ALMAS EN GUERRA (47) Gratitud

—Bueno, mucha tranquilidad, muchachos —expuso Alfonso mientras que pedía calma moviendo lentamente sus manos hacia abajo—. Venga, bajad vuestras armas, que estos caballeros ya se retiran.

En unos instantes, aquella comprometida situación en la que seis hombres habían luchado por salirse con la suya para reafirmar su poder, se había reconducido sin más daños que los de la discusión en voz alta y las miradas desafiantes.

—Señores de la policía —incidió Revenga— ya pueden salir de la tienda y continuar con su trabajo.

Una vez los dos policías fuera, se montaron en su vehículo y desaparecieron sin dejar más rastro.

Ya calmados los ánimos, el joven falangista felicitó a los suyos por haberse mantenido firmes en su postura y les pidió a sus camaradas que le esperasen fuera.

—Carmen, Rosa, me he quedado solo, todo se ha calmado. Ya podéis salir que no va a pasar nada. Mantengamos la serenidad.

De manera tímida y mirando a un lado y a otro, madre e hija se dirigieron hacia el mostrador, donde Alfonso las esperaba con una amplia sonrisa en sus labios.

—Bueno, ¿todo bien? Ya terminó el susto. Sinceramente, les recomendaría que se tomasen una copita de vino para recuperarse del sobresalto. Relájense: miren una cosa, porque les garantizo que esos dos no volverán a molestarlas. Les doy mi palabra.

Carmen y su hija estaban como paralizadas, sin saber articular palabra ante lo sucedido. Por dentro, no podían estar más confundidas. El hombre que hacía unas fechas había entrado en aquel local con amenazas e incluso dándole un escarmiento a Diego que podía haberle costado muy caro, estaba allí mismo y en esta ocasión las había librado de tener que acudir a comisaría a declarar por la fuerza o quién sabe, las había salvado de terminar en la cárcel o fusiladas frente a un muro o en el arcén de una carretera. Sin poder morderse más la lengua, Alfonso habló de nuevo:

—Dios mío, perdonen ustedes que insista porque lo que les voy a decir me tortura por dentro y no saben la de vueltas que le he dado al asunto. Creo que no hace falta que les recuerde mi humillante comportamiento de aquella jornada. Resultó todo tan desafortunado que incluso hoy, a pesar del tiempo transcurrido, me sigo acordando de ello y me genera una frustración imposible de disimular. No me importa pedirles disculpas por mi actitud las veces que haga falta. Cuánto daría yo por pasar página o incluso porque esa escena no hubiese sucedido. En fin, es algo que guardo en el recuerdo y que no sé cómo borrar. Cuanto lamentaría que solo tuviesen esa imagen de mí en sus retinas. Bueno, ya me voy. Algún día me pasaré por aquí para charlar con mi buen amigo Diego. Por cierto, no le he visto por aquí, ¿le sucedió algo inesperado?

—Ah, no señor —respondió medio asustada Carmen—. Él fue con su madre al mercado a ver si encontraba alguna mercancía para vender aquí. No creo que tarden mucho en volver. Salieron a primera hora de la mañana.

—Ah, claro, ahora lo entiendo. Vale, así me quedo más tranquilo. Por favor, si no les importa, denle recuerdos de mi parte. Lo dicho, adiós y que tengan un buen día.

Cuando Alfonso iba a abrir la puerta del establecimiento para marcharse, escuchó a sus espaldas una voz femenina que le pareció que venía del cielo.

—Alfonso, espera, por favor —dijo Rosa mientras se adelantaba unos pasos.

—¿Eh? Ah, eres tú, caramba, qué gran sorpresa. Dime, te escucho…

—Solo quería darte las gracias por tu acción —expresó la jovencita con tono tímido mientras que no se atrevía a mirar directamente a Alfonso a los ojos—. ¡Quién sabe lo que habría sido de nosotras sin tu actuación! Prefiero no imaginarlo para no torturarme más. A veces, esta situación resulta insoportable. No sé a qué viene esta persecución. Somos personas inocentes que jamás nos hemos interesado por la política. Desconozco el motivo, ya no quiero ni pensar, pero es como si cada día pudiese ser el último de nuestras vidas. Hay mañanas en las que sería mejor no despertar. Solo le pido a Dios que esta pesadilla se acabe cuanto antes. Parece increíble, pero jamás me hubiera imaginado mordiendo a un policía, pero es que los nervios y la tensión hacen que las personas pierdan el control. Esto es muy duro, Alfonso, para mí y para mi familia. Creo que una semana de estas nos volveremos locos.

—Tranquila, Rosa, yo me encargaré personalmente de que no vuelvan a molestaros. Usaré todas mis influencias, te lo prometo. Espero que a partir de hoy vuestro día a día sea un poco más tranquilo. Procuraré libraros de más visitas inoportunas. Tienes que confiar en mí.

—Lo siento, estoy tan alterada que no sé ni lo que decir, me siento tan desconcertada… gracias de nuevo.

—Muy bien. Señoras, mis respetos. Adiós.

Transcurrida una hora, Diego y Antonia regresaron al establecimiento de ultramarinos y encontraron con gran sorpresa a madre e hija sollozando sentadas alrededor de la mesa que había en la cocina.

—Pero, ¿qué llanto es este, tía, prima? —preguntó Diego mientras que se aproximaba a ellas y les daba un abrazo.

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