ALMAS EN GUERRA (23) La ventana del amor

     

—Veamos, Alfonso —comentó Santiago con cierta inflexión en su voz—. Te haré una pregunta para que me respondas con sinceridad. ¿Es posible que tu alma sienta algo por esa joven que se llama Rosa?

—¿Eh? ¿Acaso la conoces? —contestó con ansiedad Alfonso mientras que de pronto se quedó como pensativo—. No estoy seguro, fue un breve encuentro, pero lo justo para que me perturbara. Después de lo que pasó en esa tienda, me he preguntado varias veces por mi actitud con respecto a ella. Tal vez sea una muestra de mi predilección por esa mujer. Es aún pronto, sabio, pero si te soy sincero, me gustaría conocerla, profundizar un poco para saber cómo es. Un momento, si tú ya la conoces… ¿qué puedes contarme de ella?

—Lo suficiente como para asegurarte que se trata de una criatura celestial con un corazón de oro.

—Vaya, eso es una gran noticia. Sería justamente lo que yo necesitaría para aplacar esta agresividad que me sale de dentro, como si estuviera enfadado conmigo y con el mundo, alguien que me guiara por el camino del bien. ¡Bah, qué rabia, es mejor no hacerme ilusiones! ¿Es que no me ves? ¿Qué mujer iba a fijarse en un tipo como Alfonso Revenga?

—¿Te gustaría escuchar el consejo de alguien como yo?

—Pues claro que sí. ¿Qué se supone que debería hacer para ganarme su aprecio? Te escucho con atención.

—Muy bien, pero para ello, primero deberías responder a la siguiente pregunta: ¿crees que lo que has hecho hoy podría aproximarte a ella para ganarte su afecto?

—Es evidente que no. No soy un imbécil. Me temo que esa escena no le habrá agradado en absoluto. Ella suplicaba por la vida de él, eso está claro. Y ahora que lo dices, me alegro de no haber ejecutado a ese tal Diego. Si hubiera disparado mi arma, es seguro que me habría ganado el odio para siempre de esa joven.

—Desde luego que no te habría servido en tus planes de acercamiento a ella. Eso es seguro. Por fortuna para ti, tomaste la decisión correcta en el instante supremo.

—Llevas toda la razón, consejero. ¿Y qué más me podrías contar sobre esa tal Rosa? Dime algo que me dé ánimos, que me abra a la esperanza.

—Pues como ya imaginarás, el trabajo te corresponde a ti, no a mí. Doy consejos, pero no puedo intervenir directamente en esos asuntos. No me está permitido. Con esto, quiero decirte que esa muchacha ya tiene en su mente una imagen de ti, que como entenderás, no es muy favorable. Sin embargo, vayamos a lo más práctico: si realmente deseas arrimarte a ella, necesitarás verla de nuevo y demostrarle con tus palabras y sobre todo con tus hechos, que eres un hombre diferente, nada que ver con el lamentable hecho que has protagonizado esta mañana, en definitiva, alguien que podría ser digno de su amor.

—¿De veras estás convencido de lo que dices? Después de lo que le hice a ese chico poniendo en riesgo su vida, discúlpame, pero dudo acerca de que ella pueda fijarse en mí. Sencillamente, me considerará un auténtico canalla, un desalmado, una persona sin escrúpulos…

—Eh, no vayas tan ligero, Alfonso. Por mi experiencia, he visto cosas que no podrías creer. Y te anticipo que he observado coyunturas incluso peores que la tuya pero que se han dado la vuelta y al final, han resultado felices. Escúchame con atención: no subestimes el poder del amor y de uno de sus hijos, el perdón. Te aseguro que si aprendes esa lección, tu vida cambiará por completo. Medita, mi viejo y joven amigo. El futuro se construye en el presente. Observa y permanece atento: te está llegando una oportunidad increíble que no puedes ni debes desaprovechar.

—Caramba, tus palabras suenan muy convincentes. Lo reconozco, aunque me cueste: hacía tiempo que no conversaba con alguien con tanta autoridad moral. Está bien, lo pensaré. Y ahora, si ya has terminado, seguiré con mi trabajo. Quiero hacer méritos ante mis superiores.

—Alfonso, te diré una cosa: los únicos méritos  los debes hacer ante Dios. Menos mal que en tu desprendimiento parece que  comprendes un poco mejor lo que está sucediendo, el meollo de la cuestión por  la que estoy aquí conversando contigo en mitad de la noche. Venga, hombre, regresa a tu lecho y deja de leer, de realizar composiciones mentales de mejor humor. Relaja tu espíritu, que yo me encargo.

Fue así como Santiago, al comprobar que Revenga se eternizaba en su labor de revisar más y más papeles, posó sus manos sobre su cabeza hasta que en unos instantes la silueta del joven quedó adormecida llevándole seguidamente a la cama, donde yacía su cuerpo tumbado de lado.

Eran las diez de la mañana cuando la figura de un apuesto hombre vestido con un traje ligero de color gris claro aunque sin corbata, penetraba en aquella tienda de ultramarinos sita en el mismísimo centro de Sevilla. A los pocos segundos y al oír unos pasos, doña Antonia acudió al mostrador para atender al nuevo cliente que había penetrado en la estancia. La expresión de la mujer que llegó con una sonrisa, cambió de forma radical al constatar la identidad del visitante. Una mueca de horror surgió repentinamente en la cara de aquella señora de mediana edad.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (23) La ventana del amor”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *