ALMAS EN GUERRA (44) Grave desacuerdo

—A ver, Diego —preguntó Rosa con gesto de curiosidad—, ¿adónde pretendes llegar?

—Si admitimos mi anterior premisa ¿por qué no le íbamos a dar a ese hombre la oportunidad de transformarse? Estaríamos siendo injustos con él si no se lo permitiésemos. No basta con abrir los ojos ante la realidad que está sucediendo. Es preciso abrir también el corazón para no quedarnos solo en la parte que le interesa al ego que es esa que va ligada a nuestro subjetivismo, a nuestra idea sobre cómo los demás deberían comportarse o no. ¿Qué os parece, por tanto, si nos mostramos un poco más generosos? Nuestra fuerza como familia se ha basado todos estos años en tolerarnos, en apoyarnos, en ser caritativos los unos con los otros. Por eso hemos sobrevivido frente a las pérdidas y las dificultades, que no han sido pocas. Y sin embargo, aquí estamos, contemplándonos los unos a los otros y dando gracias a Dios en silencio porque nos permite seguir vivos y luchando por avanzar.

—Lo que dices es digno de alabanza, primo, pero aquí hay algo más que no has comentado. Yo soy joven, es decir, ya no soy una niña. Me doy cuenta de las cosas como cualquier otra persona que sepa observar. El primer día que vi a ese hombre de cerca me miró de una forma muy especial, al igual que mis ojos no pudieron evitar fijarse en su rostro. Mirad una cosa porque una no es ingenua: no tuve que ser muy lista para darme cuenta de que ese sujeto tan primitivo se había fijado en mí. Os lo he mantenido en secreto hasta hoy, porque no era el momento de desvelarlo. Por eso os digo que, la primera vez que me crucé con él, aunque fuese sin palabras, algo se removió dentro de mí. Sin embargo, lo que hizo después, resultó tan injustificable que le descalificó como persona.

—Pero, Rosa —interrumpió Antonia—, ¿sabes lo que estás diciendo, chiquilla? ¿Te das cuenta de lo que significan tus palabras?

—Tía, lo que he dicho, bien que lo sé. Y también añado que su actuación posterior fue como la de un animal sediento de sangre, incapaz de controlar sus instintos más salvajes. Creo que esa es la definición que mejor le describe. Y tú, Diego, no me vengas ahora con más argumentaciones filosóficas que parecen sacadas de un libro de sabiduría. Ese Alfonso es malo y punto; no hay que darle más vueltas. No compliques lo que es fácil de entender. Si en el futuro tiene remedio, yo no lo sé, quién sabe, pero yo lo nombro por su conducta, no por un hipotético futuro que nadie conoce. Aparte de eso, tienes razón a tu manera: cualquiera puede cambiar, aunque me temo que este hombre es ya un caso perdido.

—Vale, Rosa. Perdona que por una vez discrepe de ti —expuso el joven—, pero por las charlas que he mantenido con él, yo no descartaría esa opción.

—¡Ay, Dios mío! Ver para creer —exclamó Antonia mientras que miraba al techo—. Ahora será que todas nosotras tendremos que asumir que este chico de la Falange está luchando por reformarse. En fin, no pretendo ser cruel, pero mientras termina o no de convencerse, igual se halla por ahí haciendo una de sus habituales cacerías contra rojos, anarquistas o cualquier bicho viviente que ose llevarle la contraria.

—Pues lo siento mucho por ti, mamá. Frente a tu clara ironía, yo me mantengo en mi postura inicial. Apuesto por Alfonso. Quizá aún se halle atrapado en una tormenta interior de dimensiones colosales, pero acredito que ha cogido fuerte el timón de su nave y que se halla dispuesto a salir de ese temporal.

—Ya, sobrino —asintió Carmen con una ligera sonrisa—. A ver si cuando salga de ese temporal ya tiene ochenta años…

Todos rieron copiosamente ante la ocurrencia graciosa de la maestra. Fue ese el momento decisivo que Diego evaluó como el idóneo para anunciar al resto de comensales algo que les heló la sonrisa:

—Por cierto, se me olvidaba. No sé todavía el cuándo ni el cómo, pero he invitado al joven Alfonso Revenga a cenar con todos nosotros. Quería que lo supierais cuanto antes. ¿Qué os parece, familia?

—Hijo mío —pronunció Antonia con gesto serio mientras que se levantaba de la mesa —, creo que has ido demasiado lejos. No sé si has perdido el juicio o qué extraño ataque de bondad te ha entrado en la cabeza. Por favor te lo pido: no nos hagas comulgar con piedras de molino. No hagas más difícil la situación. Tú y yo sabemos que eso no va a pasar. ¿Crees acaso que voy a compartir mesa y mantel con el individuo que estuvo a punto de asesinar a mi hijo? Ni lo sueñes…

—Eh, madre, estoy aquí, en carne y hueso. No me mató, que yo sepa. Aquello fue un escarmiento, muy humillante, es cierto, pero producto de la violencia que nos atenaza desde que esta guerra estalló.

—Diego, por Dios —comentó Rosa mientras que agarraba a su primo de la mano—, ¿piensas que voy a tener estómago para comer al lado de quien en broma o en serio, intentó disparar sobre tu cabeza? ¡Venga ya, no me fastidies! ¿Soy la más joven e inexperta de la familia o se han intercambiado los papeles?

—Muy bien, prima, ya que lo has sacado a colación, te contaré algo… ¿Sabes realmente por qué aquel día él finalmente disparó al aire y no sobre mí? ¿Quieres saber de veras por qué ahora no estás llorando mi ausencia?

—Vaya, Diego —respondió con sarcasmo Carmen—, a ver si ahora nos va a responder el oráculo de Delfos.

…continuará…

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