ALMAS EN GUERRA (35) Mente radical

 

En ese preciso instante, Revenga extrajo de su espalda un revólver que tenía acomodado en su cinturón, el mismo que había usado unos días antes para tratar de ejecutar al mismo Diego. Ante la cara de total sorpresa que puso este…

—¡Eh, tranquilo, Rivera! Vaya cara que has puesto. Te has asustado porque no estás acostumbrado al manejo de armas. No voy a gastarte ninguna broma ni nada por el estilo. ¿De veras crees que alguien como yo podía andar tranquilamente por las calles de Sevilla y en los tiempos que corren sin llevar una pistola encima? No, hay gente que me tiene muchas ganas y es  comprensible. Me he ganado a pulso muchísimos enemigos, he de aceptarlo sin disimulos. Vuelvo al mismo punto de partida: o ellos o nosotros. En esta lucha no hay camino intermedio, se trata simplemente de sobrevivir. Lo que pretendo decirte en definitiva, es que si vuelvo a fracasar como me ocurrió con mis estudios o con Beatriz, no sé si mi cuerpo lo resistiría. Tal vez lo mejor, para evitar un tercer desastre, fuera pegarme un tiro y acabar de una vez con todo.

—Por favor, Alfonso —trató de explicar Diego una vez repuesto de la impresión—, ¿cómo puedes hablar así? La vida te la ha regalado Dios. Nadie tiene derecho a jugar con lo más sagrado que posee un ser humano.

—Bah, hablas siempre como tu madre, con ese sentido religioso que le dais a todas las cosas.

Mientras tanto, el hijo del juez se colocó el cañón del revolver pegado a la sien y realizó un amago de apretar el gatillo…

—Te lo ruego, detente, ya he visto demasiadas barbaridades últimamente. ¡No es ese el camino…!

—¿Ves qué fácil es romper con todo? Si hasta ahora he tenido coraje para disparar a mis enemigos, ¿por qué no iba a tenerlo para matarme? Es solo un segundo, un sonido en tu cabeza y adiós para siempre.

Diego, atreviéndose casi a lo imposible y ante el estado de desesperación que mostraba el rostro del falangista, agarró a su nuevo “amigo” del brazo derecho y efectuando un moderado esfuerzo, consiguió que Alfonso alejase poco a poco el arma de su cabeza.

—Bah, no sé ni lo que estoy haciendo. ¿Sabes? Hay actos de mi pasado que me hacen entrar en cortocircuito cuando me llegan los recuerdos. ¡A veces lo veo todo tan oscuro! Vaya impresión que te estoy dando, Rivera. Primero, te intento matar hace muy poco y luego, simulo un suicidio delante de tus propias narices. Pensarás que estoy completamente loco ¿no es así?

—No, en absoluto.

—¿Ah, sí? Y ¿por qué afirmas eso con tanta seguridad? Explícate.

—Porque contemplo con mis ojos el perfil de un alma terriblemente torturada, alguien que ha sufrido mucho y que le pide con clamor a la existencia una nueva ocasión para redimirse. Resulta muy probable que ese sea el motivo de tu importante sueño, el de traerte a la conciencia que no hay oportunidades que se den todos los días en la vida. Piénsalo, Alfonso, a veces el cielo o la Providencia se manifiestan de maneras insospechadas. Acuérdate del sueño de Constantino que cambió para siempre la historia de Occidente. Es muy posible que la otra noche, tú hayas tenido tu propio sueño de Constantino.

—Que Dios te oiga. ¿Sabes algo? Yo también me doy cuenta de ciertas cosas.

—¿Por qué lo dices?

—Porque no se trata solo de la labor realizada por tu tía sobre ti. Sí, es verdad que ella te habrá enseñado mucho al ser maestra, pero no es suficiente. Hablas y sabes cosas que demuestran que eres un fenómeno. No me importa reconocerlo, aunque vivimos una época en la que admitir que tus vecinos tienen valía resulta complicado. Lo digo porque el odio anda suelto por Sevilla como un toro bravo que cornea a quien se encuentra por la calle.

—Aprecio tu comentario. Sin embargo, solo el que ha sufrido mucho es capaz de realizar los mayores sacrificios. Precisamente por haber salido de las tinieblas, ahora valora mucho más la claridad. Eso debe quedarte claro.

—¿Lo dices por mí?

—Pues claro, ¿acaso ves a alguien más por aquí?

—No, pero por momentos he tenido la impresión de que ese sabio del sueño andaba por este patio, como si estuviese escuchando nuestra conversación para después evaluarme. Me he sentido observado, como si él me examinase… ¡Bah, qué tontería he dicho, vaya día que llevo!

—Interesante. Veamos una cosa, ¿me dejas tocar tu brazo?

—¿Eh? ¿Qué pretendes?

—Saber de ti.

—¿Cómo? ¿De mi futuro? ¿Ahora va a resultar que  eres un adivino?

—En absoluto, solo puedo decirte cosas del presente porque como te dije antes, puedo atravesar tu piel hasta alcanzar tu espíritu.

—¡Venga ya, Diego, no me hagas perder el tiempo con estupideces!

—Bien, pues déjame hacer una prueba…

—¡Vale, vale, al menos nos reiremos un rato juntos! Esto será divertido.

…continuará…

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