La grandeza de Dios (II)

¿Qué más datos podemos aportar para demostrar la grandeza del Creador? ¡Pues claro, nos ha hecho libres e inmortales! ¿Qué sería de nosotros si no fuéramos independientes en el momento de tomar decisiones o a la hora de disponer de nuestro destino? Donde muchos ven una maldición de la suerte o una serie de vaivenes atribuidos a un viento que cambia de dirección, los espiritistas observamos el cumplimiento escrupuloso de la ley de causa y efecto. Claro, Dios nos creó con libre albedrío pero este se halla necesariamente sometido a las leyes que gobiernan no solo la vida humana, sino el discurrir de todo el Universo. Merced a esa determinación, poseemos la completa certeza de que somos tratados con justicia en esta vida y en las siguientes, o por decirlo de otra forma más explícita, en todo nuestro periplo existencial, con independencia de los siglos, milenios o lo que sea, que aquel dure.

Confieso que a pesar de haber estudiado el fenómeno de la reencarnación y lo que ello implica, eso no significa que uno pueda aceptar claramente y con humildad todo lo que le ocurre en los tiempos actuales. Mucho de lo que nos sucede tiene su origen en esta misma existencia, donde los actos de un pasado más o menos reciente van configurando el transcurrir de nuestros días actuales; pero hay cosas o aspectos ocultos, sin aparente explicación, que hunden sus raíces en un ayer remoto que solo puede entenderse acudiendo al paso de nuestro espíritu por diferentes cuerpos a lo largo del fluir de la historia.

Como todavía no hemos reducido lo suficiente el nivel de nuestro egoísmo y orgullo, hace falta un gran esfuerzo de voluntad para comprender las leyes de Dios, porque a menudo, observamos la realidad con un velo por delante cuyo grosor va a revelarse inversamente proporcional a la depuración de nuestra alma. Por tanto, resulta más que complicado en nuestro estado evolutivo actual, comprobar con exactitud lo que somos y de qué enigmático pasado provenimos. No obstante, comprender la grandiosidad de las leyes del Creador así como la libertad de la que nos ha dotado, constituye un magnífico regalo para nosotros, pues ayuda a asimilar nuestro presente y sobre todo, cómo somos dueños de sembrar con nuestros actos en el presente las futuras consecuencias con las que habremos de enfrentarnos. Luego, acertaremos en unas aspectos y nos equivocaremos en otros, pero que se sepa, nadie supera las pruebas de su biografía sin antes estudiar y presentarse a los exámenes correspondientes.

Por otro lado, al estudiar esa figura divina origen de todo, descubrimos que nos concibió inmortales. No hace falta razonar mucho para darse cuenta de que los conceptos de libertad y perennidad adjudicados al ser humano se hallan en estrecha relación. ¿Para qué nos iba Dios a conceder el libre albedrío si solamente lo íbamos a poder aplicar durante veinte, cincuenta u ochenta años? ¿Acaso puede el hombre acometer todo el aprendizaje de la evolución en esa mínima cantidad de tiempo? De ninguna manera. Por tanto, solo dotándonos de la inmortalidad, las criaturas tendrían la posibilidad de abarcar todo el espectro que supone enfrentarnos al camino de la transformación, aquel que en su día nos situará junto al Creador, en perfecta disposición de contemplar su rostro y de recibir directamente sus órdenes para continuar desde el más alto escalón del conocimiento y del amor, sus designios para con el Universo y sus moradores.

En este inmenso campo por el que el hombre transita, nos ha sido dada la posibilidad de esparcir semillas de todo tipo y en toda clase de suelos, desde los más fértiles hasta los menos fecundos. Nunca mejor dicho, tenemos todo el tiempo del mundo por delante. Lo más grande de este fenómeno, es que contamos con un infinito número de posibilidades, acorde al empeño que pongamos en el cumplimiento de los diversos “sub-objetivos” que han de conducirnos a la gran meta final y que no es otra que la perfección. La misma ley del progreso a la que antes nos referíamos, contempla la oportunidad de la rectificación, de volver sobre nuestros pasos las veces que haga falta para escribir de manera correcta el guion de nuestros pasos. Como ya se ha dicho, esta labor de “progresar sin fin” se realiza sin prisa pero sin pausa, pues si Dios hubiera querido que permaneciéramos estancados por mucho tiempo, no habría introducido en nuestras vidas el mecanismo del dolor como factor correctivo en nuestro peregrinaje.

La grandeza del Padre reside también en la justicia de su mano redentora. Conforme a sus propios decretos y en íntegra sintonía con el sentido que posee la vida, cruzamos por una serie de pruebas que atienden a una doble finalidad: por un lado, cumplir sin excepción con la legislación que atiende a las causas y sus efectos y por otro, situar en nuestra ruta una serie de compromisos ineludibles que converjan en la motivación más importante para la que fuimos lanzados una vez a la aventura de nuestros anales, es decir, crecer y progresar. Esto quiere decir que la naturaleza de nuestros futuros exámenes no solo se halla en función de cómo hayamos actuado en el ayer sino que tiene mucho que ver con la mejor coyuntura para cooperar con nuestro adelantamiento. Estemos seguros de que en nuestra programación no sobre ninguna letra ni falta un solo acento. Esa es nuestra certeza, la que nos aporta la fe necesaria para continuar con la caminata edificada sobre nuestras huellas imborrables. Si por momentos pudiéramos descorrer ese velo que antes citábamos y pudiéramos comprender que detrás de cada reto, por muy difícil que nos resulte, lo único que hay es una invitación a avanzar, un salvoconducto hacia nuestra mejora, es muy probable que nuestra visión del guion de los acontecimientos se alterara como de la noche al día.

Hemos sido emplazados por el Señor de todas las cosas a recorrer una senda, hemos sido llamados uno a uno y personalmente a través de la voz de la conciencia para prosperar, no para recrearnos en los efectos perniciosos del enlodamiento. Si te manchas, si el barro te alcanza hasta el cuello, la ansiedad se apodera de uno y la perturbación llega a tal extremo que no cabe más que dar un puñetazo sobre la mesa para volver al trayecto y reemprender la marcha. Esto no nos debe sorprender. En muchos casos, cuando peor hemos estado, cuando nos hemos arrastrado entre los polvos de las mayores vilezas, justo en ese momento en el que no podíamos descender más por la escala evolutiva, ha sido cuando hastiados de tanto dolor, hemos tomado la valiente y decisiva resolución de mejorar, costara lo que costara, aunque fuera realizando el mayor de los sacrificios.

…continuará… 

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