ALMAS EN GUERRA (22) Aclarando posturas

     

—Entiendo. Simplemente me refería a que el cumplimiento de esas órdenes son las que dan un sentido a tu vida, es la forma que has elegido de realizarte, eso sí, sembrando el dolor y el sufrimiento por doquier. Analízate, Alfonso. Podrás engañar a muchos menos a tu conciencia. Esta siempre permanece alerta porque es algo que Dios ha depositado dentro de ti para velar por la corrección de tu comportamiento. ¿Llegas a comprender lo que te he dicho?

—No niego que mis objetivos coincidan con los del partido. ¡Por eso me afilié a la Falange, faltaría más! Nunca pertenecería a una organización contraria a mis valores. ¿Qué hay de sorprendente en ello?

—Volviendo al tema de esta mañana, ¿te molesta la equidistancia mostrada por el joven de la tienda?

—No, mientras que no se oponga al desarrollo de esta justa sublevación. Además, dirigir al contrario a que piense como tú es una quimera. Eso no ocurre. Por otra parte, no parece una persona peligrosa, pero la coyuntura actual exige aclarar de qué lado estás y no jugar a la indefinición. No hay confusión: o se está con nosotros o se está contra nosotros.

—Conforme a tus palabras, eso significaría liquidar literalmente a la mitad de la gente que por ejemplo, viven en tu ciudad. ¿Sería eso posible si se diese el caso?

—Creo que exageras bastante, sabio. ¡Alguien tendrá que arar los campos y hacer funcionar las fábricas! Es imposible matar a tantos, ahora bien, es necesario apartar a todos aquellos que han empobrecido a esta gran nación con sus ideales mezquinos. Esos son los más peligrosos, porque sembrando la cizaña de la revolución en sus cabezas se recluta a más gente. No olvides que “España es una unidad de destino en lo universal”. Para mí, es la mejor frase que pudo decir nuestro fundador. ¡Gloria a José Antonio, encarcelado por esos bárbaros en la prisión de Alicante! Pagarán por sus crímenes.

—Entonces, digamos que tu actuación de hoy fue como un deseo de dar un escarmiento.

—Caramba, pero qué listo eres. Parece que pudieses leer mi pensamiento pero supongo que tampoco has tenido que reflexionar durante una hora para llegar a esa sencilla conclusión. Mira, el ejemplo nunca viene mal. Estas actuaciones como las de esta mañana sirven de advertencia para el resto del vecindario y amigos o parientes del afectado. Si incluso los que no han hecho nada sospechoso son tratados con severidad, imagina cómo deben sentirse los que realmente no pueden salvarse por su beligerancia contra nuestras ideas.

—Te voy a hacer otra pregunta. ¿Te has planteado si era necesario alcanzar ese extremo de crueldad con ese tal Diego Rivera junto a su casa?

—Esto se parece cada vez más a un interrogatorio de los que hacemos nosotros. ¡Cómo se nota que te has dejado contagiar por el clima bélico que existe en el ambiente…! No debería responderte, extraño, pero como me transmites tranquilidad, lo haré porque quiero. No me voy a sentir culpable por maltratar en público a un inocente, pero insisto en algo: esta época que atravesamos implica mucha disciplina, un férreo control de los actos para no caer en errores. Pensándolo bien, ese hombre supo mantener su dignidad  a salvo. Ahora que lo comentas, en ningún momento me suplicó por su vida como hubieran hecho otros. ¡No le faltaron agallas! Qué pena que ese tipo no pueda ingresar en nuestras filas. Quién sabe, igual un día de estos me acerco por su tienda y le convenzo, ja, ja, ja…

—No pienso que esté preparado para matar a sangre fría, como tú haces.

—¡Eh, consejero! ¿Acaso crees que vamos a ganar esta guerra sin sufrimiento? No podemos andarnos con tonterías. ¿De verdad piensas que ellos tendrían piedad como nosotros? Ya te digo yo que no, que nos  exterminarían como a perros. Ahora mismo, todo debe subordinarse a la  consecución de nuestros objetivos. Y si para ello hay que eliminar obstáculos,  pues se eliminan y punto. Si caemos en el terreno de las dudas, entonces  perderemos legitimidad o peor aún, nos arrancarán la cabeza en cuanto puedan. ¿Supones que ellos son mejores que nosotros? De ningún modo. Aquí cada uno lucha por sus ideas y es justo que el vencedor intente controlar a la otra parte. Las guerras las ganan lo valientes y te digo que no hay ninguno de esos rojos que nos pueda hacer sombra. Por eso venceremos en esta lucha y  construiremos una nueva nación, unificados, sin divisiones. Todos los que  deseen unirse a nosotros cabrán, excepto aquellos que no quieran colaborar. ¡Ay de esos, porque pagarán cara su traición!

—Viendo tu carácter y observando tu actitud, ¿por qué no le diste hoy el tiro de gracia al tendero?

—Buena pregunta. Tenía dudas. Hasta los hombres más resueltos vacilan a veces. Solo quería reírme de él. Por eso practicamos el falso fusilamiento. Fui yo el que ordené a mis camaradas que pusiesen munición de fogueo en sus rifles. Ellos sabían que se trataba tan solo de asustar.

—¿Y qué ocurrió con tu tiro al aire? ¿Por qué no mataste a ese joven cuando tan solo tenías que apretar el gatillo de tu arma?

—Sí, quién sabe. Igual lo habría hecho. Sin embargo, pasó algo. Recuerdo perfectamente la mirada de aquella muchacha arrodillada junto a la puerta. Algo parecido me sucedió el primer día que la vi. Recuerdo que se llamaba Rosa, o al menos, así la llamó Diego. Esa mujer tiene algo que altera mi pensamiento y no sé lo que es. Lo cierto es que al cruzarme con su mirada, sentí como un pellizco en mi conciencia, es de la que tú hablas y de pronto, sin saber por qué, me noté como “generoso” por dentro y le perdoné la vida a ese Diego. Fue su día de suerte, sin duda.

…continuará…

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