ALMAS EN GUERRA (27) El mayor perdón

—Muchas gracias, señorito —contestó Rosa mientras esgrimía una ligera sonrisa—. ¡Ah, menos mal, ya no tendrá usted que esperar más! Por ahí llega mi primo. Con su permiso, me voy a retirar para atender a mis tareas…

—Ah, pues encantado, Rosa —expresó con convicción Revenga—. Fue un placer hablar contigo.

Fue así como poco después de los terribles sucesos acaecidos en esa misma tienda, un encuentro muy significativo se iba a producir. Anticipándose a cualquier eventualidad, Alfonso se dirigió hacia Diego y le saludó…

—Buenos días, espero que te encuentres mejor. ¿Me equivoco?

—Buenos días, Alfonso. Sí, la verdad es que me he recuperado bastante de lo que ocurrió. Hasta yo mismo estoy sorprendido. Se ve que el descanso de estas noches y la tregua que nos ha dado el calor han obrado un pequeño milagro.

—Claro, eso es lo que quería oír —respondió el falangista asintiendo con su mirada—. Curiosamente, ese es el motivo principal por el que he venido en cuanto he podido.

—Perdona, pero no te entiendo muy bien.

—Me refiero a que la otra noche tuve un sueño acerca de ti que me dejó desconcertado. Lo más extraño es que al despertarme, recordaba todo con bastante exactitud. Como yo no me suelo acordar de los sueños, es por lo que me llamó aún más la atención. En resumen, sentí desde ese momento la necesidad de venir aquí para que me dieses tu opinión. Al fin y al cabo, tú eras la persona que surgía en esa escena que sucedió mientras dormía.

—Ah, lo comprendo. Cualquiera diría que has experimentado un sueño revelador. Espero que sea para bien.

—Puede ser, nunca se sabe. Seguro que con tu ayuda le saco un significado a ese hecho o a lo mejor no. Tal vez solo haya sido un producto de la imaginación nocturna. Mira, Diego, te confesaré un secreto. Me sentí tan impresionado por el sueño que a la mañana siguiente me acerqué por la sede de Falange y le pedí a mi superior una jornada libre. Por eso es por lo que estoy aquí. Lo pensé, lo medité y al final, ya ves, he regresado a tu tienda.

—O sea, que vas a gastar un día de descanso para acercarte a mi casa y así, poder charlar conmigo…

—Eso es. Ya veo que lo has comprendido a la perfección.

—Y digo una cosa. Tal y como está la situación en Sevilla… ¿no te pusieron ningún problema para tomarte el día sin trabajar?

—Ah, no. Puede parecer un poco altanero, pero soy un personaje con influencias. Por si no lo sabías, soy el hijo del juez Constancio Revenga. Resulta evidente que eso tiene su peso a la hora de pedir un favor.

—Claro, me imagino.

—Oye una cosa, Rivera. ¿Podemos hablar en algún lugar donde no nos interrumpan? Ya sabes, alguien que entre a comprar, cualquier curioso que se ponga a indagar entre los productos, etc…

—Ya veo que lo que deseas es que emplee mi tiempo en escuchar esa historia tan importante que quieres contarme…

—Te seré franco: no estoy acostumbrado a pedir favores, la verdad es que por mis circunstancias personales, casi nunca los he necesitado. Después de lo que sucedió contigo el otro día, esto parecería una incongruencia y sin embargo, no lo es. Te lo voy a explicar y seguro que eres capaz de entender mi posición. No me gustan mis propias dudas y no sé ni cómo he acudido hasta aquí pero es cada vez que me levanto últimamente, se me mete en la cabeza una voz que me dice que me acerque a tu tienda para conversar, para intercambiar impresiones contigo como si fuese un asunto de la mayor importancia. En otras palabras, te haré una revelación: quería pedirte disculpas por lo que sucedió la otra jornada. Reconozco que traspasé todos los límites, especialmente porque tú no tienes nada que ver con todos estos ajustes de cuentas que se están realizando. Tal vez no me creas, pero después de meditarlo mucho, me arrepiento de lo sucedido, incluso de haberme ganado a pulso la enemistad del resto de tu familia con la que hoy he podido charlar antes de que regresaras.

Tras una larga y prolongada mirada, Diego efectuó una ligera mueca de conformidad con los argumentos que había oído, lo que contribuyó a encender una sonrisa en la cara del falangista.

—De acuerdo, disculpas aceptadas. ¿Qué ganaría yo con el rencor? Nada, solo revivir un episodio vengativo y torturarme con mis propios recuerdos. Venga, voy a llamar a Rosa para que esté pendiente por si se acerca algún cliente a comprar algo. Mientras, tú y yo, podemos pasar a un pequeño patio que hay más adentro. Está a la sombra y tiene plantas, por lo que se está más cómodo y tendremos más luz que aquí.

—Vaya, pues me parece una magnífica idea —expresó Alfonso con un gesto de asentimiento en su cabeza.

Tras indicarle a la joven que se encargase del mostrador, los dos hombres penetraron en el lugar acordado y se sentaron.

—Antes que nada, ¿te apetece tomar algo, Alfonso?

—Ah, no. Muy agradecido, pero tu madre ya preparó café y ahora no me apetece nada.

—Muy bien, pues tú dirás. Te escucho con toda mi atención.

…continuará…

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