ALMAS EN GUERRA (8) «Interrogatorio»

—Hmmm… Ya veo que usas unas expresiones a mi entender demasiado refinadas para ser un vulgar tendero —comentó Alfonso mientras que se tocaba su barbilla con la mano derecha—. ¿Cómo es eso? ¿Acaso tienes estudios aunque te dediques a vender alimentos?

—¿Estudios? Ja, ja, ja… —rio Diego sin apartar la mirada del falangista—. Solo tengo la enseñanza que la vida me ha proporcionado. ¡Quién sabe, a lo mejor es que de tanto leer se me han pegado las palabras de los libros…!

—¿Leer? Eso puede ser muy peligroso en los tiempos que corren, dependiendo de lo que leas, claro. Hay mucha gente por ahí que se ha llenado el alma de veneno, leyendo cosas o panfletos inadecuados, sobre todo, esos que se refieren a las prácticas revolucionarias o a la necesidad de subvertir el orden social, luchando por una supuesta mayor justicia entre las clases o incluso por sus derechos. Creo que sabes a qué tipo de literatura me refiero.

—Sí, es posible. No voy a negarlo. Siempre ha habido personas exaltadas o de ánimo incendiario. En cualquier caso, ese tipo de libros no son los que a mí me gustan. Yo prefiero los “clásicos”.

—¿Los “clásicos”? ¿Qué clásicos?

—Te pondré un ejemplo para que lo entiendas. Amo la literatura del Siglo de Oro español. Te confesaré un secreto: puede que haya leído el Quijote de Cervantes más de diez veces.

—Ah, eso es completamente diferente. ¡Buena lección, sí señor! Esa obra constituye un exponente claro del sentimiento español más arraigado, de la tradición singular de esta gran nación.

—Sin duda, Alfonso, se trata del texto más universal de un gran escritor.

—Ya, ya, de todas formas, me preocupan tanto tus “buenos modales” como ese lenguaje tan depurado, tan refinado que usas para el trabajo que desempeñas. Creo que otro día y dadas las circunstancias, te someteré a otro “interrogatorio” más profundo para saber realmente quién eres, Diego… Diego…

—Rivera. Ese es mi apellido.

—Sí, justamente, Diego Rivera… Tienes que entender que a veces, tanta “dulzura” en las palabras puede esconder otras intenciones…

—Entonces, deduzco que probablemente vas a volver por mi tienda…

—¡Quién sabe! Nosotros estamos barriendo esta zona del centro para efectuar una desinfección de “bichos”. ¿Me comprendes?

—Pues no, exactamente.

—Pero, ¿estás tonto o qué te pasa? Sevilla es una ciudad que por desgracia, ha acogido entre sus casas y calles a gente muy perniciosa, a personas que se han identificado con causas hoy ya perdidas como el marxismo o el anarquismo. No hace falta decir que todos esos elementos peligrosos para la nueva sociedad habrán de ser eliminados, para que la gente honrada y digna pueda vivir en la tranquilidad de la nueva nación que surgirá de esta lucha.

—Vale, ahora te he comprendido perfectamente.

—Ya ves, para ello no hay mejor método que este —expresó Alfonso mientras que palpaba la culata de su fusil—. Si no se puede por las buenas, tendrá que ser por las malas y te aseguro que conozco a muchos a los que no se les va a convencer con palabras educadas, como esas que tú utilizas. Mira, no pongas esa cara porque no es tan complicado. Solo hay que tener las ideas claras y la voluntad decidida para acabar con esas alimañas que se esconden. ¡Hay que saber el bando al que se pertenece! ¡Qué gracia! No hace mucho, algunos se mostraban orgullosos y en público alardeaban de sus actitudes. Ahora que las tornas han cambiado se ocultan de forma cobarde bajo las alcantarillas. Por eso es imprescindible una buena limpieza y buenos españoles que se encarguen de esa labor tan esencial como necesaria. ¡Ten cuidado, equidistante! No vaya a ser que me entere de cosas de ti o de tu familia que no resulten convenientes para esta época.

—Uf, espero que no, Alfonso. Ya te digo que nosotros no tenemos nada que esconder y tampoco nos avergonzamos de nada. Somos personas honradas y trabajadoras. Ese es el mejor resumen que podría hacerte.

De repente, una fuerte voz se escuchó desde la calle…

—¡Eh, Revenga! ¿Viene esa comida o no? Que el calor aprieta…

—¡Ya voy, ya voy, estoy terminando, que el tendero este es de verbo fácil! —respondió con un vozarrón Alfonso.

—Mira, justo a tiempo, ya he acabado con los cuatro bocadillos. Aquí los tienes envueltos. Y un momento, que os falta la bebida. No creo que pudierais engullirlos sin ayuda de líquido.

—Sí, venga, rápido, que no tengo todo el día.

—¡Rosa! Por favor, baja a la bodega y trae lo que esté más frío para cuatro personas.

Una chica joven que había estado observando toda la escena desde detrás de una cortina apareció de repente en aquel escenario…

—¡Ya voy, Diego! —se oyó a la muchacha.

…continuará…

 

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