ALMAS EN GUERRA (1) Introducción

De todos los fenómenos nocivos que afectan a la vida humana, probablemente, las guerras constituyen uno de los peores. En ellas, salen a la luz los más bajos instintos que las personas llevan dentro. A la vista de la historia, por desgracia, esta afirmación ha quedado más que demostrada. No podemos olvidar que hemos llegado a este plano material para evolucionar y siendo este tipo de conflictos la mayor expresión del orgullo y del egoísmo humano, nos damos cuenta con rapidez de cómo afecta negativamente a ese proceso que supone el avance moral de los pueblos y de sus habitantes.

De todas las guerras habidas y por haber, quizá la peor de ellas es la guerra civil. Resulta sencillo imaginar las razones para sustentar tal afirmación, pues cuando los agentes implicados son aquellos que hablan tu propia lengua, moran cerca de ti o simplemente, son tus compañeros de trabajo, tus vecinos o incluso tus propios familiares, entonces queda todo dicho. Es cierto que todas las guerras son malas, pero las civiles tienen algo más que las convierten en especialmente reprobables.

Lo ocurrido en España durante casi tres años (1936-1939) supuso una auténtica tragedia colectiva. Cada uno tendrá su opinión sobre el origen y las consecuencias de la contienda, pero las cifras (aún por aclarar según las distintas investigaciones) nos hablan de unos 600.000 muertos, lo que explica la magnitud de la catástrofe que se extendió sobre la nación. Existía un gobierno que había sido elegido de forma democrática por los ciudadanos en votación, pero una parte del Ejército en compañía de otras fuerzas sociales, se sublevaron en armas contra la República, dándose así inicio a la desdicha.

El grado de crueldad ejercido resultó infinito por denominarlo de alguna manera y buena parte de las víctimas que fueron ejecutadas aún se hallan por cuantificar, pues muchas de ellas ni siquiera eran anotadas en un registro por razones obvias. Nadie quería hacerse responsable por escrito de unos terribles asesinatos cuando la victoria se encontraba por dirimir. Nadie pretendía cargar con la brutalidad perpetrada, como si esa condición de anonimato les fuera a liberar del compromiso moral que tenemos con nuestra propia conciencia.

Además de esos actos de terror inimaginables que tanto sufrimiento causaron, hubo una represión del bando vencedor en la conflagración que se estima que produjo más de 50.000 víctimas debido a los fusilamientos realizados tras la finalización del conflicto. Eso, sin contar a todos aquellos represaliados que murieron entre las rejas de las cárceles en unas condiciones de vida deleznables.

¿Cómo es posible que una gran nación, cuna de la cultura y del arte durante siglos y de tan grandes gestas, que formó un imperio “donde jamás se ponía el sol”, fuese alcanzada por ese odio, por esa violencia que se hallaba escondida tan adentro y que al final, halló una “vía” para su exteriorización?

Desde mi punto de vista, años y años de conflictos larvados, de envidias y recelos ancestrales, de rencores extremos, encontraron con la guerra la oportunidad de destaparse tal y como eran, sin disimulo, un cuadro monstruoso que “empujaba” a los implicados ni más ni menos que a eliminar al contrario, a quien no pensaba del mismo modo o simplemente, a quien mantenía una concepción de la realidad diferente a la de su vecino.

Miles y miles de almas salieron precipitadamente del plano físico a causa de esa voluntad humana destructiva que por fortuna, solo puede matar el cuerpo. Sin embargo y trascendiendo lo evidente, la ley universal de causas y efectos que a todos atañe seguía su curso inmortal. Solo el ignorante desconoce que a cada acción que emprende, le sigue una reacción equivalente. Y no solo hablo de los que murieron sino también de sus ejecutores, que a su vez, alcanzaron para sí mismos el mayor desprecio hacia la evolución, pues el infligir tamaño dolor a un hermano, solo puede producir un hecho: llenar tu mochila de pesadas piedras que habrás de acarrear hasta que a través del dolor y el arrepentimiento estas se vayan aligerando de peso.

Y es que no hay mayor verdad que la que afirma que el odio y la maldad solo pueden ser combatidos a través del amor, tal y como tantos y tantos maestros espirituales nos han enseñado a lo largo de la historia desde que el hombre es hombre.

¡Qué sentido cobran, al analizar estos fenómenos, las palabras tan sabias de Jesús! «¡Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen!» Es así que esta actitud, demostrada luego a través de los hechos, será la única que nos librará definitivamente de nuestras manchas de perversidad y estancamiento. Porque de entre nosotros, seamos quienes somos y vivamos donde vivamos… ¿quién está libre de no haber cometido alguna atrocidad en su dilatado pasado biográfico?

Somos inmortales y como tal, llevamos un innumerable número de años habitando tanto en el plano espiritual como en el terrenal. Sin embargo, hay cosas que no cambian por más que transcurra el tiempo: solo el amor nos redime, solo el amor para con el prójimo constituye la herramienta perfecta para avanzar en ese inmenso camino que es la evolución.

Tampoco podemos ignorar que las guerras, a pesar de su naturaleza aberrante, son la ocasión ideal para practicar el bien y en este país que es España, como podría haber ocurrido en otro, el conflicto despiadado que se vivió, fue asimismo la ocasión ideal para que las almas bondadosas cumplieran a la perfección con sus ideales basados en la virtud de la caridad. Muchos fueron fusilados, torturados o encerrados por larga estancia en prisión, mas también existió un buen número de espíritus (encarnados y “desencarnados”) que emplearon su gran generosidad, en definitiva, su amor, para ayudar y salvar vidas, creándose unos lazos de afecto inquebrantables que trascendieron las limitaciones del tiempo.

De esto, precisamente, trata esta historia que aquí se relata. Se ha escrito mucho sobre el frente de batalla, sobre soldados y armas, luchas encarnizadas y conquista de terrenos. No obstante, menos se sabe sobre lo que acontece detrás del frente, en cada ciudad, en cada casa, en cada corazón que palpita a un ritmo diferente y en cada alma que vibra distinta a cada son de esa tragedia que supone la guerra.

Quedáis invitados a conocer esta crónica, donde la maldad y la bondad se entrelazan como en cualquier narración humana, una crónica, en definitiva, de almas en guerra.

El Puerto de Santa María, España, año de 2018.

…continuará…

 

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