ALMAS EN GUERRA (46) Máxima tensión

—¿Qué tontería es esta? —replicó el inspector—. ¿Desde cuándo la policía ha de explicar las causas que tiene para detener a un sospechoso? Mira, esta por ejemplo, es maestra y existe una denuncia anónima contra ella de alguien del vecindario que dice que vive aquí oculta con la hermana. Vamos, que seguro que esconde algo. Habrá que comprobarlo.

—¿Y la chiquilla? Pero si es una cría… —afirmó Alfonso.

—Ya, pero se ha resistido a la detención de su madre. La muy víbora ha empujado al subinspector y casi le muerde. Supongo que habrá que darle algún susto para que muestre más respeto. ¿No ves que es una perturbada? En fin, ¿te parecen suficientes motivos o sigo?

—No, Pardo, ya te digo yo que de aquí no va a salir nadie.

—¿Ah, no? ¿Y quién carajo eres tú, aparte de llevar la camisa azul, para impedirlo? ¿Qué te has creído? ¿Crees que por llevar un uniforme con yugo y flechas vas a estar por encima de la autoridad?

—Ja, ja… —rio con todo estruendo Revenga—. ¿Autoridad? ¿Qué autoridad? La autoridad somos ahora nosotros y los militares, aquellos que nos hemos levantado en armas contra los traidores que nos estaban llevando a la ruina. Estamos legitimados para ejercerla. Baja tu tono, Pardo y adécuate a los nuevos tiempos. Además, ¿de qué fecha es esa denuncia?

—Pues mira, de la semana pasada, para ser exactos.

—Ya. Pues te has caído con todo el equipo, inspector. Nosotros estuvimos ayer aquí, justo para comprobar esa misma denuncia que nos había llegado y después de investigarla, esa mujer está limpia ni posee antecedentes. Y en cuanto a la jovencita, habrá que ver cómo la habrá tratado tu subordinado. Seguro que no habrá sido muy educado, solo hay que fijarse en su cara…

—Pero, ¿qué mierda se está inventando este tipo, jefe? —comentó el otro policía que llevaba sujeta a Rosa—. ¿Vamos a seguir tolerando más humillaciones?

—Eh, tranquilito con esa lengua —le increpó el falangista—. A veces, es mejor estar callado que abrir la boca para meter la pata. Venga, ¡soltadlas ya y largaros de aquí! Dedicad vuestro tiempo a asuntos más importantes. ¿Es que no hay otras cosas que hacer por Sevilla que no sea molestar a mujeres inocentes? Hay gente más peligrosa por ahí fuera…

—Ni tú ni tu ridícula cuadrilla vais a impedir mi trabajo —gritó Pardo—. ¡Apartaos del camino, ya!

—¡Eh, listo, soy Alfonso Revenga, hijo del juez Constancio Revenga y miembro de Falange! Si no os queréis ir por las buenas, lo haréis por las malas.

—¿Y a mí, qué? Mira cómo tiemblo de miedo. Ni tú ni nadie, por mucho apellido que tenga, me va a impedir llevarme a estas dos detenidas.

—Claro que sí. Qué burro eres, Pardo. Ya me doy cuenta de que tú no entiendes de palabras sino solo de la fuerza bruta. ¡Camaradas, carguen armas!

De repente, los cuatro falangistas se retiraron un metro hacia atrás y el típico chasquido de las armas cargándose se dejó oír en la tienda de Diego. En unos segundos, los policías, sin tiempo para reaccionar se vieron rodeados y a punto de ser disparados. La situación no podía ser más tensa. Los dos funcionarios policiales estaban siendo apuntados y debían tomar una decisión. Nadie sabía lo que podía ocurrir en aquellos instantes de máxima tensión. Cualquier pequeño detalle podía desencadenar una tragedia en aquel establecimiento alimenticio donde dos grupos de hombres luchaban por imponer su particular punto de vista sobre el asunto. La voz de Alfonso se volvió a oír…

—¡Eh, cuidadito con hacer algo! Esas manos quietas… ¿Qué, Pardo? Has jugado tus cartas y te ha salido mal, ¿eh? Has querido ser el más listo de la clase y no ha podido ser. No tenses más la situación. Nosotros no nos vamos a echar atrás o sea, que si queréis salir vivos de aquí, ya sabéis lo que tenéis que hacer. Te lo aseguro, no dudes de mis palabras. ¿Qué sería de esta ciudad si no hubiese sido por nuestra actuación? ¿Acaso crees que no hemos hecho todo lo posible por limpiarla de indeseables y de gente contraria a nuestra rebelión? Y tú, vienes aquí para hacer méritos ante sus superiores deteniendo a estas dos pobres mujeres porque algún envidioso desgraciado las ha denunciado a saber con qué intención…

—No fuerces las cosas, Revenga —contestó el policía mientras le hacía un gesto a su compañero para que soltara a Rosa.

—Eso ya me gusta más. ¿Ves? No es tan difícil entenderse si hay voluntad. Pardo, no quiero que te vayas de aquí pensando que te estoy engañando. Esta gente tiene aquí teléfono. Lo necesitan por su trabajo. Si quieres, llama a mi jefe a la sede de Falange. Él te comentará directamente que esas dos mujeres no suponen ninguna amenaza. Igual así, te quedas más tranquilo. Lo dejo en tus manos.

Una vez que Carmen y su hija fueron liberadas, la tensión pareció decaer. Los falangistas bajaron sus armas y todo volvió a relajarse.

—Vale, vale. No hace falta romper la cuerda —comentó el inspector—. Después de todo, estamos en el mismo bando y luchando por lo mismo. Venga, García, nos vamos de buen grado. No obstante, Revenga, como comprenderás, tendré que informar de esto al comisario. Tengo que justificar mi actuación, ¿lo entiendes? Y si se demuestra que estas dos ocultan algo, tendremos que volver y puede que te hayas metido en un problema pese a tus influencias.

...continuará…

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