ALMAS EN GUERRA (30) Eludiendo el «epicentro»

     

—Tranquilo —respondió el falangista con seguridad—. Yo pensaré por ti. Si estos nos aplastan, la mejor idea será largarse a otro país a vivir, exiliarse. No soportaría habitar una tierra controlada por el marxismo o el anarquismo. O quién sabe, tal vez fuese mejor pegarse un tiro para no ver a mi propia nación dominada por el poder del proletariado. Estoy convencido de que si esta gente gana esta guerra, España se convertirá en un lugar en el que no merezca la pena permanecer. Bueno ¿qué nación? No sé ni lo que digo. Ya se encargarían los separatistas de disgregarla, de romperla en mil pedazos para debilitarla. Queda claro que ese tipo de personas a lo único que aspira es a una imagen de España frágil y dividida; tal es el odio que sienten por nuestras raíces y por nuestra historia. Hazme caso, Diego. No soy un viejo ni un sabio como el que se me apareció en sueños, pero yo procuro usar mi sentido común y este me dice que nuestra patria sufriría una verdadera catástrofe si quedara en manos de esos desalmados. Por fortuna y según las noticias que circulan, en breve, el Ejército se pondrá a trabajar duro para aliviar la tragedia por la que pasamos. No conviene demorarse. Nosotros nos encargaremos de conservar el orden aquí, en la retaguardia, mientras que los soldados que llegaron de África continuarán con su implacable avance hacia el norte hasta llegar a las puertas de Madrid. Esa será la batalla decisiva. De nosotros depende acortar el conflicto y el número de muertos. Si tomamos la capital, la República se derrumbará como un castillo de naipes. Extremadura está a punto de ser reconquistada y muy pronto, los combatientes del norte y los del sur podrán unirse en un sentido abrazo para continuar con la lucha. Si en los próximos meses cercamos Madrid y la recuperamos, será el fin de una época y el resurgir de la civilización frente a la barbarie comunista.

—Oye, Alfonso, se te da muy bien esto de los discursos. Se nota que dominas el arte de la oratoria política.

—Como buen y leal falangista, no podía ser de otro modo. Si hubieras escuchado a nuestro amado líder José Antonio hablando frente a las masas enardecidas, te habrías dado cuenta al instante del poder que poseen las palabras convincentes en estos tiempos tan revueltos.

—Oye una cosa, Alfonso. ¿Podríamos dejar de hablar de política y de la guerra? Ahora que parece que tienes otra visión de mí y de mi familia, debo entender que no has venido hasta mi casa solo para comentarme cómo van las operaciones militares o cómo será España según quién gobierne.

—¿Eh? Pues claro que no. Lo que pasa es que cuando encuentro a alguien que me escucha pues aprovecho para explayarme un poco. Reconozco que eres muy agudo en tus observaciones, que sabes penetrar en la mente ajena. Te he expresado mis opiniones sobre la coyuntura actual porque creo que no hay nadie en el mundo que no precise justificar sus planteamientos, su comportamiento diario.

—Como te dejé caer el primer día que nos vimos, yo solo creo en los proyectos de paz y de concordia entre hermanos.

—Sí, claro. Eso suena de lo más maravilloso, pero cuando existe una voluntad férrea por una de las partes de aplastar a la otra, entonces, la reacción defensiva es inevitable. Alabo tu romanticismo, Diego, aunque creo que no casa bien con esta situación por la que pasamos. En cualquier caso, creo que algún día lo entenderás. Mira, el bien está con nosotros. Hasta la misma Santa Madre Iglesia ha apoyado esta, nuestra Cruzada.

—Vale, hagamos un esfuerzo por cambiar de tema. ¿Te gustaría comentar algo sobre mi prima? Perdona que lo mencione, pero creo que llevas ya un rato dando vueltas alrededor de la política cuando lo que realmente deseas es hablar de Rosa… ¿Me equivoco, Alfonso?

—Dios, no te equivocas. Me estaba desviando del tema. Creo que eso explica mi anterior discurso político. Recuerda lo que me dijiste hace un rato. Cuento con tu promesa de no revelar nada de lo que aquí salga… ¿Cierto, Diego? Por tu honor, lo que te voy a contar es muy importante para mí.

—Ya sabes que sobre eso, mantendré mi boca callada.

—Mira, me cuesta mucho trabajo admitirlo, pero si no lo hago, reventaré. Hoy me he dado cuenta de ello con toda plenitud. Ha sido ver a tu prima hace un rato y el corazón se me ha acelerado. Al principio, luchaba contra esa tendencia. ¿Cómo iba a ser posible que Alfonso Revenga, afamado falangista y luchador por la causa nacional viniese a fijarse en una extraña, en una completa desconocida que presta sus servicios en una modesta empresa familiar que vende alimentos y bebidas? Lo mejor de la visita del sabio ha sido que me ha obligado a analizarme, a reflexionar en la más estricta intimidad sobre quién soy y qué pretendo en esta vida. Te diré algo aunque no creo que te sorprendas: la mayoría de la gente que se cruza conmigo me mira con horror y otras veces, me evitan. Creen que tengo mucho poder para juzgarles, para decidir sobre su suerte y ante mí, temen por su integridad. Eso te puede  hacer creer importante, pero ese placer nacido del propio ego posee fecha de caducidad. Dar miedo no es ninguna garantía de felicidad. Quizá en el pasado valiese, pero a mi edad y en mis circunstancias, no pienso que sea solución para los problemas que uno lleva muy adentro. Mi agresividad, esa que casi te cuesta la vida, es solo una medida de mi defensa. Doy una apariencia espantosa a los demás, mas solo para protegerme. Sería algo parecido a golpear primero para evitar que te golpeen a ti. Comprendo tu indignación al escuchar mi mensaje, pero espero que lo entiendas aunque te cueste horrores aceptarlo: en el fondo y a pesar de las apariencias, no soy un salvaje ni un animal.

—Caramba, Alfonso, pues qué bien lo disimulas. Te has convertido muy a tu pesar en un gran actor ¿no te parece? Tal vez debieras pensar en hacer tu debut en algún teatro de Sevilla.

—¡Eh, Diego, no te pases! Intento acercarme a ti. He reconocido mi mala actuación contigo el otro día, incluso me he disculpado. Ese humor tan irónico no te pega y es más propio de otras zonas de Andalucía, ¿no crees?

…continuará…

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