ALMAS EN GUERRA (39) La prostituta

 

—Claro, ya lo imaginaba. Prosigo entonces con esta historia, Rivera. Esta mujer de refinados gustos tenía un problema. Durante los últimos años tuvo entre sus clientes a gente de renombre muy relacionada con la República. Ya se sabe que a menudo se obtiene más información en la cama que en una comisaría. Como todavía hay muchos hombres que piensan más con los genitales que con la cabeza, esas confidencias que se hacen en horas de placer, pueden ser motivo de perdición.

—Esto me recuerda a alguna novela de espías. Solo espero que no haya habido ningún final trágico.

—Ah, no, para nada. Ella posee innumerables secretos de alcoba. Dada su habilidad y su atractivo, es normal. Por sus modales y por su nivel cultural, los que se acercaban a ella debían tener el suficiente respaldo económico. Este aspecto era el más interesante del asunto. Al haberse relacionado con personas de ideología contraria a la nuestra, nosotros obramos de forma inteligente.

—Disculpa por la interrupción, Alfonso, pero ahora que te consideras mi amigo ese comportamiento inteligente que has mencionado me produce escalofríos. Y mira que aún hace calor…

—Ya, pues te lo explico. Por haber colaborado con gente importante de la República, esta prostituta había puesto en riesgo su integridad. Así se lo hicimos saber. ¿Qué hicimos? Pues perdonarle la vida, a pesar de haber colaborado con el enemigo, pero a cambio de ciertas informaciones que nos permitieran atrapar a esas ratas que pretendían escapar de nuestra persecución.

—Veamos, Alfonso. ¿Tú sueles escucharte a ti mismo?

—Eh, no te entiendo. ¿Qué quieres decir?

—Solo quiero darte a entender que los cambios más positivos de actitud siempre comienzan por el cambio del lenguaje, de las palabras que usas. En este sentido, te diré algo: si quieres espantar los fantasmas de tu pasado, lo mejor sería empezar a cambiar esa forma que tienes de expresarte por otra más delicada, más consciente.

—Bien, estoy aquí porque tu estilo sereno me beneficia pero, la verdad… es que no sé utilizar otro tipo de lenguaje. No creo que sea tan fácil cuando llevo toda mi vida hablando de ese modo. Además, ¿cómo te expresarías acerca de la gentuza que intenta destruirte? Pero, por favor, que aún no ha llegado lo más interesante de la experiencia. Déjame continuar.

—De acuerdo.

—Como te contaba, nosotros también nos aprovechamos de la situación de esa mujer. Esta misma mañana nos pasamos por su domicilio para ver si tenía novedades sobre gente que andamos buscando y que han desaparecido como ratas de alcantarilla. Fui con un compañero de Falange y este, que es muy lanzado y fogoso con las mujeres, cuando vio por primera vez a esa prostituta, pues ya te lo puedes imaginar: se puso en un estado de excitación considerable. Creo que él nunca se imaginó que podía yacer con una señora de tanta belleza y porte distinguido. Se quedó tan prendado que como era de prever, le solicitó un favor sexual a lo que ella, una vez valoradas las circunstancias, accedió. En fin, que estuvieron juntos unos minutos en el reservado que tiene en la casa para atender a sus clientes. Después de acabar con la faena, aquella señora apareció de nuevo aseada y arreglada como si solo hubiese estado hablando con mi compañero. Al mirarla de arriba a abajo, tuve la impresión de que estaba dispuesta a prestar un nuevo servicio sexual. Se dirigió hacia mí y en tono provocador me comentó si yo deseaba ser satisfecho. Sin pensarlo mucho pasé a un cuarto con una cama mientras le dije a mi amigo que me aguardase abajo, ya en la calle, hasta que yo terminase. Muy lisonjera, comenzó a acariciarme por todas partes, con sus habilidades desarrolladas tras años de experiencia. Y entonces, cuando ya estaba a punto…

—Oye, Alfonso, no sé por qué me cuentas tus aventuras sexuales, pero sospecho que algo extraño ocurrió.

—Y tan extraño —expresó Revenga mientras que se llevaba sus manos a los ojos como intentando escenificar lo acontecido—. Mira, en aquel cuarto había un espejo grande junto a la cama. Y sucedió lo que yo no esperaba. Ella empezó a desnudarme con calma y en mitad de faena, mi mirada se desvió hacia ese espejo y en ese instante, por sorpresa, se me apareció el rostro de Rosa. Fueron unos segundos pero a mí me parecieron minutos. Tu prima me observaba con ternura, sus ojos estaban tristes y tuve la sensación de que ella intentaba hablarme a través de su mirada. No te lo vas a creer, Rivera, pero en sus ojos no había odio ni rechazo, sino… mucho amor. ¿Entiendes lo que te quiero decir? ¿Quién podía imaginar que yo iba a ser el intérprete principal de esa película?

—¡Qué interesante! Supongo que te quedarías perplejo y hasta paralizado ante la sorpresa de esa impresión. ¿Cómo fue tu reacción?

—Fue justo lo que pasó, Rivera. Me quedé como petrificado y tras analizar el contenido de lo que pasaba, sobre todo esa ternura expresada, perdí toda la excitación y de forma automática aparté a la prostituta de mí. Solo acerté a decir que había recordado un problema serio que tenía y que eso me había quitado por completo las ganas de disfrutar de sus encantos. Ella se mostró como sorprendida al tiempo que temerosa. Yo le comenté que otro día me pasaría por su casa a visitarla, pero que tenía que irme irremediablemente.

—¿No te parece curioso, Alfonso?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *