ALMAS EN GUERRA (43) Dudas razonables

—Pues qué quieres que te diga —manifestó con cierta sorna la madre del joven—, pero esa persona no es nada de fiar. Hace poco estuvo a punto de perforarte tu linda cabeza con una bala y ahora parece tu amigo del alma. Además, ¿a qué ese extraño interés por venir aquí y pasar tantas horas charlando contigo? ¿Qué está pasando o es que se ha caído del caballo como San Pablo? ¿Tú eres su luz, hijo? Estoy orgullosa de ti por cómo eres, pero mucho me temo que ese asesino está simulando como buen actor que es, al tiempo que coge confianza contigo y te tiende una trampa.

—Claro, mamá, todo podría ser, pero piensa una cosa. Primero, si hubiera querido matarme, ya lo habría hecho. Ha tenido oportunidades de sobra ¿no crees? Y como tú dices, a esta gente no hay quien las detenga porque ellos son los jueces y los ejecutores. Por otra parte y no menos importante, podría haberle dado a mi tía Carmen, aquí presente, uno de sus siniestros “paseos” y ya ves que ella sigue aquí, sana y salva. Estos que ahora mandan son impulsivos y a la hora de matar no se andan con excusas ni debates de horas. Por eso, en cuanto detectan a alguien que se les pueda oponer, van a por él y lo liquidan. Y luego, pasan a otro asunto.

—El niño tiene razón, Antonia —intervino de pronto Carmen—. Una vez que pasó lo que pasó, creo que debemos permanecer tranquilos. Tengo confianza en que hemos superado ya lo peor. Mira, pensándolo bien, mientras que ese siga viniendo por aquí y haciendo amistad con tu hijo, más protegidos se supone que estaremos. Lo que sí me alarmaría es que apareciesen otros de sus compañeros, pero por ahora, eso no está sucediendo. Eso son buenas noticias. Deben haber buscado hasta debajo de las piedras, pero vosotros sois gente de bien y de paz y yo, aunque sea maestra, no me he destacado por la actividad política. Venga, hermana, no sufras tanto y no te eches tanto peso sobre tus espaldas que ya tienes bastante con la tienda. Lo estamos pasando mal, pero no quiero ni imaginar cómo les irá a otras personas que sin duda ya no vivirán para contarlo o que tienen a sus familias en la cárcel. Y qué decir de los que están vivos, pero que esperan cualquier madrugada a que les saquen de sus casas para lo que todos sabemos.

—Bueno, así me gusta, tía. La confianza, lo primero. Bastantes problemas hay en el mundo y ¿nos vamos a agobiar aún más en nuestra propia casa? Por cierto, noto a alguien aquí presente muy calladito. Y cuando ese alguien está en silencio… es que su cabeza le está dando vueltas a un asunto. ¡Te pillé, prima! ¿Me equivoco?

—Venga, Diego. No te hagas el gracioso que ya sabes cómo soy. Si me preguntas por mi opinión sobre lo que han comentado mi tía y mi madre, te diré que mi postura se mueve a media distancia entre lo expuesto por las dos. No sé quién de ellas posee más razón y te veo a ti y… no sé… te observo demasiado confiado. Ya sé que eres un hombre de nobleza, primo, faltaría más, pero me pregunto si en estos tiempos que corren esa actitud tan caritativa no estará un poco de sobra.

—No me asustes, Rosa. La caridad nunca está de sobra, es más, por resultar estas circunstancias tan difíciles es cuando más se ha de practicar. Sin embargo, tú, eres un ángel del bien… Opino que tus palabras se basan en el temor, ese miedo profundo que vive muy adentro y que a menudo, es inconsciente. Os diré una cosa a las tres: no podemos permitir que el miedo venza o entonces, habrá llegado nuestra perdición. Una persona con miedo deja de vivir, solo vive presa de sus temores y ya no puede hacer nada provechoso, ni para sí ni para los demás.

—Vamos a ver —elucubró Rosa mientras abría sus brazos—. Voy a ir al grano, te lo advierto. ¿Qué es exactamente lo que pretendes con ese hombre? Mira que podemos especular horas y horas, pero nos perdemos porque carecemos de los datos que tú tienes. No me malinterpretes, no digo que nos estés ocultando información de manera consciente, pero creo que aquí hay cosas que no sabemos. ¿Nos puedes iluminar al respecto, primo?

—Que Dios me libre de ocultar algo a las tres mujeres del mundo que más quiero. Pensad un poco mientras cenamos. Yo no voy a descubrir ahora que lo ocurrido aquí hace unas fechas fue un acto de maldad reprobable desde cualquier punto de vista. Pero, pero… jamás renunciaré a la idea de que los seres humanos tengan la posibilidad de rectificar. Cuando la conciencia comienza a zarandearte por dentro, es que ha llegado el tiempo de la mejora.

—Por favor, hijo, con lo listo que eres para la mayoría de las cosas y parece mentira que a veces, seas tan incauto. ¿Qué nos quieres decir? ¿Acaso que esa bestia de repente ha alcanzado un punto en el que se está replanteando su forma de conducirse y que se arrepiente del sufrimiento causado en los demás? Es que eres un optimista enfermizo, mi niño…

—No, madre. Simplemente confío en que el bien acaba por imponerse al mal, solo eso. Bien es cierto que con frecuencia, esa victoria se hace esperar y que nos hace perder la paciencia, pero… merece la pena aguantar. Por lo que le he escuchado, por nuestras conversaciones, por su mirada incluso, os puedo asegurar que algo está cambiando dentro de él. También os digo que el verdadero desencadenante de ese replanteamiento de postura, empezó el mismo día en el que estuvo a punto de matarme.

—¡Qué pena! —comentó Rosa—. Un hombre tan apuesto por fuera y tan horrible por dentro. ¡Qué desgraciada incoherencia! Y es que está claro que la belleza externa y la interna no siempre coinciden.

—Apoyo ese argumento, prima. Añado, además, que todos tenemos el derecho y la posibilidad de cambiar. De lo contrario, estaríamos condenados a ser siempre como somos, sin posibilidad de mejorar como seres humanos. Sería terrible, ¿verdad?

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (43) Dudas razonables”

  1. Gostei do comentário das mulheres. MAS O COMENTÁRIO DED

    Gostei dos comentários das mulheres, porém os argumentos de Diego está pautado com o compromisso de sua reencarnação. É muito lindo!

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