ALMAS EN GUERRA (24) El regreso de Alfonso

      

—¡Ay, Dios mío! —exclamó con gesto de terror la madre de Diego—. Por favor, señorito, se lo ruego. No aguantaría una escena más como la del otro día. Si es usted cristiano, le imploro para que se apiade de esta pobre familia que solo lucha por su sustento y que nunca ha tenido relación con la política. Se lo pido de rodillas en el nombre del Señor, por favor…

—Tranquilícese, mujer —comentó Alfonso mientras que hacía un gesto significativo con sus manos—, su sentido tan religioso de las cosas me sorprende y me conmueve. Además, ya me ha visto, hoy no vengo de  uniforme sino de paisano. Fíjese lo que son las cosas, esta mañana me levanté  de excelente humor y con la intención de hacer una buena acción pensé en volver a su establecimiento. ¡Hay que ver las vueltas que da la vida! ¿Verdad? Por cierto, ¿cómo es su nombre?

—Yo soy Antonia —acertó a pronunciar la señora con temblores en su boca mientras intentaba calibrar lo que estaba pasando—, viuda de Antonio Rivera. Mi marido, que en paz descanse, nos dejó esta tienda que él había abierto después de muchos esfuerzos y cuando Dios se lo llevó en la gripe del dieciocho, la familia se hizo cargo del negocio.

—Bien, doña Antonia, repito, esté usted tranquila que vengo en son de paz. Recompóngase, por Dios, que la veo descompuesta.

—Y el señorito —expresó la mujer algo más calmada tras efectuar un sonoro resoplido—, ¿desea algo en particular?

—Bien, en verdad, no he venido hasta aquí para comprar nada. Tan solo pretendía charlar con su hijo, porque es el único que tiene ¿no es cierto?

—Desde luego. La muerte de mi esposo evitó que la familia se pudiese multiplicar. Pero, pero… verá, él no está aquí.

—Ah, ¿no? Vaya, qué pena.

—Es que hoy se levantó temprano para ir a un almacén cercano donde hay conservas. Él las trae aquí y luego las expone para su venta. Estábamos escasos y había que aprovisionarse. De todas formas, no creo que tarde mucho. En breve estará de vuelta, salvo que le pase algo extraño.

—Ah, entonces perfecto, eso es una buena noticia. ¿A usted le importaría que yo le esperase aquí, en su tienda?

—¿Eh? Ah, claro que no, faltaría más. Siéntese en alguna de esas sillas, junto a la mesa. La tenemos ahí para la clientela, por si alguien necesita descansar o probar algo antes de comprarlo. ¿Le apetece al señorito un vaso de agua fresca? O mejor aún, ¿quiere que le prepare café? Estoy segura de que le encantará… En estas circunstancias no es fácil hallar un buen café en Sevilla, ya sabe, que no sea sucedáneo o cosas peores que le ofrecen a la gente.

—Ah, pues muy amable por su parte. Se agradece siempre el café para espabilar el cuerpo, que con este calor siempre decae. Con su permiso, me siento en esa silla mientras que su hijo regresa.

—Como usted prefiera. Voy a prepararlo. ¿Cómo le gusta al señorito?

—Pues mejor solo y con un poco de azúcar.

—Lo que usted mande. Aguarde, por favor.

Mientras Antonia desaparecía hasta la cocina, Alfonso permanecía allí sentado al tiempo que su vista recorría con curiosidad los diversos estantes del establecimiento que contenían todo tipo de bebidas y alimentos…

—Ay, Rosa, yo no aguanto más —afirmó la madre de Diego—. Se me ha descompuesto hasta el vientre. Hazme un favor, mi niña. Encárgate tú del “ilustre” visitante y llévale café solo con azúcar.

—Pero, tía, ¿de qué hablas?

—Shhh… ¡Baja la voz! Es ese desgraciado que estuvo aquí hace poco y que casi se carga a tu primo y a mí del susto. ¡Y yo que no he hecho más que rezar para que no volviese nunca más…! Ha tenido la desvergüenza de presentarse otra vez después de la fechoría que cometió. No sé dónde tiene situado esa bestia su listón del cinismo. Voy a llamar ahora mismo a mi niño para que no se acerque por aquí. Dios sabe la trampa que ese desalmado le puede estar preparando. Quizá hasta tenga pensado llevárselo para no se sabe qué, pero eso sí, nada bueno. Encima, para disimular, ha venido trajeado como si fuese domingo y le tocara ir a misa. ¿Será posible, Dios mío? Esto es peor que una pesadilla.

—Pero, tía, no entiendo nada, yo tampoco quiero verle. Después de lo que pasó… ¿cómo se atreve a venir por la tienda? Aquí está ocurriendo algo muy extraño. Ese hombre debe ser un sádico y se ha obsesionado con esta familia. Y ¿qué se supone que debo hacer?

—Tranquila, tú llévale el café y si te pregunta por algo, pues le das conversación.

—¿Conversación? ¿Con un desconocido?

—Pues sí, ¿qué quieres que te diga? No hay otra opción. Hay que salir del trance y ganar tiempo. Si logro hablar con mi Diego, a lo mejor le salvamos. ¿Lo entiendes, Rosa? Está en juego su vida, venga, muévete…

—Vale, ya me apaño —expresó la joven mientras se hacía la fuerte—. ¡Dios mío, dame fuerzas! ¡Ayúdame!

…continuará…

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