RECUERDOS DE UNA VIDA PASADA (2)

—Sí, llevo unas calzas de color azul oscuro ajustadas a las piernas y arriba, una especie de chaquetilla acolchada de color marrón suave.

—¿Puedes precisar en qué época del año te encuentras? —preguntó el psicólogo.

—La temperatura es agradable. No hace frío y el calor ya pasó. Por mis ropas y por cómo va vestida la gente, estamos en el inicio del otoño.

—De acuerdo. Ahora quiero que me digas tu nombre.

—Me llamo Henry.

—¿Puedes situar el país en el que te hallas?

—Sí. Vivo en Francia.

—¿Puedes especificar el nombre de una ciudad concreta o una región?

—No, no puedo. Se trata del sudeste de Francia, pero lejos de la costa, hacia el interior. De todas formas, la ciudad no es pequeña ni tampoco me sitúo en una zona exclusivamente rural. Lo deduzco porque este edificio religioso es demasiado grande como para estar en una aldea.

—¿Y qué edad tienes?

—Soy joven. Tal vez tenga veinte o un poco más.

—Muy bien. Ahora, háblame de tu aspecto físico. Intenta describirte.

—Soy de estatura mediana, blanco, de pelo rubio. Mis cabellos están sueltos y a veces caen sobre mi frente. Mis ojos son claros, más bien entre el gris y el azul. Mi complexión es delgada, aunque sin exagerar.

—Vale, Henry. Y, dime, ¿qué está sucediendo exactamente en ese escenario que has comentado y en el que al parecer hay tantas personas?

—No lo podría precisar. Si observo a mi alrededor, contemplo personas de todo tipo. Unos visten mal, con harapos; es lo único que tienen y han acudido a este templo por pura curiosidad. Hay unos cuantos frailes que ayudan a un obispo. Lo sé por sus ropajes elegantes de colores amarillo y blanco, por la mitra que tiene en la cabeza y por el báculo que lleva en su mano derecha. Él dirige la celebración.

—¿Se trata acaso de una misa?

—No. Más bien se trata de otro tipo de ceremonia pero con sentido religioso. Se conmemora algo y el hecho de que lo hagan en la iglesia con el obispo, le da más realce.

—¿Hay algo que te llame especialmente la atención?

—Sí. A la izquierda del altar, existe un palco que se ha instalado para las personas importantes que son los nobles. Está adornado con bellas telas. Ellos detentan el poder en la ciudad y ejercen la autoridad sobre todos. Son varios, aunque más hombres que mujeres.

—Muy bien, continúa con la descripción.

—Ah, mi corazón se está acelerando. Noto perfectamente cómo respiro más deprisa. Dios mío, mi mirada se ha cruzado con la suya.

—Por favor, ¿de qué persona me estás hablando?

—Es ella, la mujer joven que está sentada en el palco junto a los otros miembros de la nobleza. Oh, lleva un vestido precioso de color azul claro como el cielo que le llega hasta los pies y arriba, en su cabeza, lleva anudado un velo blanco que cae sobre su espalda. ¡Qué bella es!

—¿Qué aspecto físico tiene esa joven?

—Sí, es de piel muy blanca, cabellos de un rubio muy intenso, casi amarillos. Sus ojos son claros, entre el gris y el verde. Encima de sus cabellos porta una diadema de plata que la hace aún más hermosa.

—Parece claro que conoces a esa mujer…

—Sí, no nos llevamos mucho tiempo. Yo soy un poco mayor. Debe tener unos diecinueve años. Se llama María y cuando éramos niños y adolescentes hablábamos y nos veíamos.

—Y, ¿cómo son tus sentimientos con respecto a ella?

—En cuanto la vi por primera vez, cuando éramos unos críos, yo ya me sentí atraído por ella. Eran tan bonita, tan cálida, tan espiritual… Sin embargo, no hace mucho, algo cambió. Ya no pude verla más, bueno, en verdad sí podía contemplarla, pero desde la distancia, nunca acercándome a su presencia. No me estaba permitido conversar con María, como cuando éramos más jóvenes.

—Y eso, ¿por qué?

—Porque somos diferentes y vivimos en mundos distintos. Ella pertenece a la nobleza, el peldaño social más elevado. Es por eso por lo que yo no tengo acceso a su realidad.

—Entonces, Henry, ¿cuál es tu ocupación?

—Soy escribiente, hago cosas como traducir textos, copiarlos, incluso adornar libros con colores, pero estoy exento de trabajos físicos que son los más duros.

…continuará…

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