ALMAS EN GUERRA (33) Del desamor a la venganza

—Aquello acabó por completo en 1933 —recordó Alfonso con gesto de nostalgia—. Y entonces, sucedió algo muy singular. Había perdido la esperanza de ser un hombre de prestigio a través de la finalización de mis estudios y de obtener un trabajo de relevancia social porque abandoné definitivamente la facultad de Derecho. Y mira por dónde, tras ese desastre personal, escuché hablar de un nuevo partido político que se había fundado y  con cuyo proyecto me identificaba por completo. En fin, no creo que haga falta  explicarte de nuevo cuáles son mis ideas porque ya me has oído expresarlas unas cuantas veces. Mis sentimientos de filiación con Falange fueron tan intensos que me aprendí de memoria todo su ideario. Mi acuerdo con los postulados de su fundador, José Antonio Primo de Rivera, resultó total. Ahora, él se halla encarcelado por esos desalmados rojos que se carcomen de envidia al contemplar la trayectoria fulgurante de un hombre que brilla con luz propia. Ya se sabe, entre mediocres no se soporta la luz, porque hace más acusada la sombra que proyectas.

—Claro, con todos esos datos sobre tu vida que yo ignoraba, empiezo a entender mucho mejor tu situación. Para comprender el ahora de cualquier persona, es fundamental conocer cómo ha llegado hasta aquí, porque todo proviene de algo, de unos factores desencadenantes y de una voluntad proclive a romper o mantener unos orígenes. Te diré algo muy personal y eso, a riesgo de equivocarme, pero creo que tu adscripción al mundo de la política y tu trabajo en el partido han servido para llenar ese vacío que había surgido en tu interior a partir de la ruptura con tu gran amor del pasado, con Beatriz.

—Sí, Diego, aunque me cueste horrores reconocerlo, no hay que ser un genio como para cavilar con calma y alcanzar esa conclusión. Lo que pasa es que en estos casos, hay que tener la gallardía suficiente para aceptarlo. A mí me duele como una herida abierta y a veces, ese proceso de deducción es más fácil para alguien externo, como es tu caso. Mientras te escuchaba, me he emocionado, lo que demuestra que has llegado a tocar mi piel más sensible, la del alma, esa que a menudo ocultamos para impedir que cualquiera nos pueda herir. Son esos fantasmas que sabemos que existen en la cueva más profunda de nuestra personalidad, pero que no todo el mundo está dispuesto a aceptar, porque supone admitir una serie de contradicciones y sobre todo, saber que has de luchar contra unas tendencias que te dañan tanto a ti como a los demás. Solo me cabe reconocer tu grandeza de miras, Rivera. Anda, levántate y permíteme que te dé un abrazo. Es lo mínimo que puedo hacer tras tu reluciente discurso.

Tras unos instantes de singular incertidumbre, los dos hombres se abrazaron en aquel patio sevillano adornado de bellas flores. A la vista de ese acontecimiento, ¿quién podía suponer lo ocurrido tan solo unas jornadas antes? Para sorpresa de cualquier observador ¿cómo era posible que ese hombre que había estado a punto de fusilar a su víctima ahora le estuviese dando ese sincero abrazo? De la muerte se había pasado a la vida, del distanciamiento a la cercanía emocional, tal había sido la fuerza de la conversación mantenida en la trastienda de aquel negocio de ultramarinos. Y sin embargo, las sorpresas aún no se habían acabado esa mañana…

—Venga, hombre, siéntate y relájate y deja que esa marea de sentimientos que ahora mismo bulle por tu corazón se sosiegue —añadió Diego mientras le daba al falangista pequeños toquecitos en su hombro derecho con la intención de calmarle—. Es necesario que me aportes más datos de cómo has podido llegar a esta situación actual.

—Sí, eso mismo estaba pensando yo. Entonces, completaré mi relato hasta alcanzar el presente. Como te decía y dados mis antecedentes más recientes, me sumergí en el mundo de la política todo lo que pude. Estaba todo el día en la sede del partido, preguntando a mis superiores por lo que podía hacer para favorecer a Falange, para implicarme al máximo haciendo méritos. Me imbuí de su ideario y por fin, en una fecha prevista viajé con otros compañeros hasta Madrid. Fue la ocasión en la que pude conocer a José Antonio, nuestro fundador. Me dejó tocado con su brillante discurso, con la forma que tenía de explicarse ante un nutrido público entregado por completo a su causa. Me quedé prendado de su fuerte personalidad y de su capacidad de liderazgo para con las masas. Tras observar atentamente sus gestos y escuchar su alocución, quedé convencido de que me hallaba ante la figura más valiosa de la política española en los últimos tiempos. Había surgido un líder y en aquellas circunstancias tan personales por las que yo atravesaba, aquello llenó la oquedad que notaba en lo más profundo de mi ser. Apoyando a ese hombre hasta el extremo, pensé que su actividad era la única que podía arreglar los graves problemas que había traído la República a mi nación. Como es obvio, la  asistencia a ese mitin me hizo entregarme aún más a la causa falangista.

—Pretendías recuperar un tiempo que dabas ya como perdido… pero sin penetrar en las verdaderas causas.

—Estaba tan ciego, que ese fenómeno de activación, me impedía mirar hacia dentro, sacar conclusiones acerca de lo que había ocurrido con mi fracaso en la universidad y en mi relación con Beatriz. No había otra palabra que describiese mejor lo sucedido: vacío. Y como al ser humano le cuesta horrores soportar el peso de un agujero emocional como el mío, pues ahora ya estás en condiciones de entender mejor mi comportamiento. La ilusión política ocultó una reflexión que tenía pendiente: qué hacer con mi existencia y cómo darle un sentido satisfactorio a la misma. Estoy hablando aquí, en tu casa y esta gran  oportunidad de desahogo, de sincerarme con alguien de confianza, provoca que el fantasma de las dudas se abata sobre mí. ¿No habré estado dilapidando el tiempo nuevamente? ¿No habré estado huyendo de mi propio pasado en vez de invertir mi esfuerzo en aspectos más productivos? ¿Hasta dónde podemos llegar las personas para escapar de nuestra historia, de un relato que me persigue y que no es precisamente de triunfos? Ese sinsabor de la vida que aún late en mí, esa decepción tan grande por no haber terminado mis estudios y por no haber sido capaz de conservar mi vínculo con Beatriz, ha llegado a mi cabeza a través de la conversación mantenida en sueños con ese señor tan sabio. Fue él quien me lanzó hacia tu presencia, él me sugirió que acudiese a ti, probablemente porque sabía de la importancia de esta charla. Y después de estos minutos, me he dado cuenta de que tú respiras el mismo aire que ese hombre. Lo único que ha cambiado es que tú eres más joven, pero estáis hechos de la misma madera. Si no fuese porque se trataba de un sueño, hubiese jurado que erais miembros de la misma familia…

…continuará…

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