ALMAS EN GUERRA (34) Algo se mueve

—Después de escucharte con atención, creo que te hallas en un momento trascendental de tu existencia, Alfonso. El otro día, acontece la escena que tú y yo sabemos y que me permite seguir vivo dada la magia de mi prima y luego, al poco, sucede ese maravilloso sueño en el que alguien te invita a mudar de perspectiva. En resumen, que te encuentras en un punto de reflexión más que interesante, donde te planteas qué hacer con tu vida y qué va a ser de ti en el futuro.

—Sí, no puedo mentirme por más tiempo. Probablemente, cruzarme con Rosa haya sido la señal para iniciar esa nueva ruta. Después de este buen desahogo, venir a tu tienda ha sido un gran acierto del que no me arrepiento. Bien, ahora he de marcharme, pero pienso que no deberíamos perder el contacto. Te haré una pregunta bastante directa: ¿a ti te importaría que yo me pasase por tu casa de vez en cuando? Es un favor que te pido a la luz de esta conversación tan amigable y liberadora que hemos mantenido. ¿Qué contestas, Rivera?

—Sí, desde luego, pero no para más falsos fusilamientos. ¿No te parece?

—Sí, queda claro. No me lo repitas más porque me siento ridículo. Esa escena me fastidia enormemente y quiero olvidarla cuanto antes, sobre todo después de comprobar la clase de persona que eres. Por favor, te pido un último favor antes de irme.

—Tú dirás, Alfonso…

—Bueno, como ya imaginarás, se trata de Rosa. Mientras que charlábamos, su imagen se me venía una y otra vez a la cabeza. Su magnetismo me arrastra provocándome por dentro una cascada de emociones. Me resulta imposible abandonar su perfil. En fin, ella es tan especial…

—Tu reflexión es acertada pero, ¿cómo podría yo intervenir en este asunto?

—Pues yo lo veo muy claro.

—¿Claro? ¿El qué, exactamente?

—Tú eres su primo, Diego, y os lleváis muy bien. He pensado que quizá podrías facilitarme las cosas con ella o mejor dicho, allanarme el camino. Perdona, no sé si sabes por dónde voy ni si me he explicado convenientemente.

—Verás, es que no se me ocurriría inmiscuirme en asuntos de ese tipo que además no me incumben. Has de entenderlo.

—¿Cómo que no te incumben? ¿Acaso no sois de la misma familia y no vivís bajo el mismo techo?

—Sí, es cierto. De todas formas, tengo la impresión de que deseas que actúe como una especie de “celestina” en versión masculina.

—¿Y qué hay de malo en pretender ayudar a alguien que se acaba de declarar como tu amigo?

—Ya, entiendo el favor que solicitas. De todos modos, ¿no has caído en la cuenta de que Rosa es una muchacha que aunque joven ya tiene su propio criterio para tomar sus propias decisiones? Forzar ciertas cosas resultaría contraproducente. Todo ese proceso del que hablas requiere su tiempo y además, debe desenvolverse de un modo lo más natural posible. No estamos  en la Edad Media, Alfonso, cuando los hombres hacían y deshacían lazos de amor como si se tratase de ganado que se intercambia, que se compra o que se vende. No olvides que estamos viviendo en pleno siglo XX. ¿Ya no recuerdas lo que ocurrió con tu antigua novia? Fue ella la que se acabó por distanciar de ti partiendo de una reflexión propia. Y ¿qué me dices con respecto a ti?

—¿Yo? ¿Qué sucede conmigo?

—Pues yo lo veo muy claro. No estoy hablando de dos críos. Supongo que tú tendrás algo que decir y que hacer al respecto de tu interés por mi prima. No eres un niño al que se le deben facilitar las cosas. Eso sería una prueba de inmadurez muy grande por tu parte. Si no me equivoco, dispones de tu libre albedrío y posees voluntad y capacidad para elegir tu modo de actuación.

—Vaya por Dios, Rivera. Me decepcionas y me alegras al mismo tiempo.

—¿Y cómo es eso? Parece una contradicción.

—No. Gracias a tu reflexión, me he ido acordando de cosas que no son precisamente buenas ni constituyen un antecedente positivo de cara a aproximarme a Rosa. Tras lo ocurrido el otro día justo aquí mismo, pues qué quieres que te diga, no soy precisamente un estúpido. Lo digo porque tras presenciar esa escena tan violenta, tu prima debe odiarme en lo más profundo de su ser. Ese era el principal motivo por el que te pedía ayuda: habrás de entender que tras lo sucedido, mis posibilidades de éxito con ella son remotas. Mi única esperanza sería que tú, después de esta larga y clarificadora charla, la convencieras para que eliminase de su cabeza esa imagen de monstruo que debe tener de mí. Sin embargo y por tus palabras, no te veo muy dispuesto a colaborar en esa noble labor.

—Vale, ¿y lo otro? ¿Por qué te alegras?

—Porque es posible que en el fondo tengas razón. Estas cosas del amor no pueden resultar tan fáciles, como alguien que llega a tu establecimiento, paga por un producto y se lo lleva. Las cuestiones afectivas necesitan su tiempo, su proceso y resultan complejas. Me temo que las prisas pueden ser malas consejeras y que la paciencia es el perfecto antídoto frente a la desesperación. No estoy muy acostumbrado por mis circunstancias personales a desarrollar la tolerancia, pero en este asunto tendré que asumirlo. Tampoco quiero repetir los errores cometidos con Beatriz. Uf, sería horrible… volver a pasar por una experiencia tan negativa como esa sería como demostrar que no he aprendido nada de nada y que sigo encerrado en mi propio mundo sin contar con la opinión de los que me rodean. De todas formas, siempre existen los atajos. Mira, fíjate bien, ¿ves esto?

…continuará…

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