Diario de un «obsesor» (9)

Ah, muy bien, perfecto. Acaba de sonar el despertador con su estúpido tic-tic-tic… Por fin amaneció. Ha llegado el grandioso momento de retornar a mi actividad, labor que había tenido que suspender durante un período por causas de fuerza mayor al permanecer Roberto ingresado en la clínica. Hoy más que nunca, daré el paso definitivo. Ahora sabrá este quién es Eusebio y la fuerza que puede llegar a ejercer sobre su más pérfido enemigo. Ja, ja, ja…

—¡Shhh… Shhh…! ¡Eh, tú, amigo! Presta atención…

—¿Cómo, qué ocurre? ¿Quién eres tú? ¿Estás hablando conmigo o te diriges a este infeliz que se acaba de despertar?

—¡Pues claro que hablo contigo! ¿Con quién si no?

—Ah, no sé, me has sorprendido, pensaba que estabas comunicándote con Roberto.

—Ah, no, de ninguna manera. Él pertenece aún al mundo material, aunque es cierto que hace poco ha estado a punto de dar el salto hacia el otro lado. De todas formas, yo solo me trato con espíritus como tú.

—¿Con espíritus? ¿Me estás llamando “espíritu” a mí?

—Por Dios, Eusebio ¿entonces, qué crees que eres? Estás bien muerto ¿no? ¿No fuiste tú el que pereciste aquella noche de llovizna al estrellar tu coche contra un árbol?

—Pero… ¡Maldita sea, viejo con barba! ¿Quién eres tú, cómo sabes mi nombre y lo que me sucedió?

—Ah, sí, perdona amigo. Me presentaré: me llaman el “sereno”.

—¿El “sereno”? Ja, ja, ja… ¿Estás de broma? ¿Es que acaso te dedicas a abrir puertas por el vecindario? No me hagas reír, por favor. Venga ya, hombre de Dios, ese oficio desapareció hace ya muchos años. Bueno, espera que estoy pensando, quizá me he precipitado contigo. Tal vez te denominen así porque seas un tipo apacible o tranquilo.

—Pues en ambos casos la respuesta es correcta. Es cierto, abro muchas puertas pero no de casas como las que tú imaginas y en cuanto a lo segundo que has dicho, llevas toda la razón, soy una persona calmada, no suelo alterarme. No sé si me he explicado lo suficiente.

—Sí, te entiendo, pero insisto. ¿Cómo has accedido a esos datos sobre mí?

—Es que el “sereno” sabe mucho de ti y de tus circunstancias. ¿No te explicaron de niño que las criaturas humanas se componían de cuerpo y alma?

—Sí ¿y qué?

—No, nada. Simplemente que si dejaste los despojos de tu organismo esparcidos por aquel campo junto a la carretera, pues ahora lo que te resta es el alma. Por eso te comenté antes que eras un espíritu, al igual que yo, por supuesto. Tu compañero al que hostigas desde hace tiempo no puede verte aunque sí sentirte, pero entre nosotros dos no existe cortina que nos separe.

—Entonces, tú estás tan “muerto” como yo…

—Bueno, si lo prefieres llamar de ese modo. Es una palabra tan solo. En vez de “muerto” también podrías haber usado el término “resucitado” o cualquier otro… qué más da… aunque suena un poco extraño que dos “muertos” como tú dices puedan comunicarse y entenderse con tanta facilidad ¿no te parece?

—Vale, de acuerdo, pero no logro comprender, señor “sereno”, cómo pudiste enterarte de la causa de mi muerte.

—Si te digo la verdad, es que yo lo presencié todo.

—¿Todo? ¡Eso no puede ser! Lo que acabas de manifestar es completamente falso. No recuerdo haberte visto por el lugar de la tragedia. Además, con ese aspecto de viejecito entrañable que tienes y con esa tupida barba blanca te habría reconocido al instante.

—Ya. Quizá debieras plantearte que en este mundo en el que ahora habitas existe la posibilidad de ver sin ser visto o dicho de otra manera, que yo pudiera estar observándote todo el tiempo sin que tú te percataras de ello.

—La verdad es que no alcanzo a descifrar la burla que te traes entre manos. Tú lo que tienes es mucha palabrería enigmática adornada con suaves gestos, pero tengo la sensación de que te estás riendo de mí. Creo que estás empezando a irritarme un poco. ¿Quieres saber por qué? Muy sencillo, es que me estás distrayendo de una labor importante que estaba llevando a cabo hasta que has aparecido por sorpresa a mi espalda. Me da igual tu opinión pero lo que tengo claro es que he de seguir machacando a este miserable. Te ruego que dejes de interrumpir el desempeño de mi trabajo con tu verborrea. No sé si has captado mi mensaje, viejo…

—Muy bien, pero tengo que decirte que tu última frase explica a la perfección el motivo por el que estoy aquí, justo delante de ti.

—Mira, “sereno” o como te denomines, o bien quieres confundirme o hacerme perder la paciencia, pero por más que lo intentes no me vas a desviar ni un ápice de mi objetivo. ¡Que te quede claro!

—Bueno, te hablaré para que me entiendas, Eusebio. Llegó la hora de terminar con esa labor destructiva que estás realizando desde hace ya un tiempo…

—Pero… ¡Maldito anciano! ¿Qué sabes tú de mis asuntos? ¿Quién te mandó entrometerte en toda esta historia? ¿Por qué no te das una vuelta por ahí y agobias a gente que se aburra o que se halle menos ocupada que yo? ¿Será posible el atontado este? Tengo la impresión de que la vejez te ha hecho perder el juicio…

—Es que no he venido a tu lado para permitir que continúes haciendo lo mismo. Mi meta se centra ahora en detener tu actuación y mientras que no acabe con mi propósito no puedo irme. Lo siento de veras, pero cuando tengo que cumplir con un fin no paro hasta conseguirlo…

…continuará… 

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