ALMAS EN GUERRA (28) Un sueño decisivo

—Pienso que esto que me ha pasado, incluido el hecho de regresar a tu casa, tiene que ver con los sucesos del otro día, es decir, con tu falso fusilamiento y con esa ejecución que finalmente, no se llevó a cabo. Lo ocurrido esa noche en el sueño resultó muy curioso. Cuando dormía, se me apareció un señor de cierta edad que tenía pinta de ser un hombre sabio y bondadoso. Me vi a mí mismo en otra parte de mi casa y esa figura me abordó a mis espaldas indicándome que pretendía hablar conmigo. Recuerdo que al principio, su presencia me incomodó. Era como si alguien invadiese tu espacio más personal, pero luego, con sus preguntas y sobre todo, con sus respuestas,  tuve la sensación de que podía aprender algo instructivo si le seguía el juego.

—Vale. Y ¿qué te dijo en concreto?

—Lo fundamental es que me obligó a reflexionar. Te juro que en los veinticinco años que llevo vivo nunca había experimentado una sensación de ese calibre, de paz y serenidad. Es como cuando cumples con una misión que sabes que está bien y después de completarla, te sientes enormemente satisfecho. Ese personaje insistía mucho en que yo analizase mi conducta más reciente y fíjate que me puso como ejemplo la coyuntura que tú y yo habíamos pasado, aquí en tu tienda. Es increíble, pero tuve la impresión de que ese hombre había sido testigo de toda la escena. De hecho, contó detalles que solo los presentes podíamos saber. Al percatarme de su conocimiento, eso provocó que  yo estuviese aún más atento a su discurso. Me preguntó por el motivo por lo que hice eso y yo le respondí con un mensaje de motivaciones políticas. Al mirarle mientras le hablaba, sentí vergüenza, ya que creo que él se estaba refiriendo a cuestiones internas, a asuntos de índole moral, o dicho de otro modo, me empujó a cavilar sobre por qué hacemos lo que hacemos en la existencia.

—¡Caramba, qué llamativo el alegato que argumentó ese señor del sueño!

—Sí, me quedé desconcertado. ¿Sabes por qué? Porque no soy persona de plantearme ese tipo de cosas. Esas cuestiones tan profundas de por qué actúo de una forma y no de otra, no son parte de mi rutina. Pensar demasiado te puede hacer caer en la locura. Son temas que hay que dejar a los metafísicos, los curas o los intelectuales. Recuerdo también que ese señor me empujó a pensar mucho en ti.

—¿Cómo? ¿En qué sentido?

—Muy sencillo. Me invitó a ponerme en tu punto de vista, en cómo te sentías cuando ibas a ser ejecutado. Como comprenderás, me noté muy incómodo, porque tuve que hacer un ejercicio de pensamiento para saber cuál habría sido mi respuesta si yo hubiese sido la víctima y no el verdugo.

—Pues sí que fue interesante esa práctica. Empieza a caerme bien ese hombre del sueño.

—Ya, pues espera que aún no ha llegado lo mejor. Hubo un momento en la conversación en la que él me preguntó por un dato fundamental. ¿Sabes cuál?

—Pues no tengo ni idea.

—Ese sabio o lo que fuese, me dijo que examinara el motivo por el que al final, no te disparé en la cabeza. ¿Acaso te puedes imaginar lo mal que me hizo sentir ese señor con su razonamiento?

—Bueno, esa afirmación tiene toda la lógica del mundo. En aquella situación, tú, al parecer, no te jugabas nada, yo, simplemente, el seguir o no en este plano.

—Sí, vale, tienes toda la razón. Pues ese fue el instante en el que traté de explicarle que no te maté a causa de esa chica, Rosa, que desde el primer día me dio como un pellizco en el corazón. Estuve dándole vueltas al asunto y ahora ya lo sabes: apreté el gatillo, pero como ya sabes, no hacia tu cabeza. Por cierto, mis disculpas también por haberte dejado medio sordo; sé que es una pesadilla para el oído. Si le molesta incluso al que dispara, imagina para el que recibe esa sensación. Cuando hice mis primeras prácticas de tiro, lo pasé mal. Hasta que te acostumbras, el dolor de cabeza  suele ser insoportable.

—¿Y ahí acabó el sueño?

—No. Aún resta algo para acabar. Ese “consejero”, como él mismo se denominó, pronunció luego un discurso redentor. Me tocó con sus manos en la cabeza y yo permanecí como muy relajado y mientras tanto, me hablaba de la maldad intrínseca de la violencia, de todo lo que estaba sucediendo en Sevilla, del conjunto de mis actuaciones y más cosas que ahora no podría precisar. De alguna forma, me vino a decir que yo podía redimirme del dolor causado si cambiaba mi modo de proceder. A la mañana siguiente, tras despertarme en la cama, recordaba lo sucedido a la perfección. No me pude quitar de la cabeza todo ese conjunto de imágenes hasta la tarde. Fue impresionante, Diego, porque nunca antes me había sucedido una cosa similar. De lo que estoy seguro es de una cosa: que tu prima tiene una influencia muy grande en todo este asunto. Ya sé que solo se trata de un sueño, pero… no sabría cómo expresarlo… tuve la impresión de que existía una relación directa entre la mejora de mi vida y el hecho de haber conocido a Rosa. ¿No te das cuenta? Reflexionando un poco, uno llega a la conclusión de que tú estás vivo porque su mirada y la mía se cruzaron esa mañana, fue un momento mágico en el que en vez de dejarme llevar por mis tendencias, de pronto, vi una luz diferente en la calle. Por eso reaccioné de ese modo y evité sumar una nueva locura en mi trayectoria. Me lo confirmó esa especie de sabio del que guardo un grato recuerdo. No sé si estoy perdiendo el juicio o si es esta guerra la que está empezando a perturbarme, pero lo cierto es que no puedo olvidar esa tremenda experiencia por la que pasé. A veces, quiero pasar página de ese sueño, pero aunque lo intente, esa conversación me viene una y otra vez a la memoria. Tal vez no resulte muy lógico lo que te he contado o quizá me juzgues como un loco, pero en todo lo que te he narrado he sido absolutamente sincero. Te lo juro. Eres libre de creerme o no, mas ese escenario me ha marcado tanto que por eso es por lo que estoy aquí.

…continuará…

 

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