ALMAS EN GUERRA (19) Indicios de compasión

       

—Diego, cuando llegué a la acera, se me revolvieron las tripas. Creí que te perdía para siempre. De forma instintiva me  arrodillé, junté mis manos y entre lágrimas, me puse a rezar pidiéndole a Dios por todos los medios que te permitiera vivir. ¿Qué podía hacer? No tenía otra opción que recurrir al cielo para suplicar que ese bruto no apretase el gatillo. Solo decía “no, no, Señor, no lo permitas”. Recuerdo un momento que me impactó; cuando más concentrada estaba en la oración, su mirada y la mía se cruzaron. Sentí escalofríos a pesar del calor. Debieron ser solo varios segundos pero creo que él leyó en mis ojos mi súplica a Dios para que tuviera un mínimo de compasión. Sé  que dije en voz baja, “Señor, si ese hombre guarda una pizca de bondad en su corazón, por favor, que no asesine a Diego”. Lo que pasó luego, ya lo sabes.

—¡Ay, mi Rosa! Dame un abrazo. Creo que ya sé por qué aún estoy vivo. ¿Recuerdas lo que te comenté el otro día en la cena?

—Pues no sé exactamente…

—¡Claro que sí, piensa un poco! ¿Te acuerdas del cruce de miradas que tuviste con Alfonso cuando subiste las bebidas de la bodega la primera vez que lo viste?

—Ah, sí, es verdad, ya caigo…

—Pues te voy a decir una cosa: aunque te cueste creerlo, ese hecho es justamente el que dos días después de aquello, me permite estar aquí
hablando contigo.

—Pero primo, ¿de dónde sacas esa conclusión tan apresurada?

—Por pura intuición, Rosa. Estoy seguro de que al fijarse en tu mirada, él recordó vuestro encuentro del primer día y… y…

—¿Y qué?

—Pues que debió sentir un pellizco de compasión. Tú provocaste que se atenuase ese salvajismo que le invade el alma.

—¿El alma? Si solo fuese el alma… Dios mío, qué pena, una persona así tiene más un corazón de bestia que de ser humano. Y pensar que él y otros más como él andan sueltos por ahí, sin ningún control, abandonados a sus instintos más bajos. Pobres de los que se encuentren en su camino. Que el Señor les proteja.

Al poco y tras subir del refugio del sótano, Carmen se fundió en un largo abrazo con su sobrino querido, ese que desde la muerte de su padre por la gripe se había convertido como en un segundo hijo para ella, al igual que Rosa. Eran tantos los recuerdos y las vivencias experimentadas como tía y como maestra de Diego, que en aquel gesto de afecto se condensaba el sentimiento de tantos años compartidos como seres que se amaban
profundamente.

Esa misma noche, ya en el cuarto de Diego y antes de que este se acostase, se dispuso a charlar un rato con su protector y guía, con Santiago.

—¡Ay, hermano, al menos me diste consuelo esta mañana! Todavía no sé ni cómo continúo en este plano a veces tan cruel, yo con mi cuerpo de carne y hueso y tú, pues como siempre.

—Te di el aviso para que te calmaras. Por supuesto que no poseía la certeza absoluta, pero me dejé llevar por la más pura lógica.

—¿Sí? ¿Y cómo es eso?

—Muy fácil. Tú mismo lo comentaste hace unas horas, cuando sucedieron esos hechos. Reflexiona: si te hubieran matado, eso habría impedido seguir con nuestra misión, completarla. No pienso que el maestro Bernard nos hubiese enviado a cumplir con un cometido que se antoja tan dificultoso y que necesita mucha labor como para abortarlo al poco tiempo. Tu asesinato habría frustrado nuestro encargo. ¿Tienes ahora la percepción más clara?

—Sí, entiendo. La verdad es que aún no ha habido momentos ni ocasiones para ir trabajando con ese espíritu tan perturbado. Ya ves, Santiago, fue tan solo conocerle y a las pocas horas, ya estaba dispuesto a quitarme de circulación.

—Bueno, ya lo sabes, nadie especificó que esta tarea fuera sencilla. Lo sucedido hoy era una posibilidad dada la naturaleza ruda de nuestro hermano. Tantos años de endurecimiento no se ablandan en pocas jornadas. No obstante, yo soy siempre optimista y estoy convencido de que invirtiendo horas en él, habrá resultados. No se trata tanto de aplacar su maldad como de desarrollar sus cualidades; y si estas se hallan poco desarrolladas, tendremos que estimularlas para que aparezcan. Ya lo verás.

—Eso espero, mi buen amigo. Entonces, después de este incómodo susto, ¿tienes algún plan concebido para facilitar su evolución?

—Claro que sí. Como comprenderás, no voy a permanecer inactivo. La gravedad de lo ocurrido hoy me ha sugerido una idea: hablar directamente con él.

—Bien, he de entender que aprovecharás las horas del sueño para reconducirle o darle algunos de tus sabios consejos.

—En efecto. Así será. Voy a tratar de adaptarme a sus esquemas mentales para llegar mejor a su alma. La “gesta heroica” que ha protagonizado esta mañana contigo ha constituido un paso atrás que confirma plenamente
su estancamiento. Y eso que el primer día que se acercó por tu establecimiento, se comportó de una manera “correcta”, pero las tendencias son las tendencias, no nos vamos a engañar.

—Desde luego, esa vez hasta se permitió sonreírme, aunque mezclado con los típicos sarcasmos que le salen de muy adentro y que asustan hasta al más valiente.

—Sin duda, Diego. Es cierto.

…continuará…

 

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