ALMAS EN GUERRA (12) Maldita incertidumbre

—Pero, ¿qué estás hablando, tía? —comentó con un gesto de extrañeza Rosa.

—Ah, claro, hazte tú también la ignorante, sobrina. Lo que faltaba por escuchar. Y mira que tú siempre has sido más madura de lo que por edad te correspondía. Te lo explicaré una vez más, a fuerza de ser pesada. Los maestros, como tu madre, están siendo uno de los grupos más perseguidos por los nuevos caciques del terror. Y ¿sabes por qué? Porque los nuevos mandamases se han empeñado en asociarlos a los valores republicanos, es decir, en señalarlos como responsables de la quiebra de este país al inculcarles a los niños consignas vinculadas con la izquierda. Todos los profesores están siendo sometidos a un riguroso escrutinio, los están separando como si fuesen ganado, para identificar a los que por testimonios o denuncias consideran más contrarios a la nueva ideología.

—Tía ¿no crees que estás exagerando en tu análisis?

—Para nada, Rosa. Ya me gustaría ser menos pesimista. Estos nuevos salvadores son violentos, detentan el poder ahora por la fuerza de las armas, pero no son imbéciles. Por desgracia, muchos de esos maestros van a ser obligados a dar un “paseo”. Vivo con la angustia de que una madrugada o a plena luz del día, estos brutos vengan a buscar a tu madre y se la lleven. Y puede que no volvamos a verla más. Sobrevivimos porque los cuatro somos una piña, por eso estamos tan unidos y si esa unidad se rompe, no quiero ni imaginarlo…

—Hermana, no empecemos con la misma canción que llevas repitiendo desde hace unas semanas. Te vuelvo a insistir en lo que ya te he dicho desde que se inició esta situación. Si un día vienen a por mí y me hacen desaparecer, será porque ese día estaba escrito en mi historia, porque era mi destino. No creo en las casualidades. Entonces, si yo no puedo hacer nada para controlar esa coyuntura, ¿por qué me iba a obsesionar con esa posibilidad? No estoy siendo idiota, simplemente trato de vivir con dignidad y de no derrumbarme antes de tiempo. Tampoco soy masoquista, no me voy a angustiar sin necesidad. Por ahora, la paciencia y rezar son mis prioridades. ¿Qué otra cosa podría hacer? No soy de piedra, tengo sentimientos y además, estoy convencida de que no he hecho nada ni me he distinguido por “adoctrinar” a nadie y mucho menos a ningún crío. Confía en Dios, Antonia, y a vosotros que sois tan jóvenes, os digo lo mismo desde el corazón. Seamos optimistas: no va a ocurrir nada que rompa esta armonía que hemos conquistado con nuestro esfuerzo, con nuestro afecto. Tú y yo ya tuvimos bastante desgracia con perder a nuestros maridos como para sumar ahora más tragedias. Me niego a creer que Dios vaya a permitir más dolor en esta bendita familia.

—Tú podrás confiar en Dios y me parece muy bien. El problema está en que yo no confío en la voluntad de los hombres —añadió Antonia muy alterada—. Si esos desgraciados vienen a esta casa por un chivatazo, no habrá manera de que nos libremos.

—¡Mamá! — expuso Diego con firmeza—. Tu falta de fe me preocupa. Después de escuchar tus argumentos, está claro que no confías ni en las alturas ni en ti misma. Es verdad que atravesamos tiempos horrendos, pero no existe poder en esta tierra que pueda alterar la voluntad del Creador. Eres libre de creer en lo que te digo o en abandonarte a tus continuas obsesiones.

—Vale, queridos, seguid así. Ojalá que me equivoque en todo lo que he comentado. Para mí no existiría mayor alegría que esa. Solo puedo decir que quiera Dios que pase el tiempo y que los cuatro sigamos aquí juntos.

—Eso estar mejor, madre. Así me gusta. Por cierto, prima… con tanta discusión, no has respondido a mi primera pregunta.

—Claro, es que los adultos se han lanzado a especular y no me han dejado ni siquiera contestarte. Si las señoras lo tienen a bien, me gustaría intervenir…

—Venga, hija —comentó Carmen—, no te hagas ahora la interesante. Responde a tu primo para que todos sepamos tu opinión.

—Vale. Mira, Diego, yo, que soy intuitiva hasta la médula, solo puedo decir que ese hombre me ha causado inquietud. Estoy siendo sincera. Yo no estaba a tu lado como para enterarme de todo, pero sí pude oír algunas frases de lo que se hablaba. Su forma de expresarse era grotesca, embrutecida, como si hiciese alarde de su situación de “superioridad”. Ya conoces y esto lo hemos comentado en otras ocasiones, que ese tipo de gente que se jacta tanto de algo, por dentro esconde miserias y otras debilidades. No debo dejarme arrastrar por la vista del uniforme que llevaba, ya sabes lo que eso significa, pero creo que en su cabeza hay mucha agresividad, deseos de venganza
contra no sé qué y mucho odio.

—Pues sí, Rosa. Creo que tienes mucha razón. Ese tal Alfonso se mostró como un ser muy primitivo, donde las pasiones vencían a su razón, alguien arrastrado por diversos problemas del pasado que ahora intenta reajustar con su careta de falangista. No sé, era como si su rostro me fuera vagamente familiar…

—Dios quiera que no, primo, que no tenga nada que ver con nosotros… aunque pensándolo bien, no nos vendría nada mal su influencia para sentirnos todos más protegidos. ¡Bah, no sé ni por qué he dicho esa tontería! En cualquier caso, tú fuiste el que hablaste con él, el que le miraste la cara, sus ojos, el que le leíste el corazón… La información más importante es la que tú guardas en tu memoria, Diego. A mí, la impresión que ese hombre me dio, a pesar de sus malos modales, fue que no se hizo de Falange de repente, como aquel que pretende hacer méritos o que incluso desea borrar cosas de su pasado. Creo que ese Alfonso procede de una familia acomodada, que debe tener estudios o cuando menos, cultura. Su forma de expresarse, pese a su chulería, no es la de un arribista ni tampoco la de un muerto de hambre que de pronto se ve con poder.

…continuará…

 

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