ALMAS EN GUERRA (32) Confidencias de un pasado

—Pues adelante, amigo… el tiempo no cuenta cuando se trata de ayudar al prójimo.

—Mira, Rivera, las cosas extraordinarias arrancan reflexiones extraordinarias. El sueño increíble de esa noche me ha dejado muy pensativo, pero a la vez con una atractiva lucidez en el cerebro. La sensación que tengo por dentro es extraña, mas alentadora. Aquella mañana, pese a la confusión y los interrogantes, me levanté con una claridad mental que hacía mucho que no experimentaba. Por ese motivo, te voy a relatar ciertos aspectos de mi vida que como es obvio, se sitúan en la base de mi presente. Cuando yo acababa mi adolescencia, entré en la universidad, aquí en Sevilla. De algún modo, seguía la estela de mis antepasados y por tanto, me apunté a iniciar la carrera de Derecho. Mi abuelo fue juez y mi padre también, lo que de alguna forma y por  darle sentido a la tradición familiar me empujó hacia esos estudios. Yo aspiraba  a ser un magistrado de prestigio, como mi progenitor, pero ya se sabe, una cosa es lo que uno desea y otra bien distinta, la cruda realidad. Y sucedió que en el primer curso pasó una cosa extraordinaria.

—Hmmm… mi sexto sentido me dice que esa cosa tan extraordinaria tiene que ver con el amor… mas corrígeme, Alfonso.

—Claro que sí, mi amigo. ¿Será que hay algo en la existencia más importante que el amor? Vale, prosigo. Como tú ya has descifrado, me enamoré de una chica guapísima, de una mujer que me dejó sin respiración, aunque ella estudiaba para secretaria en otro lugar. ¡Dios mío, cada vez que recuerdo aquel período mi corazón se acelera! Beatriz Delgado, ese era su maravilloso nombre. Su padre era fiscal, de buena familia, como la mía, y al principio, todo iba fenomenal. Sin embargo, había un serio problema.

—¿A qué tipo de problema te refieres?

—Muy sencillo, Diego. Yo no tenía las luces de ella y siendo franco, los estudios cada vez me costaban más. Fue así como tuve que repetir curso, se me atragantaron algunas asignaturas y al final, las cosas se complicaron. Verás, mi padre puede tener tantos defectos como cualquiera, pero es una persona íntegra, honesta como la que más. Por eso, jamás se le ocurrió  llamar a algún profesor o concertar una entrevista con el decano para que su hijo tuviese algún trato de favor. En efecto, si debía progresar, no sería por las influencias sino por mis propios méritos. Sin embargo, esos méritos no llegaron. Mi lentitud en avanzar provocó que mi novia se fuese distanciando de mí, seguramente porque ella imaginaba un horizonte laboral en mí del que yo carecía. Yo me movía entre altibajos mientras que Beatriz evolucionaba a toda prisa, como si estuviese ansiosa por acabar con sus estudios y empezar a trabajar. No podía ignorarlo, era como una mujer adelantada a su tiempo, una hermosa muchacha que se encontraba como un peldaño por encima de mí. Eso me creó aún más inseguridades, hasta el punto de que su familia empezó a considerar como inadecuada mi relación con ella. Esto se reflejaba en una desagradable estampa: cada vez que me acercaba por su hogar la cara de sus padres era más larga. Mi presencia en su casa resultaba incómoda tanto para el fiscal como para su señora, la madre de Beatriz. Te estoy contando esto y se me revuelven las tripas. Ese desprecio no fue fácil de digerir…

—Y ¿qué más sucedió? Toda esta historia es muy emotiva.

—Pues ocurrió algo que parecía más que previsible. Como mi novia estaba cada vez más disgustada conmigo, su corazón se fue abriendo progresivamente a otros amores; ella empezó a mostrarse más receptiva a las miradas de otros hombres. Fue así como ese desgraciado de Javier se interpuso definitivamente entre nosotros.

—¿Javier? ¿Quién es ese?

—Sí, qué traidor. Ese maldito Javier Mendoza me la jugó. En verdad, no sé ni qué hago perdiendo el tiempo con ese miserable. Tenía mi misma edad y empezó conmigo en la facultad. Lo único que pasó es que él era un buen estudiante y su expediente brillaba entre el resto de alumnos. Un día, cuando más deprimido me veía, sucedió lo peor. Tras una larga charla con Beatriz, me confesó que lo nuestro había sido muy bonito, pero que había llegado el  momento de la ruptura. No transcurrió mucho hasta que ella se lanzó a los  brazos de mi antiguo amigo. Ese hecho tan negativo no constituyó una sorpresa para mí porque ya imaginaba que tarde o temprano, una cosa así se produciría, pero mi orgullo y mi amor propio se resintieron de ese mazazo. Mi ánimo se vino abajo, consideré aquel asunto como lo peor que me había acontecido en años y mi situación como estudiante se agravó. Si ya había tenido problemas con las notas, ahora las cosas se ponían peor. Tras un mes desorientado y sin pisar la universidad, estaba todo el día dándole vueltas a ese asunto de la ruptura, intentando buscar un culpable a la coyuntura y al final, perdí definitivamente mi interés por los estudios. Estaba claro que la brillante trayectoria de mis antecesores no iba a tener continuidad en mí. A la decepción sentimental se unía la profesional. Nunca le deseé ningún mal a Beatriz, pues yo, con mi actitud y mi dejadez me gané a pulso su renuncia. Quién sabe, si no hubiese aparecido ese entrometido, a lo mejor las cosas se hubiesen arreglado con mi antigua novia. Ahora que todo eso se acabó, meditando, creo que lo ocurrido fue inevitable y ya sabes, cuando algo resulta ineludible, lo mejor es no darle más vueltas.

—Entonces, ¿qué pasó con esa nueva pareja, la de Beatriz y Javier?

—Se marcharon de Sevilla hacia Madrid. Él terminó con excelentes calificaciones la carrera de Derecho y al poco, le contrataron en un gabinete jurídico en la misma capital de España. Después, me enteré que ella se casó con él. Tras ponerme al corriente de todas esas noticias, ya no quise saber nada nuevo de la pareja. ¿Para qué? ¿Para torturarme con mis recuerdos de  lo que pudo ser y no fue? Mejor así y gracias a que se fueron, evité la tentación  de cruzarme con él aquí en Sevilla. En esta tesitura tan grave en la que vivimos, igual le hubiera hecho una visita a su casa o a su despacho y habría  ajustado cuentas con ese listo, tú ya me entiendes. Por eso te digo, que mejor que desapareciera del mapa.

…continuará…

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