ALMAS EN GUERRA (11) Cena de reproches

 

—Desde luego, Santiago. Estoy de acuerdo. Entonces ¿cómo ves la situación?

—Pienso que has hecho todo lo posible para que vuelva. Recuerda lo primordial que es mantener el contacto con él en las próximas fechas. Ha llegado la hora del trabajo más duro. Será la oportunidad para intercambiar impresiones, para tratar de reconducir toda esa energía que lleva dentro, a su vez marcada por tantos siglos de abandono y parálisis moral. Confía en tu labor. Nuestra responsabilidad está en implicarnos con él para cumplir nuestro objetivo, aunque es evidente que su libre albedrío contará mucho.

—Está claro, amigo. No podemos olvidar que se trata de un alma independiente, que tiene sus propios criterios y que posee una inercia que no es otra que la de ser coherente con su pasado, con su historia. Ese será el tramo más dificultoso en nuestra tarea.

—Así es, Diego. Será preciso apoyarnos el uno al otro. Ya dijo el maestro Bernard que esto no sería sencillo. Ese es el motivo por el que debemos actuar de manera conjunta, al unísono, cada uno desde su posición, pero buscando siempre el resultado final para que nuestro hermano Alfonso cambie de una vez por todas. En caso contrario, su sufrimiento se prolongará debido a su resistencia a la transformación.

—No cabe duda… Espera, Santiago, alguien ha entrado en la tienda. Es un cliente. Debo atenderle. Luego proseguiremos con nuestra charla.

Esa misma noche y acabada la cena, como el resto de noches, había un tiempo en el que los cuatro moradores de aquella casa pasaban un rato juntos repasando las novedades de la jornada o bien, haciendo planes para el día siguiente. Era el momento ideal para que cada uno hablara de sus asuntos antes de ir a la cama…

—Por cierto, Rosa. ¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Diego.

—Pues claro, primo; venga, no te pongas tan serio. Además, no te hagas el tonto, porque ya sé lo que me vas preguntar.

—Ah ¿sí? Caramba, tu intuición va a más con la edad y eso que eres muy joven, pues acabas de cumplir los dieciocho. A ver, lista, venga, demuéstrame toda esa “sabiduría ancestral” que guardas en tu alma…

—Asumo el reto, Diego. ¿Se trata quizá de la inesperada visita de ese apuesto joven esta misma mañana?

—Ciertamente, Rosa. Acertaste de nuevo, lo admito. Bueno, yendo al grano y conociendo las divergencias que aparecerán en el resto de comensales, te quería preguntar en concreto por la impresión que te ha causado nuestro desconocido. ¿Tú también estás tan asustada como mi madre?

—¿Asustada? ¿Yo? —respondió la joven mientras que señalaba con el dedo índice a su rostro—. Veamos, ¿he hecho yo algo malo por lo que pueda ser perseguida?

—Hmmm… buena respuesta. Sin embargo, tu tía Antonia tiene otro parecer mucho más alarmante… ¿me equivoco, mamá?

—Hijo, no empecemos con otra discusión —interrumpió aquel diálogo entre primos la madre de Diego—. Yo no temo nada, simplemente soy una mujer que por la edad, prefiere ser prudente y sí, lo reconozco, estoy asustada. Creo que todos sabemos de los abusos que se están cometiendo. No hay un solo día en el que no llegue alguna noticia desastrosa… que si han fusilado a este, que si ha aparecido muerto fulano en la carretera o que si han metido en la cárcel a aquel otro, y así seguimos. Por favor, Diego, no seas iluso. ¿Acaso lo que está sucediendo no es como para estar alarmada? Anda, hermana, explícaselo tú, que creo que este no se entera muy bien de lo que está pasando. Y ya tiene suficiente edad como para ir entendiendo ciertas cosas y hacer reflexiones. Ya sabes, como tú eres su tía, a ti te hará más caso que a mí. Por otra parte, Carmen, no olvides que tú eres maestra, una profesión de riesgo para estos que mandan ahora pues alguien, todos los días, nos recuerda que haber dado clases en el pasado es sinónimo de haber colaborado con la República que pretendía destruir España. En resumen, hermana, que no es recomendable el que pasees por las calles y aunque ahora estés de vacaciones, el verano se acabará y cuando tengas que aparecer de nuevo por la escuela… ¡Ay, Dios mío! ¿Qué será de nosotros?

Los sollozos sordos de Antonia, madre de Diego y hermana de Carmen, se dejaban oír a aquella hora de la noche en el comedor de la casa, muy cerca de donde se despachaban viandas a los clientes que acudían a la tienda de ultramarinos… Aquella incómoda situación fue rota por la misma profesora que tomó la palabra…

—Antonia, yo lo que valoro, por encima de todo, es que vivo aquí en compañía de mi hija y de mi sobrino y por supuesto, contigo. Concuerdo con Diego en ese aspecto. ¿Por qué habría de estar preocupada? ¿Qué va a ocurrir cuando empiece el nuevo curso? No tengo ni idea. Y ¿por qué habrían de detenerme? ¿La purga será tan brutal que ya no quedaremos ninguno para enseñar a los niños? Creo sinceramente, que el presente ya tiene suficientes preocupaciones como para amargarme pensando en lo que vendrá.

—Pero, Carmen ¿cómo puedes permanecer tan ciega? A veces, no sé quién es la madre de mi hijo, si yo o tú misma, porque os parecéis tanto que ambos tenéis la misma forma de encarar los problemas con esa especie de optimismo gratuito que resulta enfermizo. Le has educado e influido tanto, le has explicado tantas cosas, que parecéis dos gotas de agua. Me temo que pecáis de inocentes y que no valoráis la gravedad de la coyuntura. No olvidéis que España está ahora mismo en guerra, pero no contra un enemigo exterior, sino entre sus propios habitantes, incluidos miembros de una misma familia o vecinos.

…continuará…

2 Replies to “ALMAS EN GUERRA (11) Cena de reproches”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *