ALMAS EN GUERRA (7) Entrada en escena

—De acuerdo —respondió el joven tendero—. Oye, espera un momento porque voy a buscar el pan y el resto. Te lo hago ahora mismo, a la vista, para que compruebes con tus ojos la calidad del “material” empleado. No suelo hacerlo así pero como he comprobado que era la primera vez que te acercabas por aquí, me gustaría que te llevases la mejor impresión del comercio. Lo digo por si decides volver. Ya sabes, un cliente satisfecho tiende a repetir sus visitas. Por mi experiencia, la mayor alegría que se puede llevar alguien es sentirse bien atendido. ¿No opinas lo mismo?

—Oye, ¡qué palabrería tienes! ¿Siempre hablas tanto mientras trabajas?

—Depende de la persona que tenga enfrente, pero claro, para vender en un negocio de ultramarinos uno no puede estar demasiado callado. Sería una falta de cortesía con el comprador… señor… señor…

—Ah, sí. Me llamo Alfonso, con eso basta. No te hace falta conocer mi apellido. Y ¿por qué me has preguntado el nombre? A lo mejor no vuelvo a aparecer por aquí en la vida…

—El nombre es la esencia, es esa palabra mágica con la que nos identificamos nada más nacer y durante el resto de la existencia. No me negarás que es importante llamar a la gente por su nombre. Eso lo aprendí en cuanto empecé a trabajar. En cualquier caso, encantado, Alfonso. Yo soy Diego Rivera y ya llevo aquí unos años atendiendo el negocio.

—¿Años? —preguntó el falangista con incredulidad—. Lo veo difícil por tu juventud. ¿Cómo es eso? Yo tengo 25 y tú debes ser incluso menor que yo.

—Efectivamente, buena vista. Yo tengo 22 pero como estoy en este asunto digamos que desde la adolescencia, para mí, es como si tuviese ya cierta experiencia laboral.

—Ya entiendo. Y tú, ¿eres un mero asalariado?

—Exacto, pero en verdad no es exactamente así porque el negocio pertenece a mi madre. Es de su propiedad desde que se quedó viuda, ya sabes, el desastre de la gripe del 18. Yo era un crío en esa época y gracias a Dios a mí no me tocó la epidemia. Tuvimos que salir adelante sí o sí. Ella me enseñó todo lo relativo a esta labor y ya ves, de eso vivimos, aunque ahora son tiempos difíciles. No hay mucho dinero circulando y eso nos afecta a todos, especialmente cuando vives de lo que vendes.

Mientras tanto, Diego continuaba con sus preparativos bajo la atenta mirada de Alfonso…

—¿Ves? Ya te estoy cortando el queso. ¿Qué te parece? ¿Y el chorizo y el salchichón? Solo de verlos ya me entra hambre. Pensándolo bien, te voy a ofrecer un trozo de cada uno para que los pruebes antes de meterlos en el pan. Prueba, prueba…

—Hmmm, excelente, tenías razón —acertó a decir Alfonso mientras que degustaba con cara de satisfacción las porciones—. Oye una cosa, tengo la impresión de que para ser la primera vez que nos encontramos estás siendo demasiado amable conmigo. ¿A qué obedece tanta gentileza por tu parte?
¿Acaso simpatizas con nuestra causa? Ten cuidado con lo que respondes, Diego o como te llames…

—¡Dios me libre de meterme en política, Alfonso! Aunque te cueste trabajo creerlo, no es una cuestión que me interese. Bastante tengo con cuidar del negocio y de cuadrar las cuentas para llegar a fin de mes.

—¡Te equivocas, chaval! —expresó el falangista con mucha seguridad en sí mismo—. Hoy en día no se puede vivir indiferente a la realidad. Hay demasiado en juego. Son tiempos duros, pero tiempos de cambio, de gloriosos cambios, me atrevería a decir. Uno no puede permanecer impasible ante lo que está sucediendo. Una nueva nación surgirá de esta brava lucha, aunque primero tendremos que ganar esta batalla a vida o muerte que libramos. A nosotros nos corresponde efectuar una buena “limpieza” de todos esos elementos nocivos que solo pretenden la destrucción de España. Tarde o temprano, te verás involucrado por más que te escondas o que alegues desdén. Entonces, tendrás que tomar parte y posicionarte en el bando de los vencedores o de los vencidos. Si eliges mal tu facción, ya sabes las consecuencias: tu vida no valdrá ni un céntimo. No existe alternativa.

—Pues yo insisto, Alfonso —expuso con una sonrisa complaciente Diego mientras que acababa de rellenar los  panes—. Jamás me he metido en esos asuntos y no voy a cambiar ahora de criterio. Esas cosas creo es mejor dejarlas en manos de los que entienden.

—Te advierto que has de tener sumo cuidado con tu “equidistancia”, la cual puede resultar muy traicionera. Esta no es época de comodidades ni de mantenerse ajeno a lo que pasa. Decir que uno está al margen de esta guerra no le conviene a nadie. En fin, tan solo tienes que fijarte en lo que ha ocurrido en las últimas fechas. Ha habido mucha violencia y muchos muertos, pero la serpiente venenosa posee muchas ramificaciones y no se acaba con ella tan fácilmente. Habrá que pisotearla, incluso cortarla a trozos, para que deje de moverse y de existir. ¡Ten cuidado, “equidistante”! ¡No vaya a ser que tú formes parte de ese reptil! Creo que eres consciente de lo que les espera a los que se resisten a nuestro empuje.

—Claro que lo sé, amigo. En cualquier caso, le pido a Dios mantenerme como estoy, a un lado de la política y de toda esa complejidad que supone el mandar y el tomar decisiones…

…continuará…

 

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