ALMAS EN GUERRA (31) Capas de cebolla

—De acuerdo, Alfonso, lo único que quiero transmitirte es que por las razones que sean, resulta difícil adivinar que por debajo de ese caparazón se esconde una persona con sentimientos.

—Ah, claro, en las circunstancias actuales por las que atravesamos y si lo que pretendo es asentarme dentro de la estructura de Falange, no puedo mostrar debilidad. Los endebles no aspiran a nada y menos aún en una coyuntura bélica como esta. Fíjate en lo que te voy a decir porque es muy importante: solo hay una persona que conozco por la que estaría dispuesto a mostrarme tal y como soy.

—Ah, por tu gesto, lo comprendo perfectamente. Está claro que Rosa, con su mirada, ha traspasado todas tus barreras y que ha alcanzado, cual flecha, la diana de tu corazón. ¿Quién lo diría, verdad? Ya te he advertido que mi prima no es una joven cualquiera sino que está hecha de una madera muy especial.

—¿Qué quieres decir con exactitud?

—Pues que ella es tan excepcional que es capaz de despertar lo mejor de cualquier ser humano con el que se cruce.

—Pues me gusta eso que dices. Estoy convencido de que es lo que necesito en esta difícil etapa. Daría lo que fuese porque ella me conociese un poco más, porque me aceptase. Debe ser como tú comentas: un ser celestial, alguien capaz de avivar las emociones más sublimes en un ser como yo, empujado en los últimos tiempos a comportarme bajo la fachada de la violencia. Rosa me ha marcado tanto desde el primer instante en que la vi… que ya no quiero luchar más contra mis sentimientos y además ¿por qué debería hacerlo? Si uno siente algo… ¿por qué no expresarlo?

—Me parece bien eso que dices con tanta sinceridad. Se te nota en la forma de manifestarlo, en la expresión de tu rostro. Por eso te doy mi enhorabuena y te invito no a esconder tu afecto sino a proyectarlo hacia fuera.

—Ah, maldita sea, Diego, a veces miro en mi interior y me martirizo.

—¿Eh? Pero ¿qué estás diciendo? Me temo que hay por ahí una historia muy particular que ardes en deseo de contar. ¿Me equivoco?

—En efecto, de nuevo aciertas, Rivera. ¡Cómo me gustaría poseer ese don del que eres dueño! Siempre te anticipas a mis pensamientos, es como si permaneciese desnudo ante tu atenta mirada. Eso me hace sentir incómodo, pero reconozco que me viene muy bien a estas alturas.

—El deseo del bien, la tolerancia y el respeto te abren la puerta al alma de cualquier criatura. Solo se trata de cultivar esa actitud que jamás te perjudicará sino todo lo contrario. Alfonso, incluso las personas más encerradas en sí mismas necesitan una oportunidad de desahogo para hablar de sus secretos más profundos. Esa tendencia vive en lo más hondo de la conciencia, como te ocurre a ti ahora mismo. ¿No será que todos estamos destinados a entendernos, a colaborar los unos con los otros, en definitiva, a respetarnos?

—Puede… si hay voluntad por las partes, es posible…

—Hablando de secretos, yo, desde que era un crío desarrollé esa habilidad para “ver” dentro de los otros. Y contigo no iba a ser diferente, je, je.

—Entonces, Diego, ¿qué ves en mi interior? ¿Acaso un monstruo o un ser con posibilidades de redención? No me engañes, sincérate porque he venido a tu casa con buena voluntad, no para que te acabes burlando de mí.

—Jamás se me ocurriría reírme de ti. Tenlo por seguro. Se trata de una máxima que aplico siempre. ¿Qué ganaría yo con burlarme de las personas? Me arriesgaría a perder su confianza y eso es lo más difícil de ganar. No obstante y ya que me preguntas, veo a un ser que al contemplarse en el espejo no acaba por gustarle lo que ve. Noto un cierto hastío, un cansancio por la forma en que abordas las cosas, observo un deseo intenso por acceder a cualquier oportunidad de liberación y en última instancia, un afán por darle a tu vida un sentido diferente al que has desarrollado hasta ahora. Tal vez la violencia se haya enquistado en ti porque hasta el presente no has sabido dar respuestas a esas preguntas tan graves que todos en algún momento nos hacemos.

—Resulta increíble lo que hay que escuchar en el día más insospechado. Te aplaudo desde el silencio, amigo Rivera. Y digo amigo con todas las consecuencias, porque una persona que habla así después del incidente que tuviste conmigo no merece otro apelativo que ese, además de mi admiración. No me importa admitirlo: de nuevo das en el blanco. Eres un médico de almas y ya no me sorprende que adivines esa tortura que arrastro y que acumulo en mi interior. A lo mejor es que se me ha olvidado cómo mirar dentro o peor aún, siento miedo de lo que experimento porque me asusta. Llevo reflexionando  un tiempo sobre algo que resulta recurrente en mí: servir al partido hasta el  extremo no deja de ser un comportamiento que en el fondo me sirve para distraer la mente de otras meditaciones más serias. Sí, lo admito, la violencia  es un desahogo, una manera directa de medrar ante mis superiores, una forma de demostrar a mis jefes mi absoluto compromiso con nuestro ideario, pero también, la perfecta excusa para no cambiar, para alargar y alargar una etapa de indecisiones que ya se prolonga.

—Creo entender por lo que estás pasando, pero eso puede deberse a alguna experiencia traumática del pasado que no acabas de digerir.

—Sí, yo también lo pienso. Si tienes tiempo, me gustaría confesarme contigo. Por favor, has de confiar en mí, porque en estos momentos, no encuentro a alguien que me inspire más tranquilidad que tú.

…continuará…

 

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