ALMAS EN GUERRA (41) Almas distintas

—Ah, ya te dije que no hago elucubraciones sobre el futuro y tú me estás hablando del futuro. Ya sabes mi respuesta, guardo silencio y me remito a lo que tú hagas bajo tu libre albedrío —comentó Diego mientras tapaba su boca con su mano derecha.

—Dime una cosa, ¿ella está aquí?

—Pues claro que sí. ¿Dónde iba a estar? Esta es su casa y su lugar de trabajo. Los cuatro estamos muy unidos, nos apoyamos mutuamente y gracias a ese vínculo tan fuerte que poseemos, sobrevivimos. Hemos de permanecer así para sobreponernos a todas las dificultades de la guerra y a aquellas que habrán de venir. Rosa estará en la cocina con su madre y con la mía. En unos minutos cenaremos.

—Vale, lo entiendo. Solo una última pregunta que viene al caso. ¿De dónde te llega ese don que tienes para saber de la gente, para usar ese lenguaje que te envuelve y que cautiva al que te escucha?

—¿Qué puedo decirte yo, amigo Revenga? Solo sé que a menudo, noto mucha alegría por dentro, que doy gracias todos los días por estar vivo, que intento hacer el bien a mis semejantes porque estoy convencido de que ese es el camino. Fíjate en una cosa: estamos aquí de paso y cuando muramos, Dios nos juzgará por nuestros actos. Como muchas veces se ha repetido, hay que practicar la caridad para crecer como seres humanos.

—Bellas palabras, muy idealistas, pero solo eso, palabras bonitas.

—¿Idealistas? ¿De veras? ¿Acaso no es idealismo ese sentimiento puro que tú tienes respecto a Rosa? ¿Cómo lo llamarías, entonces?

—Vale, me has pillado. Siempre me golpeas en las paredes de mi conciencia. Eres duro conmigo, Rivera, pero quizá es lo que necesito. De todas formas, todo lo que dices proviene de una sabiduría profunda. Para mí, eres un enigma desconcertante, aunque agradable. Desde el primer momento me di cuenta de que eras diferente y que tu compañía me convenía, a pesar de aquel incidente ocurrido que es mejor olvidar. Lo bueno de todo es que tu discurso me invita a la reflexión. Cuando me vaya de aquí, me sucederá lo mismo que en otras ocasiones.

—¿Y qué es ello?

—Es muy simple: no dejo de pensar en las diferencias tan grandes que existen entre tú y yo. De todas formas, no creo que haya muchas personas como tú. ¡Ja, ja, entonces, la Tierra sería el paraíso! Incluso esta guerra no tendría razón de ser. Mientras llega ese momento de felicidad como el que vive tu alma, cada uno tendrá que seguir luchando por sus creencias y por lo que más le conviene.

—Claro, Alfonso. Lucha tú entonces por lo que te convenga. Eso sí, no introduzcas más piedras en tu mochila porque llegará el momento en el que te caigas al suelo de tanto peso. Solo te pido que reflexiones sobre esto. Te lo comento para que no te atormentes, sino para que te eleves sobre este ambiente de maldad general que nos invade y que nos impide ser un poco mejores.

—Ya. A veces, a solas con mis meditaciones, recuerdo tus mensajes y me digo: “Alfonso, no llegaste a completar la carrera pero estuviste varios años estudiando en la universidad y conoces a un simple comerciante y resulta que te da mil vueltas con sus palabras y hechos”.

—Tendrás que aprender a distinguir entre el lenguaje puramente intelectual que cualquiera que estudie puede desarrollar y el lenguaje del corazón. Este último solo se cultiva con las nobles intenciones transformadas en buenos actos. No hay alternativa, Alfonso. La mentira engendra violencia porque desfigura la realidad, pero el acercamiento a la Verdad te libera y por ende, te aporta la mayor felicidad del mundo. Eso es lo que ocurre por dentro cuando te acuerdas de mi prima. ¿No te parece, amigo?

—Uf, me dejas ensimismado. Estaría horas conversando contigo, pero no te quiero molestar más. Me voy.

—De acuerdo. Ya sabes que puedes volver cuando quieras.

—Sí, gracias. Os dejo cenar.

—Por cierto, como no me has dicho nada, te lo recuerdo: veo por tu mirada que aún no has hablado con tu padre…

—No, no lo he hecho. Mi orgullo me lo impide.

—Vaya por Dios. ¿Tan difícil es comunicarse con aquel que intervino para que te trajesen al mundo?

—No es eso, pero me conozco su discurso. Son muchos años de convivencia. Él es repetitivo, crítico con mi comportamiento y en mi opinión, demasiado centrado en la paz entre hermanos.

—¿Y eso no es lo mismo que tú buscas para tu alma?

—Sí, tal vez sea eso, la paz y la serenidad que me daría el hecho de saber que tu prima me acepta.

—Pues entonces, primero, conquista la paz para ti, de modo que se asiente bien en tu corazón y luego, ofrécesela para que ella la distinga, a fin de que Rosa desee compartir esa armonía junto a ti.

—¡Dios te oiga, Diego!

…continuará…

6 Replies to “ALMAS EN GUERRA (41) Almas distintas”

    1. Es muy fácil. En la página principal, pulsa sobre la pestaña de ALMAS EN GUERRA y verás todos los capítulos ordenados desde el primero hasta el más reciente. Abrazos, Aristóbulo.

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