ALMAS EN GUERRA (42) La conciencia y su voz

—Es que Dios te oye, amigo, pero también nosotros debemos hacernos notar. Ese es el verdadero camino, sentirte digno cuando Él te mire. Permítele que se dirija a ti a través de tu conciencia. Escúchala a menudo, seguro que tiene muchas cosas que decirte. No la acalles, como cuando te habla y te hace reflexionar sobre mi prima.

—Interesante, Diego.

—Por cierto, sabiendo que tu padre es juez, supongo que tendrás teléfono. Aunque sé que para muchos es un lujo, aquí debemos usarlo porque recibimos llamadas de clientes y proveedores.

—Entiendo. Dame un papel que te lo voy a anotar.

—Ah, qué bien. Haremos una cosa. No quiero prometerte nada con seguridad porque realmente no sé si podré conseguirlo, pero ahí va la propuesta: ¿te gustaría una noche venir a cenar con nosotros?

—¿Venir a cenar a tu casa? ¿Con vosotros? Yo estaría encantado, así podría estar cerca de Rosa, pero se te olvida lo más importante… ¿qué caras me pondrían ellas sentadas alrededor de la mesa? No sé si es buena idea, Rivera, aunque viniendo de ti, no me extrañaría que se pudiese organizar.

—Por lo pronto, podrías conocer a mi prima. ¿Qué? ¿No se te acelera el corazón de tan solo imaginarlo?

—Es obvio que sí, Diego. Pero, pero…

—Pero ¿qué? ¿Acaso no quieres ganarte su respeto, su confianza? Tendrás que cruzar alguna palabra con ella o incluso conversar sobre algún tema. No creas que va a permanecer callada todo el tiempo. Cuando se pone a charlar no hay quien la pare. Será la mejor manera de que te vaya conociendo, ya sabes, para empezar a mostrarle todas esas buenas intenciones que guardas adentro y que últimamente me has comentado con tanta esperanza.

—Ya, sería maravilloso. Pero ¿qué va a pasar con tu tía y con tu madre? Creo que conoces perfectamente a lo que me refiero. Su incomodidad frente a mi figura puede herirme.

—Mira, todo es cuestión de tiempo y de voluntad. Permíteme hacer los preparativos, dame un poco de tiempo que ya te avisaré. El día que yo “huela” un ambiente favorable, te llamaré inmediatamente y así podrás compartir con nosotros un rato agradable.

—Solo de pensarlo, me pongo nervioso. Es que puede constituir la gran oportunidad para redimirme ante vosotros, especialmente ante Rosa.

—Pues abandona esa ansiedad, que quizá te enfrentes a sorpresas muy positivas, amigo Alfonso.

—Bueno, lo dejo en tus manos. Creo que serás un organizador competente. Procuraré, en caso de que se celebre, no meter la pata con mis gestos o discurso.

—Tranquilo, no vas a meter ninguna pata. Sé tú mismo. Tu propia conciencia medirá tus palabras y hasta tus silencios. Sé coherente con tus sensaciones, esas que ahora te elevan porque están henchidas de amor. No has de viajar muy lejos para comprenderlo. Fíjate por ejemplo en lo sucedido hoy con esa mujer con la que pretendías mantener relaciones sexuales. ¿Te acuerdas de esas señales a las que debías permanecer atento?

—Sí, cierto. El otro día insististe mucho en ello.

—Pues qué mejor señal que la aparición de Rosa en aquel espejo. Era como si te estuviese hablando al corazón. En tu caso, yo reflexionaría sobre ello. Considera la reacción que tuviste frente a ese fenómeno y así, tendrás más datos para seguir cambiando desde dentro, que es el verdadero cambio. A veces, nos ocurren cosas que nos hacen reaccionar de un modo u otro, pero piensa que la transformación definitiva de las personas parte siempre desde su interior y que ese proceso se traduce luego en un cambio en sus hábitos que se reflejan en la realidad.

—Bien expresado. Seguiré cavilando sobre lo que me has dicho. Oye, Diego. ¿Me permites darte un abrazo? Es que me voy de aquí eufórico, con unas emociones muy positivas. Son como unas cosquillas que me hacen vibrar el estómago.

—Claro, faltaría más.

La puerta del establecimiento de ultramarinos se cerró con suavidad. Revenga se fue de allí paseando con tranquilidad, como queriendo disfrutar de los efectos terapéuticos de aquella conversación. Su mirada serena se fijaba en aquel cielo limpio del verano donde ya se contemplaban infinidad de estrellas parpadeantes. Mientras tanto, en el comedor de la casa de Diego, cuatro personas se disponían a cenar.

—Hijo —indicó Antonia con cara de preocupación—. Yo… no sé… pero creo que te estás arriesgando mucho con ese hombre. Cada vez se queda más tiempo aquí. Por mucho que te estés acercando a él, no deja de ser alguien que pertenece a un partido político que está regando de cadáveres las calles de Sevilla. Y lo peor es que nadie se atreve a hacerles frente por las consecuencias que se dejarían ver: fusilamiento o cárcel.

—Si te parece, madre —contestó el joven—, no hablemos ni de partidos ni de organizaciones, sino de personas.

…continuará…

4 Replies to “ALMAS EN GUERRA (42) La conciencia y su voz”

  1. Diego como bom ouvinte sabe gerenciar os argumentos de Alfonso. contribuindo para um entendimento mútuo.

  2. Comecei a
    ler Almas em Guerra. Estive ausente do computador uns dias, mas voltei. beijo seu coração amigo milagroso

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