CARTA A JESÚS

 

«Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán» (Mateo 24, 35)  Jesús de Nazaret

 

Querido Jesús:

De nuevo alcanzamos estas fechas tan entrañables en las que las personas parecen acordarse algo más de ti. Recuerdo cómo mi madre, cuando yo era un niño, siempre me decía que la Navidad no consistía en celebrarla solo una vez al año, sino que debía mantener ese compromiso y por tanto, comportarme bien el resto de los días. Esas palabras quedaron grabadas en mi pensamiento con tinta indeleble, pues todo lo que una madre te enseña de crío permanece para siempre en lo más profundo de tu memoria. Es algo que no sabes bien dónde se ubica pero que te influye en todo momento a la hora de relacionarte con los demás.

Coincidiendo con esta celebración, me he acordado mucho de ti porque leo la prensa con frecuencia y compruebo la abundancia de estudios sobre tu persona. ¡Qué mejor época que la Navidad para realizar nuevos “descubrimientos” sobre tu pasado! De este modo, comienza el habitual desfile de noticias sobre tu figura tan típico de estas jornadas.

Unos dicen que la fecha de tu nacimiento es errónea y que en verdad, naciste unos años antes de lo que se suponía. Otros tratan de explicar que la conmemoración de tu nacimiento no es más que una mera reproducción de la tradición romana conocida como “saturnales” y en la que coincidiendo con el aumento de las horas diarias de Sol, debido al solsticio de invierno, la gente se intercambiaba regalos.

Por supuesto que tienen razón, esa es la función de la ciencia histórica, aclararnos aspectos que podían quedar confusos entre las brumas del pasado. Eso sí, me temo que algunos pretenden arrogarse en exclusiva un mérito sobre la novedad de estos hallazgos, cuando resulta que muchos de nosotros que hemos seguido tu trayectoria, ya conocíamos esos datos desde hace muchos años.

Otros, aunque son minoría, afirman con total seguridad que no eres más que un mito, una leyenda, una figura simbólica surgida en el declive del Imperio Romano y construida por no se sabe qué élite o grupo de conjurados con el fin de crear una religión que permitiera controlar a las masas. En línea con tal argumentación, niegan categóricamente tu existencia real. Supongo que esto responde a otra de las numerosísimas teorías de la “conspiración” que se sustentan en la ideología de los tiempos postmodernos por los que atravesamos. No sé, pero estoy seguro de que si en vez de hablar de Dios, del amor o del sentido de la vida, hubieras sido un líder guerrero o un personaje político, a nadie de estos eruditos se le ocurriría poner en duda tu presencia en aquel período.

Por último y de forma más reciente, aparecen aquellos estudiosos también de corte postmodernista que en su afán por interpretar o reestructurar la Historia, ya hablan de la denominada “Era Común”. Esto sería una forma de alejarse de la tradicional datación, es decir, la que divide el discurrir del mundo en un antes y un después de tu venida. Dichos expertos ya no quieren oír hablar de la muerte de Julio César en el 44 a.C. o del incendio de Roma con Nerón en el 64 d.C., simplemente de unos hechos ocurridos antes y después de una Era Común (EC).

Querido Jesús, resulta llamativo cómo algunos creen que pueden alterar el contenido de tu misión si hallan un hueco por donde reubicar tu figura. Ante esto y dado que estamos celebrando “simbólicamente” tu cumpleaños, yo me hago las siguientes consideraciones.

Realmente ¿es tan importante que nacieras un poco antes del año 753 desde la fundación de Roma?

¿Resulta tan primordial que tu estatura estuviera acorde a los 160 cm del judío de la época o que con posterioridad los hombres te hayan elevado unos cuantos centímetros más para realzar tu imagen en las pinturas o en las esculturas?

¿Tan esencial es que tus cabellos fueran castaños o negros, que tus ojos fueran verdes, azules o marrones o tu túnica blanca o de color sepia?

¿Tan prioritario puede resultar que tuvieras relaciones o no con alguna mujer que conocieras?

¿Puede ser tan esencial que fueras hijo único o que por el contrario tuvieras varios hermanos en tu familia?

¿Posee alguna relevancia para comprender tu misión el que nacieras en invierno, primavera o verano?

Podría seguir enumerando aspectos tan “trascendentales”, según algunos, a la hora de abordar el estudio de tu figura, pero me detendré aquí para ir a lo que de verdad me interesa. Mira, Jesús, detrás de todo esto creo que subyace un interés mayúsculo en ignorar lo fundamental sobre ti, es decir, tu mensaje. Por eso he abierto esta carta citando arriba una de tus más bellas frases plena de significado sobre este asunto.

Tú resumiste como nadie el círculo virtuoso que envuelve a cualquier ser humano interesado en progresar en la vida. Si amas a Dios, de modo irrenunciable comienzas a tratar mejor al otro, pues caes en la cuenta de que todos somos hermanos destinados a colaborar entre nosotros y que no vivimos en este plano para destruirnos ni enemistarnos. Y si amamos al prójimo, como tú bien nos indicaste, estamos amando a Dios, que nos sonríe con bondad cuando sus hijos respetan esa ley que transciende nuestra existencia: la de la las causas y sus efectos.

Podemos mantener discusiones bizantinas de horas, meses o durante generaciones, sobre si fundaste una religión, una Iglesia o simplemente nada, sobre si tu madre te concibió como al resto de los humanos o no, sobre si eras descendiente del rey David o “solo” de un carpintero, sobre si eras el Mesías anunciado por los antiguos profetas o no… Todo ese debate, querido Jesús, es propio de la esfera intelectual del individuo, pues el hombre necesita investigar, preguntarse cosas, aclarar conceptos… pero desde mi punto de vista, lo verdaderamente importante de ti, de ese hombre que cambió el curso de este planeta, es el estudio y sobre todo, la práctica de tu magisterio.

No hay que darle más vueltas. Vamos a lo sencillo, como diría Guillermo de Ockham. No viniste a nosotros para ganar el “Premio Nobel de Literatura” de aquella época, ni siquiera nos dejaste textos escritos de tu puño y letra, tú llegaste a la Tierra para hablarnos, para explicarnos tu enseñanza universal y regalarnos tu conducta como modelo.  Y desde luego que no hay nada más convincente que predicar con el ejemplo.

Pensemos… ¿hay alguien en la historia de la humanidad que haya podido mostrar al mundo un mensaje más excelso que el tuyo? Todo lo que aconteció antes de tu venida preparó tus caminos y todo lo que sucedió después resultó un duro trayecto de aprendizaje para llevar a la práctica tu sublime sabiduría. En ello estamos, querido hermano, avanzando a pasos lentos, intentando salir de la charca del estancamiento. ¿Qué son veinte siglos en comparación a lo que lleva el hombre sobre este planeta? Una minucia en el tiempo.

Pienso en todos esos aspectos fundamentales de nuestra inmortal biografía que tanto nos emocionan de cara al progreso. Echar la vista atrás y comprobar cómo surgieron en el Siglo de las Luces los ideales de libertad, igualdad y fraternidad entre los hombres me conmueve o más recientemente, esa maravillosa “Declaración Universal de los Derechos Humanos” en 1948, tras los efectos de una cruel guerra que asoló la faz de la Tierra. Todo esto no son sino intentos por poner en marcha aquello que tú promulgaste durante tu breve paso por este planeta. Con el paso de los siglos, parece ahora muy fácil enarbolar la bandera de numerosos ideales que no son nuevos. Veamos.

¿Quién defendió mejor que tú a los pobres, a los condenados, a los enfermos, a los hambrientos, a los niños o a las prostitutas?

¿Quién sino tú, proclamó en voz alta el discurso más grandioso sobre los humildes, los que lloran sin consuelo, los que pasan necesidad, los que tienen sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los mansos o los perseguidos por causa de la justicia? ¿Es que acaso guardaste para ti el saber de las Bienaventuranzas?

Por más que investigue entre las cortinas de la Historia, no encuentro a nadie que haya podido igualar ese mensaje de amor que tú repartiste a manos llenas entre los hombres.

Curiosa humanidad, capaz con su avance intelectual de prolongar nuestra vida física, de vencer dentro de poco el cáncer, de viajar a la Luna o de conectar en décimas de segundos a millones y millones de personas, con independencia de que habiten entre las dunas del desierto o entre las nieves de la estepa. Y sin embargo, Jesús, cuando nos referimos a la esencia de tu mensaje, hincamos la rodilla en el suelo y nos mostramos incapaces de avanzar el más mínimo paso por amor. Porque tú viniste para eso… ¿me equivoco?

Puede que el hombre ensalce su mente hasta adorarla cual ídolo de barro, pero ese triste corazón errante, atravesado por la flecha del egoísmo y de su hijo, el orgullo, permanece atrofiado de afecto, de esa evolución que solo el amor puede penetrar. Ahí reside la clave de tu mensaje, ese que lanzaste a los cuatro vientos hace ya dos mil años y que aún hoy en día, resuena en nuestras conciencias aunque no hayamos conseguido desarrollarlo con plenitud.

Por eso, Jesús, estoy totalmente convencido de que la más mínima muestra de amor para con el prójimo cual palabra dichosa, no cabe por su valía ni en la más voluminosa de las enciclopedias. Aprovechando esta Navidad, cuando parece que todos nos fijamos un poco más en tus dulces palabras, quiero degustar la sustancia de tu imperecedero anuncio. No podemos ofuscarnos con los aspectos secundarios en torno a tu figura cuando resulta que perdemos de vista lo más crucial, el amor a Dios y en consecuencia, el amor a los hermanos… porque fuera de la caridad… ¿cómo caminaremos, cómo nuestra alma sonreirá?

Gracias, Jesús, por haberme ofrecido la oportunidad de desahogarme contigo, tú nunca me fallas pues siempre me escuchas. Tus oídos y tu reino no son de este mundo. Con ocasión de tu “cumpleaños”, te reitero mi más cordial felicitación y mi más sincera admiración por ti y por la labor que desarrollas. Queda con nosotros.

2015 © José Manuel Fernández

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