ALMAS EN GUERRA (45) Una mirada decisiva

—No, tía, la respuesta al enigma es mucho más sencilla de aclarar porque fue el mismo Alfonso el que me la reveló.

—¿Entonces? ¿Qué fue lo que te reveló? —preguntó Rosa con ansiedad.

—Pues que no me disparó porque justo antes de apretar el gatillo, su mirada se cruzó con la tuya. Más claro, agua. Yo, en esos momentos, no me di cuenta de nada. Bastante tenía con mantenerme a flote, con no derrumbarme, pero, Rosa, tus ojos tocaron alguna cuerda sensible de su alma que de repente y aunque parezca increíble, se quedó paralizado y no completó su acción. Y digo yo, ¿qué vería en ti para reaccionar de ese modo? Lo desconozco, pero estoy convencido de que cuando me lo contó con toda su emoción estaba siendo completamente sincero. Ese fue el primer instante en el que comenzó su redención, donde empezó a replantearse ciertas cosas en su cabeza que aún le duran. De eso hemos estado hablando estos días, de esa tremenda experiencia. Podéis creerme o no, lo dejo en vuestras manos, pero es así. Ni he quitado ni he añadido nada a su relato.

—¡Ay, Diego! Siempre he creído en ti —añadió la jovencita visiblemente emocionada—. Nos han criado juntos, tú me has enseñado un montón de cosas, incluso a llevar este negocio. Lo admito: no te puedo estar más agradecida. Sin embargo, creo que tu imaginación vuela con ese falangista. No tienes los pies en el suelo. Solo le pido a Dios que no pasemos por más disgustos con este tema y ojalá que me equivoque, pero lo que hizo ese hombre demuestra que no nos podemos fiar de él, por mucho que te empeñes en defenderle.

—Vale, vale, respeto todo lo que se ha dicho en esta mesa. Dejemos que el tiempo aclare las cosas y que ponga a cada uno en el lugar que le corresponde. En eso sí estaréis de acuerdo ¿verdad?

Las tres mujeres asintieron con sus cabezas…

—Bien. Entonces, acabemos de cenar con serenidad y pensando que solo cosas buenas vendrán.

—Que así sea —se escuchó por parte del resto de comensales.

Unos días más tarde, aconteció un suceso inesperado que puso a prueba la fuerza del proceso de transformación iniciado por el tal Alfonso Revenga. De camino a la sede central de la Falange, circulaba este por el centro de Sevilla, en compañía de sus camaradas de partido Manuel, Francisco y Luis. Justo a la altura de la tienda de ultramarinos que ya conocemos, estaba aparcado un coche negro que llamó poderosamente su atención. La reacción del joven fue inmediata.

—¡Eh, camaradas! Creo que nos ha surgido un “trabajito”. Para el vehículo al lado de ese, Luis.

—¿Eh? ¿Por qué? ¿Has visto algo raro?

—Hmmm… más que raro, yo diría que sospechoso. Veamos, compañeros, estamos unidos ¿verdad? En los buenos momentos y en las dificultades, ¿no es así?

—¡Por supuesto! —gritaron al unísono los otros tres—. ¡Camaradas ante todo para lo que haga falta! ¡Por España y por Falange!

—Muy bien, me habéis tocado al alma —exclamó apretando los puños Revenga—. Pues ha llegado el momento de comprobar si esta camiseta que llevamos puesta tiene el poder que merece. Ahora, nos bajamos. Coged vuestros fusiles y pase lo que pase, seguidme la corriente y cumplid con mis instrucciones. ¿Queda claro?

—A la orden, camarada. Estamos contigo —gritó con fuerza Manuel.

—Vale. No quiero ningún despiste. Las armas, cargadas. Os pido concentración y coraje. Que todos sepan cómo las gastamos los miembros de la Falange. Nadie, sea quien sea, se interpone en nuestro camino.

En unos segundos, los cuatro hombres penetraron expectantes en la tienda. Cuando Alfonso se acercó al mostrador, no pudo creer lo que estaba viendo. Dos hombres con traje se estaban llevando detenidas a Carmen, la maestra y a su hija, Rosa. El corazón de Alfonso comenzó a latir fuerte, notando cómo la sangre golpeaba sus venas, lo que finalmente le impulsó a actuar de modo contundente…

—A ver, ¿qué está pasando aquí? —manifestó elevando el tono de su voz.

—¿Qué mierda hacéis vosotros en este lugar? —dijo con acento despreciativo el hombre que caminaba delante con la maestra arrestada.

—Eh, eh, quietos todos —continuó el falangista—. Yo a ti te conozco de vista… Tú eres inspector de policía. ¿No es así?

—Pues claro, ¿qué creías? Soy el inspector Pardo. Y abre paso que nos llevamos a comisaría a estas dos.

—¿A estas? ¿Y por qué motivo?

—Mira, no me toques la moral, chaval. Mi ayudante y yo hemos venido aquí a comprobar una denuncia y nos las llevamos para tomarles declaración.

—¿Declaración? ¿Por qué? ¿Qué denuncia es esa? —reiteró con gesto desafiante Alfonso.

…continuará…

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