ALMAS EN GUERRA (20) Forastero en casa ajena

       

—Santiago, ¿cuándo tienes previsto tener ese encuentro con Alfonso? Pienso que no debería demorarse mucho. Mi respuesta nace de la lógica, no vaya a ser que vuelva por aquí en una de sus macabras batidas y decida completar aquello que esta mañana no pudo acabar. La verdad es que con su nivel de inmoralidad no creo que su sentido común se imponga. Su racionalidad  simplemente se halla al servicio de su orgullo. Y sin embargo, aún estoy aquí. La esperanza siempre renace en los corazones que aún guardan una gota de amor. Quiero confiar en que esa chispa de afecto que todavía observo en el alma de nuestro hermano, gane fuerza y brille.

—Ciertamente, Diego. Opino lo mismo que tú. Si esa gota estuviera seca, hoy estaríamos hablando en mi dimensión, no lo dudes. Hay motivos para la esperanza y vamos a trabajar duro por ello. Dada la gravedad y el significado de lo sucedido hoy, ya lo he pensado. Una vez que terminemos este diálogo que mantenemos habitualmente, me acercaré a su casa y le “visitaré”. Te  aseguro que seré firme en la conversación que tenga con él. Hay mucho en juego y nuestro plan exige intensificar nuestra labor. Una buena charla con el señor Revenga nos beneficiará a todos.

—Dios te oiga, amigo. Su brutalidad ha estado a punto de costarnos muy cara a los tres. A él, porque tendría que esperar a otra oportunidad para redimirse de sus errores y a nosotros, porque la decepción se habría instalado en lo más hondo de nuestro ser. ¿No te parece?

—Claro que sí. Las misiones se programan para realizarlas, no para quedarnos a medio camino. El maestro Bernard nos encomendó esta difícil tarea sabiendo de nuestros recursos y de nuestro entrenamiento. Y lo hizo porque nos conoce bien. Aunando esfuerzos, todo se hará más llevadero, sobre todo para ti, ya que estás en el mismo plano que Alfonso. Trataré de convencerle en su sueño para que no tarde mucho en volver a tu tienda. Parece una contradicción después de lo sucedido hoy, pero ya sabes que nuestro trabajo implica la interacción necesaria con este hombre. Intuyo que vuestro próximo encuentro será revelador. Constituirá la medida que nos sirva para aclarar si su alma se decide a dar un paso adelante en su evolución, aunque sea pequeño. Por falta de voluntad por nuestra parte, no va a ser.

—Que así sea, Santiago. Bien, ahora trataré de descansar el cuerpo. Ha sido un día complicado después del incidente de esta mañana. Qué poco faltó para cancelar la misión.

—Ya, pero Rosa estaba ahí. ¿No te diste cuenta?

—En esos momentos tan cruciales, el organismo me estaba aprisionando el espíritu y la reacción emocional era tan intensa que no tuve tiempo para observar el desenlace de la situación. Por eso le pregunté a ella por lo que había ocurrido. Después de escucharla, me quedé más sereno. ¡Qué mujer! Brilla como el sol. Sin su intervención, Santiago, creo que esta conversación la estaríamos manteniendo en otro lugar y en otras circunstancias.

—Dices bien, hermano. Es que además de mi apoyo, se previeron otros refuerzos adicionales. Nuestra Rosa es mucha Rosa. No lo olvides. Está tan cerca de ti que por su carácter y por su adelantamiento moral, ella se erigirá en una sólida base sobre la que sustentarnos, al igual que le pasará a la torturada alma del hermano Alfonso. Nada se deja al azar en el universo. Como nuestro cometido es arduo, más ayuda se nos brinda. Dios es justo y sabe lo que hace.

—Confío plenamente en ello. Deseo que tengas el mayor de los éxitos en esta madrugada. Buenas noches.

—Pues sí. Vamos a dejarlo en las manos divinas. Hasta mañana, compañero.

Transcurridas unas horas, Santiago halló a Alfonso “enfrascado” en sus propios asuntos. Durante una de las fases del sueño, se había dirigido a un cuarto en el cual repasaba expedientes o adelantaba el trabajo de la jornada siguiente. Su objetivo era repasar mentalmente unas listas de personas que figuraban en varios papeles. El enviado de Nueva Europa tuvo que adaptar su nivel de vibración así como la luz que emitía para no ahuyentar al espíritu desprendido del joven Revenga.

—Hola, Alfonso. ¿Cómo estás?

—¿Eh? ¿Quién eres tú? No me molestes, ¿acaso no ves que estoy trabajando?

—Sí, ya me he dado cuenta. ¿Podrías decirme en qué labor te hallas tan concentrado?

—¡Qué pesadez, forastero! Además, ¿quién te ha dado permiso para profanar mi casa? Es de muy mala educación invadir los espacios íntimos que pertenecen a otros. ¿No eres consciente de ello?

—Ya. Primero, convendría aclarar que este no es tu hogar sino que pertenece a tu padre, Constancio. Y segundo, los “consejeros” gozamos de autoridad para entrar en las casas. Debido a nuestra importante misión, estamos facultados para realizar este tipo de visitas sin impedimentos.

—¿De veras? Es la primera información que tengo al respecto. Pensándolo bien, si ya estás aquí es porque te has arriesgado a cruzar el umbral de esta morada. En fin, no debo atrasarme, que he de hacer mis cosas y no perder el tiempo con extraños. ¿Se puede saber qué es lo que quieres?

—Sí, pero todavía no me has respondido a la primera pregunta que te hice.

—Ah, ¿sí? Y digo yo, ¿por qué habrías de inmiscuirte tú en mis asuntos?

…continuará…

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