ALMAS EN GUERRA (37) El futuro no es suficiente

 

—Y ya que tanto te gusta hablar de los demás, dime ¿qué me ocurrirá con Rosa? ¿Tendré alguna oportunidad con ella? ¿Se fijará en un hombre tan torturado como yo? Es más, ¿podré presentarme ante ella algún día como alguien digno ante sus ojos? Admito que esa joven me ha cautivado desde el primer momento. ¿Recuerdas cuando el primer día que nos vimos nos sirvió las bebidas?

—Claro que lo recuerdo. Fue un detalle inolvidable. Mira, Alfonso, entraste aquí por un motivo, porque todo, salvo Dios, posee una causa en esta vida. Sinceramente, creo que de algún modo debías encontrarte con ella porque Rosa podía mudar tu existencia. ¿Es que no te das cuenta, amigo?

—Sí, no niego que eso pueda ser cierto, pero… no me has respondido a mi pregunta.

—¿A cuál? Has hecho tantas en unos segundos que no sé ni qué decir. Lo siento mucho, Alfonso, solo puedo hablar del presente porque puedo atravesar tu alma, mas no me preguntes por el futuro. No soy adivino ni me dedico a ello. Es necesario que tengas este concepto claro.

—Ya. En fin, llevamos aquí conversando un buen rato y si al comienzo me sentía confuso, ahora me marcho desconcertado.

—No, en absoluto. Te vas de mi tienda con un montón de información, pero también con numerosas preguntas a las que tendrás que atender. En caso contrario, la conciencia te oprimirá el corazón hasta que respondas a tus propios interrogantes. Has venido aquí porque tuviste un sueño revelador que puede alterar tu realidad. Reflexiona sobre ello. Hay varias ideas sobre las que habrás de profundizar.

—Bien, es suficiente. Te dejaré trabajar. Escucho ruido. Es probable que haya llegado gente al establecimiento. Antes de irme, quisiera de buen agrado un último consejo de un sabio como tú. Es que me recuerdas tanto al hombre del sueño…

—Vale. Date unos días para pensar en lo que ha sucedido en tu interior y en todo lo que hemos hablado. Deja pasar un tiempo hasta que todo esto se asiente en tu mente y después de eso, acércate por aquí. Te diré una cosa que debes saber: yo siempre estaré dispuesto para escucharte. Esto te lo digo desde el corazón. Corren tiempos difíciles, por lo que hemos de apoyarnos los unos a los otros o nos destruiremos. ¿Qué sociedad sería esta si solo hubiese lugar para el odio y los rencores? Cabemos todos, amigos y enemigos, incluso para nosotros hay un espacio de convivencia como hoy se ha demostrado.

—Bueno, ese sería un tema para discutir largamente, pero ahora mismo no tengo más ganas de polémicas. Insisto, Diego, me gustaría que olvidases por completo la violenta escena del otro día. Dile a Rosa que no soy un monstruo; estoy seguro de que sabrás encontrar las palabras justas para explicárselo. Se te da muy bien eso de pensar y luego traducirlo a palabras. Eres sorprendente en tu lenguaje, es cuanto puedo decir.

—Olvidado está, Alfonso. Si supieras lo que el afecto puede conseguir. Ve en paz y ya nos veremos.

—Sí, adiós. No tengas dudas porque volveré. Tu prima me interesa mucho, tanto como para al menos, intentarlo. Ojalá que sus ojos lean en mi corazón y conozca de verdad quién vive por debajo de mi piel.

—Bella frase. Además, creo que sus ojos ven más allá que nosotros dos juntos.

Instintivamente, el joven Revenga extendió su mano en señal de gratitud a Diego Rivera. Ambos se despidieron. Nuevas noticias estaban por surgir.

Los días de agosto se sucedían en aquella ciudad bañada por el río Guadalquivir. Aquel cálido mes continuaba sacudido por la tragedia más impune. Muchos sevillanos se acostaban sin saber si aquella no sería la última noche que contemplarían mientras otros se levantaban desconociendo si ese día volverían a casa para comer, dormir o simplemente, para abrazar a los suyos. El destino de los que se habían opuesto a la sublevación militar estaba  sellado: la mayoría de ellos serían pasados por las armas, atendiendo al brutal  criterio que en su directriz sobre la insurrección había dado el rebelde general  Mola a los suyos. Él era realmente el ideólogo de aquel golpe, la cabeza pensante de la más inquietante trama de la angustia; los demás conjurados, como había ocurrido con Queipo de Llano en Sevilla, tan solo se limitaban a aplicar con saña y sanguinaria perfección esas terribles órdenes que incluían acabar a toda costa con los enemigos del nuevo régimen que habría de instaurarse a través de la fuerza. Un nuevo sistema político, absolutamente diferente al que había gobernado en España durante los últimos años debía erigirse a través de la violencia. Las luchas callejeras entre unos y otros en la capital hispalense habían concluido para dar paso al horror, a esa venganza en todas sus expresiones que siempre terminaba del mismo modo: o ejecución sin defensa alguna o encarcelamiento. El objetivo clave era acabar como fuera con cualquier resistencia al movimiento surgido a partir de la sublevación del anterior dieciocho de julio.

No transcurrieron muchas jornadas cuando una tarde, una vez que el calor había descendido por el paso de las horas, un hombre al que ya conocemos y vestido de paisano, se introdujo en aquel establecimiento de ultramarinos que no quedaba muy distante de la casa de sus padres, allí donde vivía con sus progenitores.

—Buenas tardes, señora. ¿Se acuerda de mí? Estaba paseando por aquí cuando se me ocurrió visitar a mi amigo Diego. ¿Está su hijo en casa? ¿Podría avisarle si es tan amable?

…continuará…

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