ALMAS EN GUERRA (9) Solo un hasta luego

No transcurrió ni un minuto cuando una joven que apenas llegaba a los 20 años y de rostro angelical, con la bondad y la belleza personificadas en las facciones de su cara, se acercó a Diego y le entregó la bebida. A cualquier espectador que hubiese estado por allí, le habría sido fácil fijarse en la intensa mirada que se dirigieron de manera recíproca Rosa y Alfonso. Pasados unos segundos que parecieron más largos, la joven se retiró a otra habitación tras sonreír tímidamente al visitante…

—Bueno, Diego, si me necesitas estoy dentro. Ya me llamas —comentó la chica mientras se marchaba de allí.

—Sí, gracias. Bueno, Alfonso, ya lo tienes todo. Creo que tus compañeros estarán impacientes.

—¿Cómo dices? —comentó el joven falangista con expresión ensimismada—. Ah, sí, me he despistado, ya me voy. ¿Cuánto te debo?

—Nada. Cortesía de la casa. Al ser tu primera vez, será el mejor método para atraerte como cliente, aunque en el futuro, eso sí, tendrás que pagar. Es lo justo ¿no?

—¿Gratis? ¡Los cuatro bocadillos, la bebida y la materia de calidad que va dentro del pan…! Oye, por mí, encantado y agradezco tu gesto pero te diré algo antes de irme. ¿No estarás escondiendo algo? Insisto, tanta amabilidad con un extraño me escama. No me tomes por tonto, porque tarde o temprano averiguaré quién eres y si me entero de algo sospechoso, prepárate para lo peor. Quiero que lo tengas claro. No haré excepciones contigo. Hoy, el bendito ejército español y la Falange somos los que dictamos las reglas. Por eso te digo que haberme conocido puede constituir un juego muy peligroso para ti. Espero que seas consciente de eso.

—Solo puedo decir que me alegro de que hayas acudido a este establecimiento a proveerte. Regresa cuando lo desees. Libre eres de venir o no, Alfonso.

—Haré lo que considere oportuno, faltaría más. Los que mandamos elegimos el cómo y el cuándo de las cosas. No lo olvides, tendero Rivera.

—Muy bien. Ojalá que os guste lo que os he preparado. Hasta la próxima.

—¡Adiós, “equidistante”, ja, ja, ja! —se despidió con una gran risotada Revenga—. En cuanto repongamos fuerzas, proseguiremos con la operación de limpieza. Es muy necesaria en verano, para evitar que cuando bajen las temperaturas en otoño, salgan a la superficie las “cucarachas”.

En cuanto el visitante desapareció por la puerta, al poco, se escuchó el ruido de un motor arrancando, sin duda perteneciente al del vehículo donde habían llegado los cuatro hombres que habían decidido efectuar allí una parada para descansar y aprovisionarse de alguna vianda con la que eliminar su apetito a aquella hora ya calurosa.

Diego dio un largo resoplido, como intentando coger fuerzas y equilibrarse. Instintivamente, se tocó el pecho con la mano izquierda, como queriendo calcular con su pensamiento el número de latidos en su corazón. Un poco más sereno, después de la agitada conversación, pretendía darle un significado a aquel encuentro con ese ser no tan extraño, aquel que le había sido asignado en misión redentora unos años antes en Nueva Europa. En mitad de sus cavilaciones, fue interrumpido por una voz femenina…

—Hijo, ¿quién era ese hombre? No le he visto bien la cara, pero por su forma de hablar deja mucho que desear como persona. Ya sé que tú tratas de ser amable con todos, pero hacía tiempo que no oía a alguien con tanta chulería en sus expresiones de matón de barrio. ¡Qué mal educado, aunque viendo el uniforme que llevaba y su camisa azul, no sé ni de qué me extraño! ¡Dios mío, protégenos de todo mal! ¿Dónde hemos ido a parar? Ni en mis peores pesadillas hubiera pensado que hubiésemos alcanzado esta coyuntura. ¡Qué hombre más salvaje, qué bárbaro!

—No le juzgues tan severamente, madre. Él cumple con su papel. ¿Qué esperabas? ¿Un hermanito de la caridad? ¿Que se presentara aquí de forma cortés y sin proferir amenazas?

—Ya, eso digo yo… hijo.

—Es su estilo y tiene que ser fiel a sus ideas. En esta situación por la que estamos atravesando, ellos piensan que son los amos de la ciudad y que poseen la fuerza para instaurar el régimen de terror que hemos visto estos días. Son juez y parte y en consecuencia, se atribuyen la potestad para juzgar y ejecutar a sus opositores. Por eso, he procurado ser tolerante con él, pese a su altanería, para que entendiese que aún hay personas con las que se puede dialogar aunque yo no sea uno de los “suyos”.

—Te comprendo, hijo, pero ¿por qué te has arriesgado tanto? No son días para expresarse con claridad porque está en juego nuestra supervivencia. Aunque no sea tu estilo, tendrás que recurrir a los engaños y los disimulos, a decir medias verdades para despistar a estos brutos. Hay que evitar a toda costa despertar en esta gente la sospecha, para no herir susceptibilidades…

—¿Sospechas? ¿Qué sospechas, madre? Tú bien sabes que yo no pertenezco a ningún partido, ni asociación, ni sindicato, que no estoy en contra de nadie sino a favor del respeto entre todos y de la cordialidad como forma de relacionarnos. ¿Crees que esta gente fusilaría a alguien simplemente por tratar de ser agradable?

…continuará…

 

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