ALMAS EN GUERRA (13) Cuarenta y ocho horas en calma

—Ja, ja, Rosa. Has expresado en pocas palabras lo que contendría un informe de varias páginas. De todas formas, coincido contigo en casi todo. ¡Qué habilidad posees para ver más allá de las formas! Además de ser un ángel metido en el cuerpo de una mujer, alabo tu capacidad para penetrar en el alma de los demás. Es increíble cómo puedes llegar a conclusiones tan certeras.

—¡Eh, tonto! ¿Acaso creías que tú ibas a ser el único inteligente de la familia?

—Ah, claro que no —expresó con satisfacción Diego—. De todas formas, para eso está ya mi querida tía, sin la cual yo sería más inculto que un tronco de madera.

—¡Eh! A mí no me involucres en tus extrañas teorías —interrumpió la conversación Carmen con tono de humor—. Es más, afirmo que todo lo que eres, incluido tu amplio conocimiento, se debe a tu esfuerzo y a tu sacrificio. Es verdad que por razones obvias, no pudiste asistir mucho tiempo a la escuela. Ya sabes, importaba más tu presencia aquí, en el negocio. Pero esa ausencia del colegio la supliste bien con el trabajo que desarrollaste conmigo aquí en casa. Yo colaboré en tu educación, sin duda, pero el mérito es tuyo, ya lo sabes. Tantos y tantos libros que has leído, todo ese trabajo no podía ser en vano. ¿Lo has olvidado, admirado sobrino?

—Nunca lo olvidaré, tía Carmen. Sin ti, sería un “vulgar” comerciante, como dijo orgullosamente ese Alfonso al que hoy hemos tenido el “honor” de recibir en la tienda. Por cierto, prima, tú dirás lo que quieras y perdona si me meto donde no me llaman, pero no pude evitar fijarme esta mañana en la mirada que intercambiasteis ese hombre y tú. Sí, sí, ya sé que solo fueron unos segundos pero caramba, parecía que os conocíais de toda la vida…

—¿Qué quieres insinuar, granuja? —preguntó Carmen elevando el volumen de su voz—. ¡Eh, Rosa! ¿Es eso cierto? ¿Qué significa eso que cuenta Diego?

—Pero, pero, eso son imaginaciones del primo, mamá. Este loco fantasea con cosas cuando no hay absolutamente nada. Es cierto que ese joven tenía buena presencia y que resultaba muy atractivo, no voy a negar la evidencia y por eso me fijé en él, pero se mostró tan rudo, tan zafio y tan amenazador que su “cara bonita” quedó desfigurada por las manchas de su alma.

—¡Qué razón tienes, Rosa! —intervino rápidamente Diego —. La verdad, nadie podría haber resumido mejor la realidad de ese hombre. Un uniforme reluciente y un discurso punzante, y todo ello encerrado en un corazón donde no parece que exista mucho amor por el semejante.

—Bueno, dejémonos ya de tantas especulaciones que es un poco tarde —comentó Antonia con gesto de incomodidad—. Ni que le conocieseis de años. Cómo se nota vuestra inexperiencia. Ojalá que esta noche pueda descansar algo. Por más que llevemos días así, cuando al fin me duermo, las pesadillas se apoderan de mí y me parece oír el sonido de un puño que aporrea la puerta para llevarse al cementerio a alguno de nosotros.

—¡Por Dios, mamá! ¡Ya basta! Vale, hay un peligro fuera, pero es que tú lo aumentas mil veces más con tus obsesiones. Venga, ánimo, tengamos un sueño reparador. Solo hay que proponérselo.

—Sí, eso espero —contestó la madre a su hijo—. Venga, ahora, a recoger todo esto y luego, cada uno a su cama a tratar de dormir. Mañana será otro día de calor y de tragedia en Sevilla. Por favor, démonos los cuatro la mano y vamos a pedirle a Dios que mañana estemos juntos al amanecer…

Dos días después y casi a la misma hora del primer encuentro, la escena parecía repetirse en el establecimiento de ultramarinos de aquella familia compuesta por un hombre y tres mujeres…

—Buenos días —saludó el joven Alfonso con su camisa azul impecable, su distintivo de yugo y flechas en rojo sobre su pecho y su fusil cogido de la mano.

En su cinturón grueso de color negro, se dejaba ver una cartuchera con un revólver que no daba la impresión de estar apoyado en su cadera derecha simplemente para adornar…

—No te sorprendas, Diego, soy el mismo de anteayer que he vuelto a tu tienda. ¿Te extraña verme por aquí? Ja, ja, ja…

—Buenos días, Alfonso, qué honor —dijo el comerciante esbozando una ligera sonrisa—. El otro día comentaste que podías volver por aquí en cualquier momento y la verdad es que no te has demorado mucho.

—Así es. Está claro que tanto a mis compañeros como a mí, nos gustó lo que nos serviste el otro día. Las cosas son como son: eres un buen tendero y tus productos son buenos.

—Ya ves, procuro darle a mis clientes lo mejor de la casa. Esa es la única verdad que manda en este negocio. Cliente satisfecho igual a cliente que vuelve. Y, perdona, ¿puedo saber qué es lo que te trae por el centro de Sevilla en esta ocasión?

—Hmmm… lo cierto es que yo no vivo muy lejos de aquí, aunque la verdad es que nunca antes había entrado en tu establecimiento. ¡Qué destino el nuestro! Ahora resulta que solo en 48 horas ya nos hemos encontrado dos veces, ja, ja…

—Pues calcula, más de veinte años, porque a mi padre se lo llevó la gripe y de eso, ya ha llovido. Esto se inauguró en 1916 y por aquel entonces, yo tenía dos años. Fue mi madre la que tuvo que reorganizar todo para que la tienda aguantase abierta hasta que yo creciese y tuviese la edad suficiente como para encargarme del negocio, incluyendo la atención a la clientela.

…continuará…

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *