, Rosa, que no es tu estilo. Ya nos han investigado hasta la saciedad, unas cuantas veces, al parecer sin resultado. Si tenemos la conciencia tranquila, mantendremos mejor la calma.

—Sí, Diego. Nosotros no hemos hecho nada, pero en estos tiempos miserables, eso no sirve de mucho. Las envidias y los rencores se mueven como el viento. Un día soplan de un lado y al siguiente, del contrario. ¡Como para fiarse! Además, ¿a cuántos han fusilado siendo inocentes? La culpabilidad de los muertos no está en el corazón de los sacrificados sino en el ojo de sus verdugos. Eso es inevitable. Habrá que seguir rezando con fuerza, es lo único que nos queda, agarrarnos a la fe y a la justicia de Dios. Y de verdad, es que no me lo puedo creer pero… ¿cómo es posible que alguien nos haya podido denunciar? ¿De dónde sale tanto resquemor, tanto resentimiento? Me cuesta tanto entenderlo…

—Rosa, eso es lo que dijo el policía —argumentó Carmen—mas realmente no sé si podemos estar seguras de ello. Tal vez no fuera más que una excusa para detenernos, torturarnos y buscar cualquier pretexto para quitarnos la tienda… A saber…

—Bueno, voy a tratar de ser algo más positiva en esta conversación—concluyó Antonia—. Lo adecuado será pasar página. Nada ganaremos, salvo prolongar el sufrimiento, si pensamos que podríamos estar muertas. Hoy seré yo la optimista, si me lo permitís. Lo que tenga que ser, será. Hay cosas en esta vida que están en nuestras manos. Luchemos por ellas. Sin embargo, hay otros aspectos como el ocurrido esta mañana que nos resultan ajenos, que no dependen de nuestra voluntad. Te pongas como te pongas son cosas imposibles de esquivar. La verdad es que estoy convencida de que venimos al mundo con una serie de pruebas que Dios nos pone por delante. Es la vía para que demostremos nuestros méritos y pongamos a prueba la paciencia. ¿Qué otra explicación cabe ante eso? Cuando aceptamos lo inevitable, crecemos y maduramos. No cabe otra actitud. Estas semanas, con todo lo que está pasando en Sevilla, en España y entre nosotros, he aprendido mucho. Ya sé que la tensión es insoportable, que la certidumbre de seguir vivos pende de un hilo y que no tenemos seguro ni siquiera amanecer a un nuevo día pero, ¿qué ganamos con obsesionarnos? Nada de nada. Hay que seguir trabajando, pensando que la hora que estás viviendo es la más hermosa de la existencia. No estoy dispuesta a sufrir más como aquella mañana en la que casi te matan, hijo. Que sea lo que Dios quiera. No podemos perder la dignidad porque algunos quieran que flaqueemos al perder la confianza en nuestro Señor. Abandonémonos a sus designios. Saldremos de esta, os lo aseguro.

—¡Mamá! ¿Te has escuchado a ti misma? Dame un abrazo, te lo ruego. La verdad habla por tu boca. Hacía tiempo que no te escuchaba usando palabras tan sabias. El miedo no puede habitar en cada uno de los rincones de esta casa. No vamos a permitirlo. No vamos a dejar que nos consuma la angustia. Vivamos, que ya es suficiente reto y sigamos haciendo lo que mejor se nos da como personas: el bien al prójimo. No esperemos nada, no nos tracemos metas a corto plazo: confiemos en la voluntad divina y en su sabiduría. Y ahora, por favor, a comer. Rosa, Carmen, parece que el color rojo volvió a vuestras mejillas. ¡Cómo me alegro de compartir mesa, de comer con vosotras!

Transcurridos unos días en los que no se apreció ninguna novedad importante, pero conociendo de su propia misión, Diego se decidió por consultar con su mentor, Santiago, aprovechando los momentos posteriores al almuerzo en la intimidad de su habitación.

—Santiago, estoy preocupado por Alfonso. Tengo claro que el trabajo con él ha de ser nuestra prioridad. Por eso, tengo algunas dudas. Si él no acude aquí, ¿qué se supone que debo hacer? Dame alguna orientación para no desviarme de mi cometido fundamental.

—Tienes toda la razón, hermano. ¡Cómo alabo nuestra conexión! Me intuyes tal y como yo lo hago contigo. Mira una cosa: he recabado toda la información necesaria y tras calcular los riesgos, he sopesado acerca de la decisión que debes tomar.

…continuará…

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