La vida de los mediocres

       

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al mediocre de la siguiente manera:

        1. De calidad media.

      2. De poco mérito, tirando a malo.

Por su parte, o Dicionário Priberam da Língua Portuguesa (DPLP), indica lo que sigue:

        1. Mediano; sofrível; meão; insignificante.

       2. O que está abaixo da média (se há coisa de que não gosta, é do medíocre).

En mi opinión y pasando ya a los temas que nos atañen, existen dos tipos de personas mediocres en la vida. Por un lado, tenemos al mediocre que carece de conciencia de su propia mediocridad. Y por otra parte, tenemos al mediocre que cuenta con cierta conciencia de su estado y que debido a ello, sufre por su situación. Vamos a analizar este asunto.

El mediocre sin propia conciencia camina por la vida alegre, tranquilo, sin prisas y su motivación más importante es cubrir sus necesidades más básicas. Si tiene para comer y beber, si posee un lugar donde vivir, si goza de una relación afectiva donde se vea atendido tanto en lo sexual como en lo emocional, sonríe y se levanta cada mañana sin la mayor de las preocupaciones. Es feliz, hasta cierto punto, a su estilo, en el sentido de llevar una existencia simple donde no desea ningún tipo de complicación extraordinaria.

Ha desarrollado además una serie de aficiones con las que ocupar su tiempo libre, porque guarda una extraña intuición en su interior: pensar excesivamente en las cosas es negativo, no vaya a ser que de la reflexión surja algún tipo de obstáculo al que no pretende enfrentarse. Ya se sabe que uno de los mayores peligros de la infancia es el miedo a crecer, a salir de la propia ignorancia. A veces, este tipo de sujetos despierta la envidia de otros individuos más complicados o complejos, ya que les observan como despreocupados, como seres que se conforman con poco y que en la medida de lo posible parecen estar bien con la coyuntura en la que viven. Esto, evidentemente, no tiene relación alguna con el estado consciente y de desapego que pregonaba Buda en sus enseñanzas.

Si les pides un favor, su respuesta va a depender de la dificultad de la tarea para la que se les solicita. Si ese trabajo resulta arduo o hay que efectuar un esfuerzo más allá de sus miras, entonces se niegan abiertamente y retornan a sus asuntos, es decir, a los expuestos más arriba. Si la demanda no es difícil, puede que hasta se presten a asistirte, como una forma de cumplir airosamente con el formalismo social. Claro, a ellos mañana les puede suceder lo mismo, por lo que tampoco son personas que se nieguen en redondo a colaborar con el prójimo aunque eso sí, con la condición de que el reto no sea excesivamente complicado, porque entonces ponen una y mil excusas para librarse con educación del compromiso.

En definitiva, se trata de unas criaturas a las que les cuesta profundizar en los temas trascendentales, sobre todo aquellos que se refieren a su interior. Esto se debe a que les produce pánico mirar hacia dentro. El motivo es más que claro: así evitan complicarse la vida, que es lo que más miedo les da. Sin embargo, han desarrollado cierta capacidad adaptativa e insisto, mientras que tengan cubiertas sus necesidades más primarias, este tipo de personas puede pasar desapercibida para los demás e incluso dar la impresión de ser gente equilibrada y de lo más normal.

El otro tipo de persona mediocre es desde luego mucho más dificultosa de abordar e incluso de describir. Tiene en común con el primero que no se traza unos objetivos excesivamente difíciles en su vida, al menos al principio de la adultez y que por supuesto, se siente más o menos satisfecho con cubrir esas necesidades elementales de las que antes hablábamos. No obstante, podemos considerarle básicamente como una criatura en proceso de transición. Es aquí donde surge el problema, puesto que ha desarrollado cierta conciencia interna acerca de su situación. Esto le complica sobremanera la existencia porque en general, el mediocre detesta reflexionar, dirigir la mirada a su alma o bajar hasta el pozo que contiene las aguas de sus emociones.

En este segundo caso, la conciencia se ha desarrollado con moderación, ha apartado buena parte de las cortinas que le impedían respirar y claro, como aquella se halla más cerca de la superficie del sujeto, le habla a este con más claridad y por qué no, con un volumen de voz más alto que al otro tipo de mediocre, el cual mantiene encerrada a su conciencia en un armario de recia madera al que le ha puesto un candado con siete vueltas de llave. Pero toda toma de conciencia supone tener que orientarse. Y orientarnos en el camino de nuestro bosque implica un esfuerzo indagador, una toma de conocimientos de uno mismo, una profundización en nuestras raíces.

En este estado, el mediocre consciente empieza a ponerse nervioso. En comparación al otro, comienza para él un período de preocupación. Su conciencia insiste en llamarle con sus potentes nudillos a la puerta de su ser y en ese eco interminable de “toc, toc, toc”, empieza a plantearse preguntas tales como “quién soy”, “qué hago aquí” o “hacia dónde voy”. De este modo, llega el instante en que atiborrar la panza, beber vino, jugar a las cartas con los amigos, practicar sexo o ver fútbol en la televisión, ya no le llena como antes. Incluso se dice a sí mismo: “Caramba, qué triste me siento. En el pasado, yo era menos complicado pero más feliz, no me hacía estas preguntas tan incómodas… ahora parece que estoy más despierto, más lúcido, pero la ansiedad me invade…”.

Como podemos imaginar, esta coyuntura, mantenida en el tiempo, es el preámbulo para dar un buen salto hacia delante, es el adiós al estancamiento, es la revolución interior por intentar definir un proyecto existencial válido. Pasó la época en la que con dar gusto al cuerpo era suficiente. Ahora y en esas condiciones, el espíritu se traza nuevos desafíos, ha cambiado su óptica, la forma de contemplar los acontecimientos de la vida, sus preferencias… Y es que cuando se descorren las cortinas, cuando se abre el ventanal y la luz penetra, ya no hay posibilidad de marcha atrás porque para la conciencia, eso sería retornar a un estado casi animalesco… y esa hora ya quedó atrás…

El mediocre consciente es inconformista, ya no le gusta “matar” el tiempo como antes, elige unas aficiones más refinadas para cultivarse y ya no quiere perder la jornada realizando cosas sin sentido… Inicia un calmado pero profundo debate consigo mismo en el que conversa sobre diversos asuntos que pueden ser de variada temática pero que en definitiva, se dirigen al epicentro de su terremoto interior, aquel que le susurra en voz baja que debe mover los cimientos de su personalidad para crecer.

Para él se acabó la ciénaga, se terminó el chapoteo en el lodo de sus imperfecciones, quiere lavarse del fango que le apresaba y aunque sabe que le va a costar un gran esfuerzo, desea ardientemente desnudarse de sus defectos y vestirse con ropa limpia que huela a nueva y transpire como el algodón. Ya no desea percibir la fetidez de su antigua podredumbre sino que ahora desea distinguirse con la fragancia fresca que su impulso renovador le provoca.

Los espíritas sabemos que antes de elevarnos en moralidad debemos aprender a desarrollar nuestra inteligencia, como forma de distinguir entre nuestros actos, para reflexionar sobre las consecuencias de nuestras decisiones y para discernir cómo avanzar adecuadamente. Después de todo, para eso estamos aquí encarnados, sometidos a todo tipo de pruebas, porque es la única forma de exigirnos el impulso necesario para evolucionar. ¿Resta alguien por ahí que piense que va a crecer sin voluntad de superación, sin trabajar las aristas punzantes de su carácter como el escultor pule el mármol de su estatua?

Veamos al respecto la enseñanza contenida en la pregunta nº 780 de “El libro de los espíritus”:

780. El progreso moral ¿sigue siempre al de la inteligencia?

Es su consecuencia, pero no lo sigue siempre de inmediato.  

780 a. ¿De qué manera puede el progreso del intelecto conducir al progreso moral?

Haciendo comprender el bien y el mal. El hombre puede entonces escoger. El desarrollo del libre albedrío sigue al de la inteligencia y aumenta la responsabilidad de los propios actos.

Como suele suceder con la pedagogía aportada por los sabios espíritus, “se puede decir más alto, pero no más claro”.

El mediocre consciente es un personaje que por fin está dejando fluir a su conciencia y por tanto, está cultivando su intelecto, antesala de futuras decisiones que le harán ascender en la escala de un comportamiento más ético. Así funcionan las leyes que el Creador dispuso para con sus criaturas. Ese es el verdadero rostro de la justicia divina, el que asegura a cada cual unos resultados acordes al esfuerzo invertido. El ser humano es imperfecto y muchas de sus decisiones erróneas e injustas, pero gozamos del consuelo de saber que Dios no deja al azar el devenir de nuestras vidas. Acciones y reacciones, causas y efectos, eso es lo que hay, lo demás constituyen divagaciones de gente que pretende continuar sumergida en el ancho mar de la ignorancia. ¿Habrá mayor satisfacción interior que el convencimiento de que siempre nos acompaña el aliento del Padre y de que gozamos de múltiples oportunidades para rehacer nuestros errores?

Y ahora querido lector, llega la parte práctica que acompaña al artículo. Tomemos un espejo de mano, pongámonos cómodos y como reflejo del alma, examinemos nuestros ojos y nuestra cara para alcanzar una respuesta al enigma del principio: ¿en qué nivel nos situamos? Este es un mundo de pruebas y expiaciones sometido a una larga transición hacia la regeneración. Esto nos indica que la inmensa mayoría de los habitantes que pueblan este planeta se mueven dentro del terreno de la “mediocridad”. Y tú, amigo, ¿qué clase de mediocre eres? A esta altura de la película, ya no valen trampas ni autoengaños. Si hubiéramos dejado atrás la mediocridad no estaríamos hablando de este tema. ¿No te parece?

A Dios gracias, tenemos toda la eternidad por delante para alejarnos de esta pesadilla que a menudo nos envuelve. En efecto, al estancamiento nosotros le llamamos pesadilla. Shhh… ¿Escuchas el eco de tu conciencia hablándote? Esta utiliza variadas expresiones pero su mensaje es siempre el mismo: levántate y vuelve a tu senda, estudia los mecanismos inmortales de cómo funciona la vida que el Creador te ha regalado y luego, estrecha la mano de los otros caminantes. No hay más, ni menos.

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