ALMAS EN GUERRA (38) ¿Reconciliación?

   

—Sí, está en el sótano —respondió tímidamente Antonia—. Debe estar ordenando unas cajas que han llegado esta mañana. Ahora mismo le busco.

—Señora, discúlpeme, pero antes de que baje, quisiera dejarle clara una cosa.

—Pues usted dirá…

—Verá, ya se lo comenté el otro día a Diego. ¿Sabe? Tuvimos una larga charla ahí, en ese patio tan hermoso que poseen. Aunque no se lo crea, le manifesté mi arrepentimiento por los hechos sucedidos en su tienda. Él, con buen corazón, aceptó mis disculpas y después de comprobar que mi actitud era sincera, me perdonó. Soy consciente de la tremenda angustia por la que usted y toda su familia pasarían. Por ese motivo, lamento profundamente lo
ocurrido y espero que algún día no muy lejano, me liberen de mi culpa. Usted se preguntará, como es lógico, por los motivos de este repentino cambio. No es  impostado, se lo aseguro. El responsable es su hijo, pues hablar con él me ha  abierto la mente en todos los sentidos. Ya puede sentirse orgullosa de Diego; tiene en su propia casa a una persona extraordinaria. Siendo franco, nunca antes había conocido a alguien como su hijo.

—Lo sé, señorito. Le conozco bien y al haberlo parido, doy fe de lo que dice.

—Deseo olvidar lo que pasó a toda costa. Con su ayuda, todo ese proceso resultará más fácil aunque soy consciente de la dificultad, sobre todo para las víctimas. Solo espero que esa penosa escena se borre cuanto antes de su memoria. Supongo que la amistad que he trabado con Diego suavizará un poco las cosas.

—Señorito… señorito… —dijo Antonia al no recordar el nombre del falangista.

—Alfonso Revenga, señora.

—Me deja usted sin palabras y no alcanzo a entender cómo en tan breve plazo puede haber cambiado tanto. Espero que comprenda que me hallo un tanto desconcertada.

—Oiga bien lo que le digo. Ni estoy loco ni soy un canalla. Vivimos tiempos turbulentos, de gran tensión porque hay mucho en juego. Producto de toda esa ansiedad acumulada, sucedió lo que sucedió. Aunque es lógico que desconfíe de mí, no se trata de un cambio de la noche a la mañana. Es más fácil de explicar que de entender, pero su hijo, que tiene un don especial, me ha hecho reflexionar sobre algunos aspectos que antes no consideraba por mi ceguera. Por eso he acudido hasta aquí.

—Si me permite y tomando una palabra prestada de mi hermana, se diría que usted ha sufrido una metamorfosis. Ya sabe lo que se dice en el Evangelio, “por sus obras les conoceréis”. Solo puedo desear que así sea.

—Ja, ja, usted siempre con sus citas religiosas.

—En esta época, recurrir al sentimiento religioso ya no es una opción sino una necesidad. Mire, ya no tendrá que aguardar más, ya sube mi hijo por las escaleras.

—He oído tu voz, Alfonso. Buenas tardes, amigo. Me alegro mucho de verte de nuevo por aquí.

—Lo mismo digo. Oye, no me gusta molestar, aunque necesitaba comentarte unas cosas. Sé que estás ocupado. Si te parece bien, dime una hora y me acercaré a la tienda. Lo que es incordiar, solo debe hacerse con los rojos, no con las personas amables como tú.

—Bueno, no te preocupes por eso. Falta poco para cerrar y hasta que llegue la hora de cenar podríamos aprovechar el tiempo para conversar. Ya he acabado con lo que tenía previsto hacer hoy. La verdad es que me interesa saber de ti y de tus últimos movimientos. Venga, voy a poner el cartel de “cerrado”. Se nota todo tranquilo y no creo que vaya a venir alguien más. Como la otra mañana resultó tan positiva, nos vamos a sentar en la misma mesa del otro día. ¿Qué opinas?

—Pues claro que sí, Rivera. Es cierto. Ese rincón me trae muy buenos recuerdos. Qué detallista eres.

—Es lógico. Forma parte de mis habilidades como comerciante. ¿De qué te sorprendes? Espera un poco que voy a darle la vuelta al cartel.

Una vez acabada la actividad en la tienda, los dos jóvenes pudieron sentarse cómodamente y tras servir el tendero unas bebidas refrescantes, un nuevo e interesante diálogo surgió.

—Bien, Alfonso, estoy expectante por conocer tus últimas novedades. Me tienes intrigado…

—La verdad es que me han ocurrido algunas cosas extrañas y dado lo bien que me conoces, quería saber tu criterio y pedirte consejo.

—Adelante con esa historia.

—Verás, mis compañeros y yo conocemos a una mujer de unos treinta años que se gana la vida con la prostitución. No creas que trabaja para cualquiera. Posee cierto estilo y lo hace por su cuenta. Digamos que se puede permitir el lujo de escoger a sus clientes, incluso en los tiempos que corren. Sin embargo, al investigarla, supimos de ella un dato muy importante. Por razones obvias, ni siquiera te daré su nombre o su dirección.

—Sí. Preferiría no saberlo —comentó Diego mientras que movía su cabeza de un lado a otro.

…continuará…

 

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