ALMAS EN GUERRA (25) Temor de madre

Mientras tanto, Antonia hablaba por teléfono…

—¡Ay, Bartolomé! Menos mal que he podido contactar con usted —dijo la señora con gran nerviosismo.

—Pero, tranquila, Antonia… ¿qué le pasa? ¿Por qué esa voz tan baja y tan temblorosa?

—Es que no puedo hablar más alto, por si acaso. Aquí hay un señor que pregunta por mi hijo. ¿Está él por ahí, en el almacén? Es urgente y necesito darle un recado.

—Pues ha tenido suerte, señora. Ahora mismo se iba. Aguarde, que ya se pone al aparato. ¡Venga, Diego, que es tu madre! Parece importante…

—Mamá, ¿qué ocurre? Ya me iba a marchar. ¿Estás bien?

—Ya no sé ni cómo estoy. ¡Ay, hijo, qué desgracia!

—Pero, ¿qué ha sucedido? ¿Qué novedades hay?

—Escúchame con toda atención. Ese hombre está aquí, de nuevo. ¿Me entiendes?

—¿Quién? ¿El falangista?

—Sí, el mismo. Así que ya lo sabes. No se te ocurra volver por casa. Mira, dile a Bartolomé que te deje esconderte allí. Mientras tanto, nosotras procuraremos distraerle hasta que se canse y se vaya. Yo te avisaré cuando ya no esté aquí. Pídele ese gran favor a Bartolomé, que yo le conozco desde hace años. No te impedirá que te quedes allí el tiempo que haga falta.

—De ningún modo, madre.

—Pero, ¿qué estás diciendo, hijo? ¿Has perdido la cabeza? ¿Es que quieres que te maten hoy? Creo que con un intento ya está más que bien. No se debe tentar la suerte. No olvides que te libraste de puro milagro y ¿vas a volver a jugar con fuego?

—Ya lo sé y te comprendo. Oye, te noto muy alterada.

—Pues claro. ¿Es que no te das cuenta de que está  en juego tu vida?

—Mira, ese hombre no va a condicionar mi existencia ni yo voy a estar escondiéndome de él como si hubiese hecho algo malo. Yo tengo un trabajo que hacer y eso no puede depender de la voluntad ajena. Como tú bien has dicho, ya me libré una vez. Por eso te digo que hoy no va a pasar nada, justamente porque ya salí sano y salvo del último incidente.

—No, hijo. Las probabilidades de morir siguen siendo altas porque ese hombre está loco. ¿No eres consciente aún de su juego macabro? Está perturbado y mata gente por pura diversión. Además, no tiene quien le pare los pies y eso es lo más preocupante. Mira, no quiero más discusiones. Hazle caso a tu madre, obedece y no vuelvas hasta que yo te lo diga. Si apareces por aquí, me voy a quedar sola en este mundo. No solo perdí a mi Antonio y me quedé viuda para siempre, sino que ahora también te puedo perder a ti. Yo, eso, no lo soportaría. ¿Me estás escuchando?

—Mamá, confía en Dios, precisamente tú que tanta fe tienes. Dile a Alfonso que ahora mismo voy para la tienda. Tardaré solo unos minutos.

—Que no, de ningún modo, si vienes te vas a arrepentir y a mí me va a dar un infarto si te veo entrar por la puerta. Hazle caso a quien más te quiere. Diego, Diego… ¿Eh? ¿Será posible este hijo mío? Le ha colgado a su propia madre, ay, ay, ay, que me temo lo peor. Voy a rezarle al Corazón de Jesús y que él decida la suerte de esta familia. Padre nuestro que estás en los cielos…

Mientras que aquella crucial conversación telefónica se producía, Rosa, con una taza de café entre sus manos y el miedo habitando en su cuerpo, salió de la cocina para ofrecérsela a Revenga, el cual, pacientemente esperaba sentado.

—Buenos días. ¿Desea el señorito que le deje la taza sobre la mesa?

—Ah, buenos días —saludó con una sonrisa Alfonso mientras que se ponía inmediatamente de pie ante la presencia de la joven—. ¡Qué detalle por su parte y de la señora Antonia!

—Sí, es mi tía. Me encargó que le trajese esto porque ella estaba muy ocupada. Si usted no necesita nada más, le pido permiso para retirarme. Hay mucha faena pendiente.

—No, por favor, le ruego que me acompañe hasta que Diego vuelva. Según me comentó su madre, no se demoraría mucho.

—Es que… verá…

—Se lo suplico, señorita, no me deje solo. Solo serán unos instantes.

Rosa no sabía qué hacer. Si se iba, se exponía a una posible reacción de ira por parte del visitante y si se quedaba, se arriesgaba a mantener una conversación de lo más incómoda.

—Perdone por mi atrevimiento —expuso el falangista con una sonrisa un tanto forzada—pero, entonces… ¿cuántas personas trabajan aquí?

—Pues aparte de mí, mi primo Diego y su madre, a quien ya conoce.

—¡Ah, interesante! Y ¿cómo va el negocio? Ahora atravesamos por un período de incertidumbre.

…continuará…

 

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