ALMAS EN GUERRA (6) Sangre y fuego en Sevilla

La guerra civil en España había comenzado y se prolongaría durante 988 jornadas más, no para superar esos odios que duermen en las cavidades del alma, sino para plantar más y más semillas de venganza que solo podrían marchitarse durante los siguientes siglos.

Pero centrémonos en Sevilla, porque es la ciudad donde se desarrolla esta historia de terror y de compasión, esa urbe que en aquella época contaba con un cuarto de millón de habitantes y que sufría como ninguna otra los trágicos efectos del levantamiento militar.

Pasada la una de la tarde del 18 de julio de 1936, el general rebelde Queipo de Llano llegó a la sede de la Segunda División Orgánica del Ejército, sita en la céntrica plaza de la Gavidia. En unos minutos, los sublevados pasaron a la acción y bajo las órdenes de Queipo instaron al jefe de la división, el general Villa-Abrille a unirse a los golpistas. Al negarse este, fue arrestado y quedó detenido. Otros mandos militares fieles a la República también fueron arrestados. El bando militar por el que la ciudad quedaba en manos de los golpistas estaba redactado y solo faltaba publicitarlo por las calles de Sevilla para que los ciudadanos lo conocieran.

Aunque las autoridades civiles reaccionaron, ya era demasiado tarde. Con el apoyo de algunos cañones traídos por los rebeldes desde el parque de Artillería, tanto el gobernador civil como la guardia de asalto que eran fieles a la República, se rindieron sobre las veinte horas de esa tarde. El alcalde, el presidente de la Diputación y el comandante de la guardia de asalto resultaron fusilados y el gobernador salvó la vida in extremis al llegar a un acuerdo de rendición con Queipo. La suerte de la urbe estaba echada. Sin embargo, la capital de Andalucía se había distinguido en las últimas elecciones por su apoyo mayoritario a los partidos de izquierda. Esto provocó la movilización obrera en determinados barrios que no estaban dispuestos a entregarse sin luchar. Ante la grave situación creada y a pesar de que el bando militar establecía que serían pasados por las armas aquellos que no acatasen el nuevo orden, muchos ciudadanos organizaron la resistencia armada frente a los golpistas.

Fue así como en los barrios obreros de Triana, San Gil, San Julián y San Bernardo, los milicianos de izquierda se defendieron levantando barricadas para resistir el tiempo que hiciese falta, a la espera de que llegasen fuerzas republicanas en su apoyo procedentes de otras partes del Estado. La columna de combatientes mineros que llegaba de Huelva para auxiliar a Sevilla resultó aniquilada por las fuerzas de la Guardia Civil que asimismo se habían sublevado.

Al día siguiente, la presencia de una compañía de legionarios y de otra de regulares que habían llegado en avión desde el norte de África para ayudar a los rebeldes inclinó definitivamente la batalla por la ciudad. Cuando los obreros pretendieron hacerse con los fusiles que había en el Parque de Artillería junto al río Guadalquivir, fueron recibidos a tiros por los militares que mataron a once de ellos en el momento, por lo que las ilusiones de aguantar por parte de los republicanos se diluyeron.

Ya el 22 de julio, tan solo cuatro días después de la rebelión, el último barrio de Sevilla que aún resistía el asalto, el de San Bernardo, se rendía ante el empuje de los legionarios, tropas de regulares y voluntarios de la Falange. Estos últimos, dada su ideología política, se habían unido al ejército para apoyar la sublevación. Los fusilamientos de los vencidos dieron comienzo rápidamente. Solo en la capital, se obtuvo una cifra más que alarmante: entre 3000 y 6000 muertos, si bien los datos no son precisos al no existir un registro oficial de fallecimientos. Se había demostrado que por mucha voluntad que tuvieran los obreros en defenderse, sin armas y sin la preparación profesional de los militares sublevados, carecían de oportunidades. Durante la refriega, estas milicias populares habían linchado a algunos falangistas y sacerdotes, a la vez que se produjeron saqueos contra las propiedades de hacendados y de la alta burguesía así como incendios de iglesias. Buena parte del patrimonio artístico y religioso de la ciudad pudo salvarse porque en su mayoría, había sido escondido en secreto en previsión de altercados. El ambiente no podía ser más desalentador.

Transcurridas una jornadas y con la ciudad bajo el férreo dominio de los sublevados, se acercaba la hora del mediodía y el calor del verano empezaba a apretar duro. En ese momento, un hombre joven vestido con el uniforme azul de la Falange y fusil al hombro, hizo su entrada en una tienda de ultramarinos ubicada en el centro de Sevilla.

—¡A ver! ¡Quién atiende aquí! ¡Que no tengo toda la mañana! —dijo en voz alta el extraño mientras daba palmadas insistentes sobre el mostrador de madera.

—Disculpe, buenos días —saludó con amabilidad un joven que apareció de repente desde el interior del establecimiento—. Estaba justamente en el cuarto de atrás organizando unas cosas. Soy el encargado. ¿En qué puedo servirle?

—Ya lo veo, muy bien. He venido con otros tres compañeros que se han quedado fuera, vigilando, por si acaso. Hay aún muchos elementos peligrosos por las calles, no hay que fiarse. El estómago ya nos ha dado unas cuantas “señales”. Quería que nos preparase algo para comer y llevárnoslo.

—Claro, cómo no. Ha venido al sitio justo. Si le parece bien, le prepararé unos bocadillos que serán de su gusto. ¿De qué los quería exactamente el caballero?

—Hmmm… dejémonos de formalismos que ambos somos muy jóvenes. Aunque es la primera vez que te veo, mejor tutearnos, ¿no te parece?

—Desde luego, señor… Entonces, ¿con qué quieres que te haga los cuatro bocadillos?

—No sé, rellénalos con lo mejor que tengas. ¿Qué me ofreces?

—El mejor queso y embutido de la localidad lo encontrarás aquí, te lo puedo asegurar. ¿Qué tal si te preparo dos de queso y los otros dos con embutido?

—Bien, adelante —expresó el falangista con gesto convencido.

…continuará…

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