ALMAS EN GUERRA (36) Espíritus en acción

     

Tras un intercambio de miradas entre los dos jóvenes, Diego situó su mano derecha sobre el brazo izquierdo de Revenga. Cerrando sus ojos, dio la impresión de concentrarse profundamente en las sensaciones que le llegaban desde la otra parte…

—Alfonso —indicó en tono serio el joven Rivera—, es imprescindible que hagas cuanto antes una cosa.

—¿El qué? ¿Quieres atemorizarme con previsiones catastróficas?

—Nada más lejos de mi intención. Solo quería que supieras que debes reconciliarte con tu padre.

—Pero veamos, ¿qué sabes tú de mi relación con mi padre?

—Lo único que sé es que te ama, pero que desaprueba lo que estás haciendo desde que ha estallado esta guerra. No te ha educado para que tú desenvuelvas ese tipo de comportamiento.

—Venga, Rivera, no intentes tomarme el pelo. Hoy en día hay muchas familias enfrentadas y muchas personas enemistadas incluso dentro de las propias familias. La situación política ha puesto a cada uno en su sitio, ha lanzado incluso a padres contra hijos o viceversa.  Antes te proporcioné datos al hablarte de mi pasado. Es lógico que pienses eso. Tras mi fracaso en la universidad y mi separación de Beatriz, hasta un niño podría deducir que en mi casa existe un conflicto paterno-filial. Te has pasado de listo con tu misteriosa aseveración que no tiene nada de enigmática sino de pura lógica. ¿Acaso pretendías impresionarme?

—Ya me imaginaba yo que responderías eso. Vamos entonces a descender a los detalles. Ayer, al anochecer, llegaste a casa y luego os pusisteis a cenar los tres, incluida tu madre. Hubo una discusión muy fuerte entre tu padre y tú, mientras que tu madre trataba infructuosamente de poner paz entre vosotros. Al final, te levantaste de la mesa antes de tiempo y te retiraste a tu habitación. Ahora, ya sabemos más cosas de lo que ocurrió en tu hogar. ¿No es así?

—Es asombroso. Aún no sé cómo es posible que hayas accedido a esa información. Da la impresión de que hubieses estado allí mismo contemplando tan desagradable escena.

A aquella hora de la mañana y en aquel patio repleto de plantas, Alfonso Revenga ignoraba por completo que el espíritu de Santiago le estaba contando con todo detalle en el oído a Diego el episodio que unas horas antes se había vivido en el domicilio del juez. El tendero se limitaba tan solo a repetir en voz alta lo que estaba escuchando de parte de su guía. La cara del falangista estaba perpleja, como no pudiendo dar crédito a lo que oía.

—¿De veras que puedes mostrarme los pormenores de la discusión ocurrida?

—Un momento, deja que me concentre de nuevo…

Fue así como Diego, cerrando sus ojos y hablando en un tono diferente de voz, comenzó a reproducir la charla que había tenido lugar entre el magistrado y su hijo.

 —¿Qué, Alfonso? Imagino que otra jornada de desdicha y perdición. ¿No es así? Ya no te lo pido como padre, sino simplemente como un miembro de la especie humana. ¿Cuándo vas a dejar de patear las calles de esta ciudad buscando gente con la que ajustar cuentas? ¿Crees que soy imbécil, que no me doy cuenta de lo que haces? Ya te lo he dicho en varias ocasiones. ¿Por qué no hablas con tus jefes y te quedas en un despacho simplemente ordenando expedientes? Piensa un poco. ¿Qué puede sentir un padre cuando comprueba que su hijo sale por las mañanas con la idea de la venganza a recorrer las calles de Sevilla? ¿Eres consciente de todo ese daño que estás causando, que por cierto no va a quedar impune y que tarde o temprano se volverá contra ti? Venga, Alfonso, ¿no tienes nada que decir ante mis acusaciones?

—Para, para, para… te lo imploro —rogó el falangista mientras que apretaba cada vez con más fuerza la mano de Diego —. Es más que suficiente.

—Sí, por supuesto, Alfonso. Solo quería demostrarte que lo de antes no era una elucubración surgida de mi mente sino un reflejo de la misma realidad. Sin duda, el de ayer fue un día más que agitado para ti. Si supieras cómo sufría tu madre al observaros y notarse tan impotente. Cada vez que lo pienso, no puedo obviar la importancia del sueño que tuviste, una vivencia que te impulsó a venir a mi casa. Te están ocurriendo una serie de cosas fundamentales que curiosamente, caminan todas ellas en una misma dirección.

—Pues claro que lo pienso, los hechos se suceden con rapidez y soy el primero en percibir esa línea argumental que estás dibujando.

—Son señales, Alfonso; ni un crío podría ignorarlas. Y esas señales te están indicando algo… Pareciera que la misma Providencia se ha interesado por tu caso y que ante tu actitud, te está mostrando una serie de indicios para que cambies de actitud cuanto antes. Yo incluiría, en ese conjunto de señas, el hecho de haber coincidido con Rosa. Te lo voy a expresar claramente, porque si no lo expones tú, yo te lo diré con mis propias palabras: te has enamorado de mi prima, tienes que aceptarlo y esa es una invitación en toda regla para que ceses en la violencia y te abras al amor, el sentimiento más noble y más hermoso que una criatura puede experimentar dentro de su alma.

—Oye, ¿no crees que vas muy rápido y muy lejos con tus conclusiones?

—Con todos los respetos hacia tu persona, solo te pido que tengas en cuenta mi mensaje a fin de reflexionar. Por eso, te sugiero que hables largamente con tu progenitor. No lo demores. Él te quiere, sin duda, lo cual no significa que consienta en lo que haces. Es un hombre de bien y como padre, le duele enormemente pensar que su propio hijo está causando tanto dolor en los otros.

…continuará…

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