ALMAS EN GUERRA (10) El miedo es libre

—No sé hijo, ya no sé ni lo que pensar. Solo veo que desde el 18 de julio, aquí ya no hay regla ni criterio por el que guiarse. Esto es la jungla, donde el que se siente más fuerte no usa las palabras sino las balas para imponer su razón. ¡Qué pena de situación a la que hemos llegado! Menos mal que tu padre ya se fue para no contemplar este horror, esta catástrofe.

—Calma, mamá. Vamos a estar tranquilos y a esperar acontecimientos —dijo Diego mientras que acariciaba suavemente los cabellos de aquella mujer.

—Pero, ¿cómo pretendes que me calme? Cada vez que escucho un tiro, no puedo evitarlo, me pongo a pensar en que los próximos seremos nosotros.

—Caramba, ¿qué ganas siendo tan pesimista? —preguntó Diego a su madre con los brazos abiertos de par en par—. ¿Acaso hemos hecho algo malo salvo llevar adelante este negocio y tratar bien e nuestra clientela?

—No lo sé, hijo, tengo tantas dudas… ¿Quién controla le mente de esos perturbados, el criterio con el que se conducen para decidir por capricho quién debe vivir o quién debe morir? ¡Que Dios nos ayude y que tu padre, si nos escucha, nos auxilie! Él fue el que levantó esta tienda después de muchos esfuerzos y supongo que querrá que siga abierta. De ello depende nuestra supervivencia. ¡Ay, mi Antonio, qué bien que no tienes que sufrir esta locura!

—Pero, ¿qué estás diciendo mamá?

—Hijo, solo digo que no sé si tu padre hubiera resistido toda esta tensión de estar intranquilo las veinticuatro horas del día, de sospechar que en cualquier momento te pueden golpear, ultrajar o darte un “paseo” (en aquellas trágicas circunstancias, dar un “paseo” o “paseíllo” significaba que eras llevado a una carretera, cementerio u otro lugar donde eras fusilado). Yo sé que tú eres bueno porque te parí noble, siempre tuve esa impresión y si no te fuiste con la gripe siendo un niño es porque estabas destinado a llegar hasta aquí. Fue una señal. No me quito de la cabeza a ese hombre, porque al haberle tratado de manera tan educada, a pesar de su grosería, sé que ahora volverá aquí a seguir con su maldito “trabajo”. Te lo juro, no quisiera verle más, me da pavor lo que tenga en mente ese perturbado, porque hay que tener mucha maldad en el corazón para ir recorriendo una ciudad en busca de a quién asesinar. Lo siento, pero no hay otro nombre para llamar a esa gente. ¿Qué puede haber en esas almas para fusilar sin juicio previo, sin defensa posible, condenados como perros a ser disparados? Pienso en las madres, en las mujeres y en los hijos de los que ya han caído. ¡Tengo unas ganas de llorar que no me aguanto! No sé cómo no me acerco al puente de Triana y me tiro de cabeza al Guadalquivir…

—¡Madre, por favor! Tú bien sabes que nunca cometerías esa barbaridad, que nunca dejarías sola a tu sobrina, a tu hermana y a tu propio hijo. Somos una familia unida por lazos inmortales, sobre todo después de lo que pasó con papá y con el tío Manuel. Tú hablas de señales y yo también. Al quedar nosotros cuatro solamente, ese fue el mejor indicio de que debíamos permanecer unidos como una piña para lo bueno y para lo malo, en la felicidad, pero también en la adversidad.

—Como siempre, tienes mucha razón, Diego. No sé ni por qué digo tantas tonterías. Serán los nervios o estas malditas preocupaciones por un mañana para el que no sabes si vas a despertar. ¡Qué ganas tengo de que todo esto termine y que podamos vivir en paz! Y encima ese loco, azuzando todos los días por la radio, metiendo cizaña, llamando a los escarmientos, a las venganzas más bajas… (se refiere al general Queipo, máxima autoridad militar en Sevilla tras el golpe y que a través de las ondas lanzaba proclamas incendiarias a favor del nuevo orden llamando a la represalia contra los republicanos e izquierdistas).

—Madre, ese militar, al igual que nuestro visitante de hoy, está representando su papel, está siendo coherente con sus ideas y no podemos hacer nada por cambiarle. Todo esto acabará pronto, ya lo verás.

—¡Que Dios te escuche, hijo! Estamos llegando a un punto de locura colectiva, que no sé si podré resistir más.

—Cuenta conmigo para lo que sea. Yo voy a estar aquí, a tu disposición. Mientras que todo esto dure, yo seré tu cara y tus manos. Descansa y deja que yo me ocupe de lo más importante.

—Ay, si tu padre te viera, se sentiría tan orgulloso de ti…

—Seguro que nos contempla a los cuatro. Tenlo por seguro. Y ahora, voy a encargarme de ordenar las conservas que llegaron ayer. Sube a la casa y relájate un poco. Saldremos de esta, estoy convencido.

Seguidamente, Diego se dispuso a colocar varias cajas que contenían conservas y que necesitaban ser clasificadas para su exposición al público. Justo en esos momentos de “soledad”, otra conversación no menos interesante pero digamos que más “espiritual” se abrió entre el joven Diego y su mentor Santiago…

—No es por nada, mi amigo, pero ¿crees que he estado acertado con mis expresiones ante Alfonso o piensas, como mi madre, que me he expuesto en exceso? Realmente, no deseaba humillarme ante él. Sé que sometiéndome
ante sus palabras le hubiera caído más simpático, porque su orgullo era
justamente lo que iba buscando, pero lo cierto es que no vi el momento de
hacerlo.

—Tranquilo, hermano. Has estado bien, muy en tu papel. Ya te avisé con antelación que en cualquier momento, este espíritu objeto de nuestra misión, aparecería por tu tienda. Ya ves que él no se ha demorado, pues todo tiene su ciclo, su tiempo para cumplirse.

…continuará…

 

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