ALMAS EN GUERRA (5) Inicio de hostilidades

—Os voy a contestar a esa interesante pregunta. Veamos: todo tiene unos límites porque todo está sometido a unas leyes. ¿No es cierto? ¿Cuál es el vuestro? Ejerced un buen uso de vuestras capacidades, ofreciéndole al hermano Alfonso toda la asistencia que él precise. Habéis avanzado lo suficiente en el camino evolutivo como para discriminar de forma correcta lo que tenéis que hacer. El Creador respeta el libre albedrío de todas sus criaturas porque así las creó, dotadas de inteligencia y de voluntad. ¿Acaso vosotros os ibais a guiar por otros parámetros? Bien es cierto que estamos ante un caso complejo. Por eso se os envía a ambos a la esfera material, aunque Santiago no necesite de un organismo para cumplir con su tarea. Vuestra coordinación, habida cuenta de la dificultad de ejecución, resultará
decisiva para reconducir la parálisis de este hombre que ha vuelto a renacer en Sevilla, también vuestra ciudad de destino. Os digo otra cosa: el dolor es capaz de doblegar incluso a los seres más rebeldes, aquellos que piensan que pueden continuar envueltos en el mal sin que haya consecuencias. Las leyes divinas no están escritas en un papel que puede ser ignorado; son leyes vivas a las que nadie escapa porque aseguran el fin de la existencia: progresar. A Alfonso le fueron explicados muchos aspectos sobre su turbio pasado, sobre su falta de trabajo, sobre la pesada carga que llevaba a su espalda. Nadie niega que el combate vaya a ser duro, pero la categoría de la prueba determina la cuantía del esfuerzo y por ende, el mérito de los resultados que se obtengan. En cualquier caso, no hace falta recordaros que vuestra conciencia os habla y por eso, os dice a cada momento qué tipo de labor estáis haciendo y hasta dónde podéis llegar con vuestro trabajo. Creo que no dejo dudas al respecto en vuestro pensamiento.

—Así es, maestro —respondieron al unísono los otros dos espíritus presentes en la reunión que se celebraba en Nueva Europa.

—El resto, depende de la voluntad del hermano Revenga. Ha hecho mucho daño, ha generado mucho sufrimiento entre los seres con los que ha coincidido y por ese motivo, deberá asumir el peso de sus actos. Si realmente quiere empezar a aliviar el lastre de su ayer, es obvio que tendrá que reaccionar. No hay otra forma y lo sabéis. Vosotros, tal y como se os encomienda, habréis de ser su lámpara, porque como dijo Jesús, “nadie enciende un candil y lo sitúa debajo de la cama, sino sobre el candelero para que los que entren vean la luz”. Sed pues, queridos Santiago y Diego, la claridad en la que él pueda apoyarse para avanzar en la noche de su alma.

—Que así sea, mentor —contestaron aquellas dos entidades que en breve, descenderían al plano físico, uno asociado a un cuerpo y el otro, como su guía y asistente desde la espiritualidad.

Melilla, norte de África. Protectorado español en Marruecos. 17 de julio de 1936.

Aunque en principio la intención de los conspiradores era iniciar el golpe militar en la fecha del sábado 18 de julio, el destino o la voluntad de los hombres, o ambas circunstancias a la vez, determinaron el comienzo de la tragedia en esa ciudad unas horas antes, es decir, el viernes. Esa misma mañana, los rebeldes se reunieron en la comisión cartográfica de la guarnición para ultimar los planes de sublevación y repartir también las armas que se habían escondido allí sin conocimiento de los superiores.

Ante los rumores cada vez más insistentes de una asonada militar en la ciudad, el gobierno ordena desde Madrid al jefe de la circunscripción, el general Romerales, posteriormente fusilado por los golpistas, que realice un registro en busca de pruebas. Este envía a la guardia de asalto a realizar la comprobación y es entonces cuando un coronel rebelde llama a una unidad de legionarios que se persona en dicho servicio cartográfico en apoyo del militar, los cuales, siendo mayoría, arrestan a aquellos que debían hacer el registro. Rápidamente, los sublevados se dirigen al despacho del general Romerales quien ante la situación creada, es obligado a rendirse sin oponer resistencia. Acto seguido, los militares decretan el estado de guerra en toda la zona.

Comienzan las primeras detenciones de dirigentes izquierdistas y republicanos, tan solo un anticipo de lo que ocurriría en los otros núcleos urbanos españoles tras el triunfo de los golpistas. Además de Romerales, se fusila asimismo al delegado del gobierno en Melilla y a su alcalde. Cerca de doscientos militares y civiles contrarios a la asonada son ejecutados en la ciudad esa misma noche, lo que muestra a los dubitativos que la sublevación va completamente en serio. En verdad, los golpistas cumplían a rajatabla la directiva del general Mola, el verdadero “cerebro” de la conspiración, el cual insistía en que la acción del golpe debía ser rápida y efectiva, por lo que se precisaba desde el primer instante demostrar con todo rigor que nadie les iba a parar. Ello incluía el empleo de la violencia mediante la aniquilación física del adversario, su encarcelamiento o cualquier otro medio que implicara la desaparición de quienes se oponían a los rebeldes. Desde el principio se observó que los sublevados, dada la magnitud de las ejecuciones y la crueldad de los castigos, aplicarían la citada directiva al pie de la letra y con toda la contundencia posible.

Una vez que los primeros sublevados toman Melilla, ciudad donde se inicia el conflicto sangriento de casi tres años, se suma el resto de conspiradores y se pone el golpe en marcha. Así, el día 18, se anuncia que todo el Protectorado español de Marruecos se ha sublevado. El general Franco, que comanda las acciones, vuela desde las Islas Canarias hasta el norte de África. Ya está al mando del ejército de Marruecos, disponible para cruzar el Estrecho de Gibraltar por mar o por aire alcanzando así la península ibérica.

Miles y miles de espíritus que habían batallado durante siglos y siglos en diversos escenarios parecían no haber aprendido ninguna lección de un trágico pasado. Aquellas rencillas inmortales continuaban intactas y un nuevo teatro de operaciones se abría aquel verano, un espectáculo de horror y de violencia que no serviría precisamente para arreglar aquel ajuste pendiente entre almas. El amor y el perdón eran ignorados por muchos, centrándose sencillamente en la eliminación del rival, por lo que la escalada de odio propiciaría un brutal enquistamiento del problema en el futuro.

…continuará…

 

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