ALMAS EN GUERRA (18) La fuerza de la fe

 —¡Ay, ay, mamá…! —se quejaba Diego—. Siento un zumbido en la oreja derecha y además no escucho nada. ¿Tú crees que volveré a oír?

—No lo sé, hijo mío —respondió Antonia mientras que movía su cabeza de un lado a otro como maldiciendo con su mirada el drama que acababa de vivir—. Ojalá que ese desgraciado tenga razón. Él sabrá. ¡Maldita sea la hora en que decidió venir a nuestro hogar! Que Dios le perdone por lo que ha hecho hoy, porque tu madre, la que te está hablando, no se olvidará nunca de lo que ha visto esta mañana. Mira que no acostumbro a desearle el mal a nadie, pero ojalá que ese desalmado se pudra en el infierno porque en mi vida había contemplado a alguien tan malo, a un tío tan retorcido.

—Tranquila, madre. Piensa una sola cosa: la diferencia entre lo que realmente podría haber pasado y lo que ha ocurrido. Gracias a Dios, todos estamos vivos y esta historia, aunque haya sido una tortura, ha acabado bien.

—¿Bien? ¿Alguna vez en tu existencia has estado al borde de ser asesinado sin motivo? Creo que tu gran corazón no se corresponde con estos tiempos de humillación y venganza.

—Uf, creo que me voy a sentar un rato hasta que me calme. Al menos, esperaré a que este pitido desaparezca. Por más vueltas que le doy en la cabeza, no alcanzo a entender qué es lo que pasó por la mente de ese hombre, cómo de repente, sin provocación, sin justificación, pudo sacarme
de aquí a la fuerza y casi ejecutarme.

—¿Comprender, mi niño? No hay nada que entender. Esta gente no necesita excusas. Si lo recuerdas, ya te lo advertí, que para eso sé más de la vida que tú. Ya intuía yo que ese animal nos traería complicaciones. Anda, siéntate aquí y estate tranquilo. Voy a por tu tía para sacarla del sótano. Si ha escuchado algo de lo que estaba pasando le habrá dado ya un infarto. Menos mal que ahí abajo se está muy aislado. No sabes lo que me alegro de haber hecho en su día esa obra; así ella podrá ocultarse de estos canallas si insisten en buscarla. Espero que esto te sirva de aviso, hijo. Estamos en guerra, como hoy mismo has podido sentir en tus carnes. ¡Es que no se puede ser tan cándido…! Oye, sobrina, quédate con Diego y no le dejes solo. Y si quiere, que se desahogue contigo, que ahora mismo es lo mejor para pasar página cuanto antes. Voy a prepararle algo para que se lo tome y así se recupere cuanto antes. No tardo.

Fue de ese modo que Antonia descendió por una escalera para buscar a su hermana y avisarle de que el peligro había pasado. La mujer, probablemente para distraer su atención del trauma sufrido, se acordaba del día en que tomó la sabia decisión de habilitar aquella pequeña estancia como refugio ante los imprevistos. Y es que durante la República, la convivencia entre la gente se había deteriorado hasta extremos increíbles y las primeras muestras de odio y de venganza habían comenzado a salir de la caja de Pandora en la que se había convertido la nación.

—Mi madre y mi tía están tardando, Diego. Eso significa que están hablando entre ellas de este asunto. Espera, que voy a la cocina a por un vaso de agua para que te repongas del susto…

Mientras que la joven se retiraba, Diego permaneció pensativo en la silla donde descansaba, como intentando asumir todo aquello tan terrible que había sucedido. Pensaba en cómo milagrosamente, tal y como le había adelantado Santiago, con fe, aquella situación no había degenerado en su salida del plano físico. Un minuto más tarde…

—Rosa, gracias por el agua. Me ha venido de maravilla. Por favor, tengo que hacerte una pregunta muy importante.

—Claro, lo quieras. Dime…

—Tú has presenciado todo lo que ha ocurrido ¿verdad?

—Solo la parte final. Cuando escuché los primeros disparos, salí como una flecha, aterrorizada, porque era una señal de que nada bueno podía estar sucediendo. Al acercarme a la puerta, no me lo podía creer. Mis ojos contemplaban una escena dantesca. Esos falangistas hicieron que te arrodillases a la fuerza para matarte como a un perro. Uno de esos bestias te golpeó con el fusil en la cabeza, tan fuerte, que creí que ibas a perder el sentido. Esos malnacidos se mofaban de ti, querían humillarte, supongo que para incrementar tu sufrimiento y ellos disfrutar más del espectáculo. ¡Que Dios les perdone, Diego, porque aún estás vivo, pero lo que te han hecho no tiene nombre! Has vuelto a nacer porque no había llegado tu hora y doy gracias por eso. Ya bastantes familias se han roto en esta ciudad por el rencor. No sabes lo mal que lo he pasado por ti. Ya no sabía ni qué decirle a Dios para que te salvase…

—Sí, ya me he dado cuenta. La verdad es que todavía no sé ni cómo he podido escapar. Dime una cosa, Rosa. ¿Por qué en el último instante, cuando sentía el cañón en mi nuca, ese hombre ha decidido disparar a otro lado en vez de a mi cabeza? Fíjate, me apretaba tanto con el arma por detrás que me dolía y claro, estaba convencido de que había llegado mi momento. Por favor, tú has sido testigo directo ¿qué pasó para que Alfonso tomara esa decisión tan extraña?

—No lo sé. ¿Y si fue una continuación de su macabro juego para asustarte o quién sabe, para que le suplicases por tu vida? Tal vez, le hubiese encantado escuchar cómo te humillabas, cómo te rebajabas llorando para que no te disparase.

—Hmmm… no lo creo, prima. Siendo sincero, creo que su intención inicial era matarme para darme una especie de escarmiento público, no solo a mí, sino también a vosotros y a cualquiera que pudiera estar presente en la calle, pero insisto, algo debió suceder en su mente que en el último segundo, desistió… por fortuna.

…continuará…

 

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