ALMAS EN GUERRA (16) Ejecución por la mañana

—¡Atención, camaradas! ¿Listas sus armas? —preguntó el jefe del pelotón.

—¡Sí, camarada Revenga! —se oyó al instante en aquella calle del centro de Sevilla.

—¡Armas en posición! ¡Apunten! ¡Fuegooo…!

Tres detonaciones se escucharon junto a la puerta de entrada de aquel negocio de ultramarinos. Sin embargo, la silueta de Diego con el corazón a infinitas pulsaciones, seguía en pie. ¿Cómo era eso posible? Este, abriendo lentamente sus ojos no podía creer lo que estaba viendo. Por más que miraba hacia su pecho, ningún rastro de sangre, ninguna gota sobre su camisa, ninguna sensación de dolor salvo el tremendo susto ejercido por el brutal sonido… Mientras, los tres falangistas que habían disparado se morían de la risa ante la escena que estaban contemplando.

—Ay, que me parto el tronco de tanto reír, cómo me gustan los falsos fusilamientos —afirmó Manuel mientras doblaba una y otra vez su espalda.

—Y que lo digas, camarada —afirmó Luis—. Es una buena lección para estos imbéciles que no saben a qué sol acercarse.

—Ja, ja, tendrías que ver la cara que puso el muy idiota al oír los disparos, parecía que se “moría” —comentó entre grandes carcajadas Francisco.

De pronto, Alfonso, que tan solo había esgrimido una leve sonrisa intervino en medio de aquella macabra broma:

—Si le hubiéramos untado un poco de tomate, habría sido perfecto. La verdad es que este escenario ha sido muy divertido pero poco efectivo, camaradas. Para eso está aquí vuestro jefe. Tranquilo, Diego, que la broma ya se ha acabado. Ahora, sí que no te librarás. El ensayo resultó una cruel burla, pero el segundo intento va a ir muy en serio. O ¿acaso creías que ibas a escapar, que te ibas a mofar de mis ideas en mi presencia y te saldría gratis?

Tras acomodarse el fusil en su hombro derecho ayudándose de la correa, el falangista sacó de su cinto el revólver que tenía y tras empuñarlo, se dirigió hacia donde se hallaba la figura estupefacta del tendero…

—¡Arrodíllate, perro! Ahora sí que vas a pagar por tu insolencia, por tu cobarde equidistancia. Tienes que saber que no son tiempos para vivir en la indefinición. O se está con nosotros o se está contra nosotros. ¿Qué, nunca te han explicado el sentido de esa frase? Claro, míralo, la cobardía en persona, como sospechaba. ¿No tienes nada que decir antes de caer? ¿No sientes mariposas en el estómago o es que te has meado encima como una vulgar damisela? Mira que esta guerra es para valientes, para hombres de verdad, no para amilanados.

Mientras que los otros tres falangistas contemplaban la escena en medio de risas y burlas grotescas, Alfonso prosiguió con la mayor saña aquella sesión de tortura en la calurosa mañana del verano hispalense…

—Veamos, ¿prefieres morir de pie como un héroe? No, no te lo mereces, no lo permitiré. Venga, Francisco, que tú eres el más fuerte. Ya sabes lo que tienes que hacer con este desgraciado. Usa tu fusil.

A continuación, Diego recibió tal culatazo por detrás en la cabeza, que obligado a doblegarse por la violencia del golpe, no tuvo más remedio que hincar sus rodillas sobre los adoquines. Se sentía mareado y casi sin respiración. Fallándole las fuerzas y medio aturdido, pensó nuevamente en que su trayecto por el plano terrenal había llegado a su fin…

—Mira, tendero, despídete cuanto antes porque esto será lo último que veas antes de morir —gritó Revenga mientras que le enseñaba su revólver—. Tú que estás tan acostumbrado a hacer cuentas, fíjate bien en el tambor del arma porque aquí hay seis balas, seis. Verás, ya no hay trampa como antes ni proyectiles de fogueo. La munición es tan real como que tus días han terminado. Venga, no perdamos más el tiempo…

Seguidamente, el falangista situó el cañón de su arma sobre la nuca de Diego y se dispuso a apretar el gatillo. Fue justo en ese crucial momento cuando Antonia, la madre del joven, salió chillando de la tienda…

—¡Ay, por Dios, por lo que usted más quiera, no lo haga! Se lo ruego por lo más sagrado del mundo. Tenga compasión, señor, que es lo único que me queda en la vida, que soy viuda y no tengo más hijos. ¡Se lo suplico, por caridad cristiana!

La emoción de la mujer por querer salvar a Diego era tan intensa que instintivamente se arrodilló cerca de Alfonso y le miraba a los ojos mientras que numerosas lágrimas descendían por sus mejillas.

—¿Eh? Odio estas escenas de pena… ¡Cállese, señora, que esto no va con usted! Aquí somos nosotros los que impartimos justicia, la verdadera justicia, la de aquellos que quieren el bien de la patria.

—Señor, señor, si tiene usted un poco de misericordia en su corazón no disparará a mi hijo.  Por amor de Dios, ¿no tiene madre? ¿Sabe lo que ella sufriría si estuviese en mi lugar? Ay, por favor…

—Hmmm… parece usted una señora muy religiosa y muy piadosa. Porque es usted una mujer creyente y defensora de su familia le diré lo que se me acaba de ocurrir. Me da un poco de lástima, lo confieso, por eso le voy a ofrecer una última oportunidad. ¿Sabe lo que voy a hacer? Ya sé, lo someteré a votación entre mis compañeros. A ver, vosotros, escuchad, sois tres, con lo cual no hay posibilidad de empate. Camaradas, si pensáis que este perro debe salvarse, levantad el pulgar hacia arriba, pero si en cambio, creéis que debe ser ejecutado ahora mismo, que no merece vivir, entonces bajad vuestro pulgar hacia el suelo. ¡Venga, votad, como hacen esos de izquierda!

…continuará…

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