ALMAS EN GUERRA (17) La mirada de Rosa

 

Sin dudarlo y en medio de risas generalizadas, los tres compañeros de Alfonso Revenga realizaron un gesto definitivo dirigiendo sus pulgares hacia abajo.

—Pues ya lo ha visto, señora. Ha sido la victoria del parlamentarismo, de esa democracia que ya se ha ido a la mierda. ¡Ay, qué pena me consume el alma! Definitivamente y una vez enjuiciado el reo, me temo que no hay nada que pueda salvarle la vida. Lo siento, pero no podemos demorar más lo inevitable, la sentencia ha de ejecutarse…

En aquel momento supremo que separaba a Diego de la muerte, el falangista giró inconscientemente su cabeza hacia la puerta del establecimiento de ultramarinos y durante unos segundos, no pudo apartar sus ojos de lo que estaba contemplando. La figura arrodillada de Rosa, la prima carnal de Diego, estaba allí sollozante, con sus manos cruzadas sobre el pecho, como quien implora una pizca de compasión a un asesino que está a punto de ejecutar a su víctima. El falangista permaneció como inmóvil, atrapado por la intensa mirada de la joven de la cual no se podía apartar. Tras observar la expresión de la muchacha, con quien se había encontrado cuarenta y ocho horas antes, Revenga volvió su vista hacia su revólver, cuyo cañón se encontraba tocando la piel de Diego, dispuesto a efectuar un tiro a quemarropa.

De repente, se escuchó un fuerte “puuummm” en mitad de aquella calle. Todas las miradas de los presentes quedaron paralizadas ante la terrible crueldad de la escena, una atroz ejecución llevada a cabo en público, un acto sin justificación alguna que volvía a demostrar el carácter trágico de los hechos que se vivían en España en aquel verano y más en concreto, en el centro de Sevilla. Ya no eran los muertos que caían en los campos de batalla o en las trincheras sino también en las ciudades y en los campos, en una retaguardia donde los odios acumulados durante los años anteriores habían encontrado el perfecto escenario para manifestarse. Un decorado pavoroso, atravesado por sentimientos de venganza y de maldad, se cernía sobre buena parte de los españoles, mucho de los cuales no podían ni imaginar en la peor de sus pesadillas cómo se había llegado a esa situación.

Y sin embargo, un milagro se había producido. El cuerpo arrodillado del joven tendero seguía allí, sin haberse desplomado al suelo. Era como si aquella escena de crueldad resultase un engaño. Los ruegos y gritos de Antonia no habían tenido ningún efecto en el comportamiento de Alfonso. Sin embargo, no cabía ninguna duda de que la enigmática mirada cruzada entre el falangista y Rosa había resultado definitiva para evitar una muerte más que segura. Si existía un mínimo resquicio de caridad en el corazón de Revenga, esta había aflorado de repente al comprobar la expresión en las pupilas de la muchacha. En última instancia, cuando la suerte ya estaba echada, decidió apartar unos centímetros la boca del cañón de la cabeza del joven, por lo que en definitiva, el proyectil que disparó rebotó en los adoquines de la calle y se perdió a muchos metros de distancia.

—No sé ni cómo me he apiadado de ti, comerciante —expresó Revenga mientras que se encogía de hombros—. Quizá sea tu jornada de la suerte. No hay otra explicación, porque sobrevivir a dos ejecuciones en un mismo día es todo un prodigio. ¡Quién sabe, a lo mejor estás destinado a la más bella de las gestas! Ja, ja, ja…

Los otros tres falangistas se rieron con gran profusión ante las palabras que habían escuchado de su compañero, creyendo que todo había sido una mera continuación de la broma del falso fusilamiento.

—¡Venga, sigue con tu vida, ahora que te la han prorrogado! Levántate y vuelve a tu tienda. Recupérate, que no ha sido para tanto. Y no te toques tanto la oreja. Ya sé que te habrás quedado medio sordo pero en unas horas recobrarás la audición. Vamos, camina y desaparece de mi vista…

Fue así como en unos segundos y ayudado por su madre y por su prima, un aturdido Diego pudo dar unos pasos dubitativos hasta alcanzar la entrada del establecimiento que regentaba.

—¡Eh, vosotros, no os durmáis, que tenemos mucho trabajo por hacer en la zona! Esto solo ha sido un aperitivo. Al menos nos hemos divertido un rato. Esto de buscar rojos hasta debajo de las piedras puede ser agotador y más con este calor pegajoso…

Cuando parecía que aquella escena tocaba a su fin, la voz grave de Alfonso se oyó de nuevo…

—¡Eh, tú, Rivera! No te debo nada por los bocadillos porque nada nos llevamos. Seguro que todavía los podéis aprovechar, que no está la realidad como para desperdiciar comida. Y una cosa más antes de irnos: ya sabía que en tu familia existía una maestra, tu tía, si no me equivoco. La hemos investigado a fondo y está “limpia”, por ahora. Al final vas a tener razón, se ve que la mujer tuvo sentido común y que no se metió en política, je, je. No sé si andará ahí escondida, en tu casa o si habrá salido huyendo, pero no importa. Ahora mismo no tiene nada que temer, salvo que alguien la denuncie o nos llegue alguna información en su contra. Estos maestros son una plaga sospechosa de colaborar con la maldita República. Son de lo peor, una panda de izquierdistas, aunque siempre hay excepciones. Venga, a recuperarse del susto. Ya nos veremos familia. Descansad de esta ajetreada mañana, que os lo merecéis, ja, ja, ja…

Por fin y entre risas, aquellos cuatro hombres se alejaron del lugar para continuar con su macabra labor en otros rincones de la ciudad. Por el momento, para aquella familia había terminado una de las coyunturas más difíciles de su existencia.

…continuará…

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